jueves, 10 de diciembre de 2009

LA PARADOJA DE VENEZUELA Y EL PETROLEO

Tomado de Pizarrón
Centenario de Arturo Uslar Pietri
Universidad Metropolitana. 2006:435-436

Paradójicamente, la grave crisis que afecta a Venezuela en Lo económico, en lo social y el lo político tiene su causa principal en la riqueza petrolera en manos del Estado. En el fondo aparece el hecho fundamental de la contradicción, muy difícil de resolver, entre el Estado cada vez más rico y el pueblo cada vez mas pobre.
Los partidos que han gobernado a Venezuela en el último medio siglo no han sido capaces ni de comprender, ni de plantear, ni mucho menos de iniciar una política de balances, contrapesos y verdadero desarrollo nacional que fuera mucho más allá del estatismo creciente, el paternalismo ilimitado y la desnaturalización casi insalvable de todas las funciones económicas y sociales del país.
El desarrollo de la riqueza petrolera en Venezuela pasó por varias etapas sucesivas y diferentes. Hubo una primera etapa, desde la iniciación, en la que aquel país pobre, de limitada capacidad productiva, poblado de campesinos, comenzó a descubrir con asombro la presencia avasalladora de esa nueva riqueza. Era una riqueza que no la producía el trabajo nacional, ni el crecimiento económico del país, sino que era debida, exclusivamente, al hecho azaroso de que en el subsuelo del territorio se habían descubierto inmensos yacimientos de petróleo, que el petróleo de esos yacimientos era constitucionalmente propiedad exclusiva del Estado y que, por lo tanto, de una manera puramente accidental, el Estado se fue haciendo cada día más rico y poderoso, independientemente de la nación.
Era evidente que esa antinomia entre el Estado y la nación iba a provocar muy peligrosas consecuencias de desajuste económico y social e iba a desatar un proceso incontenible por medio del cual el Estado iba a ser más rico y dispendioso en medio de una nación que, a su vez y por efecto de la misma causa, iba a depender para su bienestar del gasto público. No faltó quienes advirtieran ese inmenso riesgo. Hace ya sesenta años se me ocurrió lanzar, en una forma simple y directa, lo que podría ser la consigna y la orientación fundamental de esa política de verdadero crecimiento. Propuse “sembrar el petróleo”, lo que no era otra cosa que tratar de defender el futuro nacional de las deformaciones que la inmensa capacidad de gasto del Estado podía producir de manera muy peligrosa.
Fue a partir de 1973 cuando la situación se hizo más grave y sus consecuencias se hicieron sentir de manera creciente. Los precios del petróleo, que ese año habían oscilado alrededor de dos dólares y medio por barril, se dispararon en una galopa impresionante a vertiginosos niveles que fueron aumentando continuamente hasta sobre pasar los treinta dólares por barril. Eso ocurrió, precisamente, mientras gobernaban en Venezuela partidos políticos caracterizados por sus declaradas tendencias estatizantes, intervencionistas y partidarias de la dominante tendencia del Estado como creador d todas las grandes empresas de supuesto desarrollo económico. Se creó así un sector público gigantesco, que alteró todas las formas de la vida nacional. El Estado se convirtió en le mayor banquero, el mayor financiador, el gran creador de empresas de todo tipo.
El sector público, literalmente, se tragó al país. No solo la burocracia y el gasto crecieron sin límite, sino que prácticamente todas las actividades, desde las relaciones de trabajo hasta el crédito, pasaron a depender en muchas formas del subsidio del Estado. Ese inmenso flujo de riqueza, que digerido y concebido de otra manera hubiera permitido el desarrollo efectivo de una nación moderna, próspera, equilibrada y creadora de riqueza, tuvo más bien un efecto esterilizante y desnaturalizó todas las relaciones económicas al subsidiar el conjunto nacional en todos sus aspectos, públicos y privados.
Semejante anomalía no era sostenible y tenía que desembocar más temprano que tarde en la inmensa crisis social, política y económica que hoy cubre a Venezuela entera. Revertir esa situación, reducir el sector público a dimensiones normales y aceptables y echar las bases para una actividad económica y social, sana y autosustentable, es ahora más que nunca el gran desafió que Venezuela tiene planteado. Desgraciadamente, los efectos del pernicioso sistema de subsidios y dádivas han creado muchas formas de dependencia que procuran defenderlo y mantenerlo.
Éste y no otro es el gran desafió de Venezuela: hacer ahora lo que no intento o no quiso hacer antes, cuando era más fácil, con la voluntad decidida de cambio, de enmienda y rectificación ha fondo de los errores que han llevado al país a esta paradoja trágica.
Agosto de 1996 (s.f)

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