martes, 19 de abril de 2011

TAPICES DE HISTORIA PATRIA. DEL CUARTO A EXPLICIT

TAPICES DE HISTOIRA PATRIA


DON MARIO BRICEÑO IRAGORRY.





CUATO, QUINTO, SEXTO, SÉPTIMO, OCTAVO, NOVENO, DÉCIMO, UNDÉCIMO, DUODÉCIMO, DÉCIMOTERCERO TAPIZ Y EXPLICT.


CUARTO TAPIZ
Aquí se pinta como entraron los indios a la vida civil.

CON las huestes de la conquista penetraba en América un imperativo de cultura. España realizó con ella una expedición militar y una cruzada. Ambos factores, orgánico y espiritual, jugaron papel preponderante en el programa de expansión ultramarina; mas, sobre la tendencia económica, supo erguirse la intención mas espiritualidad que rotuló toda la vida colonial. Junto al representante de la autoridad regia que, por una ficción jurídica, asumía el dominiun político, llegaban Obispos y misioneros, traedores de la doctrina que servía de símbolo a la cultura nueva. En nombre Rey se ofreció la paz a los naturales y en el nombre Rey se le redujo de grado no la aceptaron. Para quienes estudien la historia con criterio sentimental, fue aquello un atentado absurdo contra el derecho de los pueblos. No seremos tampoco nosotros quienes, sentados en el puesto vacio de Sepúlveda, nos avoquemos a legitimar los abusos de ciertos conquistadores, pero situándonos más allá del tiempo y contemplando la conquista de América como una nueva ondulación que hacía en su progreso la curva institucional del Occidente, habremos de juzgarla en su conjunto como hecho cuya legitimidad, si bien no reside en la voluntad del soberano, se fundamentaría en un mandato cósmico.
Este título no escapó a la aguda penetración de Vitoria, cuando admitió como razón del imperio de España en Indias, la torpeza e inutilidad de los indígenas, incapaces de gobernarse por sí mismos y harto de favorecidos de que otros los gobiernen. (Sin legitimar la explotación y la crueldad, legitimó el protectorado tutelar). Tanto como si dijéramos que las semiculturas de América, para el equilibrio de la civilización universal, estaban llamadas a ser sustituidas por la cultura integral de Europa. Y si aun pudieran con apariencia de lógica, reclamar un semiderecho de permanencia las formas causiculturales, ¿Qué decir, repetimos, del aspecto negativo que ofrecía la cultura de los indios que ocupaban nuestra región?
Después de haber cumplido todas las ritualidades del derecho, el capitán poblador declaraba fundada la nueva ciudad, que servirá en delante de principal asiento a los colonos y de punto de partida para los expedicionarios que saldrán a correr la tierra y a someter los naturales. La expedición militar, cuyas leyes eran las rudas de la guerra, hacia como alto en el bélico trajín y el Capitán se arreaba de todos los atributos de las leyes civiles. Personero del rey, en su nombre procedía a la fundación, sin descuidar ninguna de las formulas del sacramento que regia tales actos. Su actitud era la del quirite romano que por medio de pequeños actos materiales, mudar unas piedras y arrancar unas ramas, asume el dominio de la tierra, unida a la del caballero medieval que reta, jinete en ágil corcel y desnuda la espada tajante, a quienes contradigan el derecho de su señor. Más que para fundar pueblos, aquellos hombres fieros parecían prestos a concurrir a un juicio de Dios, tal era la violencia con que voceaban a sus presuntos contradictores. Pero el derecho, aun atado a la servidumbre de los símbolos, no tenía vida plena el cumplimiento de tales ritos. La ciudad necesitaba de este aparato legal para ser fundada, al modo como los altares requieren el cumplimiento de fórmulas consagratorias que los sustraigan del comercio de los hombres. Aun trasladada a otro sitio, ella tiene para siempre fisonomía política inconfundible: quedarán en pie de los edificios fundados, pero la ciudad como símbolo, será mudada con sus mismos privilegios, por cuanto en la noción jurídica del español vive el concepto árabe incorporeidad del derecho, dominador del espacio en su lucha contra el vacio de los desiertos y la ciudad, en su existencia legal, se consideraba, no como monta de casas, sino como entidad abstracta, al igual de una persona jurídica. Mérida y Trujillo variarían de ubicación, pero sus fundadores continuaran siéndolo en un sentido cívico Juan Rodríguez Suárez y Diego García de Paredes. A la ciudad vendrá mañana en busca de amparo el mismo capitán que la fundo, porque ella será en adelante como un altar de la justicia y como el sancta sanctorum del nuevo derecho. De su recinto partirán al interior de la tierra de los capitanes encargados de reducirá a los indígenas y los misioneros que, en labor de fe y de cultura, llevan la buena nueva al corazón de los bárbaros. De ella saldrán, también, indio en mano, en señal de autoridad, los encomenderos encargados de tutelar al aborigen.
Junto al capitán conquistador, viva expresión del ímpetu de un pueblo que sobre el mar se lanza, a manera de audaces argonautas, a la conquista de tierras sin nombre, la figura del misionero aparece como un contraste sin igual: áspera estameña es su cota de malla; bordón de peregrino, su lanza de guerra; una cruz sarmentosa, el escudo que habrá de guardado de la mortífera flechas. Con las primeras carabelas de descubrimiento pisaron las playas de América, y cuando aun en Tierra Firme no se había dado comienzo a la conquista militar, varios de ellos, frailes dominicos, fieles al movimiento que partía de los conventos de San Pablo, de Sevilla, y de San Esteban, de Salamanca, aparecen en nuestras costas orientales, sin ninguna humana protección, dados a la labor de evangelizar a los naturales; y si su palabra fue pobre reducir y contener la bravura aborigen, su sangre sirvió en cambio de bautizo para a tierra bárbara y de riego fecundo para que la fe con que ella penetraba al corazón duro del indígena.
Nada tan hermoso como el estudio de esta corriente silenciosa y humilde que riega la tierra aridecida por las luchas. El misionero representa toda la idealidad fecunda de la cultura que reclama nuevos horizontes: a él se deberá la vida de tantos pueblos, a él es acreedora la raza vencida de su anexion a los nuevos mandatos civilizadores. El estruendo de los caballos de Spira en sus correrías a través de la tierra, si llena nuestras historias populares, fué en cambio inútil para la obra constructiva de la Colonia: las sandalias de misionero ni polvo levantan al andar, y sin embargo, cuán fecunda fue para el porvenir de los pueblos su obra de abnegación y sacrificio.
Ellos representan el contrapeso de las rudas empresas guerreras y saben hacer causa común con el indígena, cuando la codicia del conquistador y del colono traspasa los límites de las leyes dictadas por el Consejo de Indias para su protección y beneficio. Armados de la cruz, que hinche el corazón para la lucha, recorren las selvas y los llanos, “sin dos camisas y sin dineros en las bolsas”: no temen la muerte, porque para ellos morir por la fe es prenda de vida eterna, y obra grandiosa de fe es el riego de la palabra evangélica: ite et docete omnes gentes fue mandato indeclinable del Maestro.
Abanderados de la religión, lo fueron también de la política colonial. Donde la selva se opuso a que penetrarse el guerrero con su casco emplumado, llegó con su noble misión el enjuto religioso, y la sembrar la cruz fijaba un hito jurisdiccional. Los mejores títulos que Venezuela adujo contra Inglaterra en la cuestión de límites de Guayana, y esta materia de todos harto sabida, fueron las avanzadas de los misioneros catalanes: hasta donde entró la cruz había avanzado también la autoridad civil.
Estas razones, aun para aquellos que disiden en cuestiones de fe, deberían ser suficiente motivo para que se hiciera justicia a tan gigantesca obra, si no fuera mayor contumacia de los negadores. En 1766 informaba Fray José Antonio Jerez al Gobernador y Capitán General de Venezuela, que en las Misiones franciscanas fronterizas con el Brasil se hacían de conjunto bautizos de indios portugueses, a quienes atraía la presencia en nuestro territorio de los asientos de los frailes. De modo, pues, que en aquellos remotos tiempos había en nuestra frontera, no solo una defensa de la población indígena, sino un plan de civilización que servía para acrecentar, con mengua de otros países, el número de nuestros pobladores. En la actualidad, nuestros indios fronterizos hablan portugués e inglés, atraídos por halago eficaz de los países vecinos.
Pocas fueron las regiones de la República donde los religiosos no extendieron el radio civilizador de la Misiones. A fines del siglo XVIII había en el actual territorio nacional nueve Prefecturas de ellas: la célebre de Caroní, con treinta y un pueblos; la de Cumaná, con cuarenta; la del Alto Orinoco, con veintiuno; la de los Llanos de Caracas, con ciento siete; la de Perijá y la Goajira, con veintidós, todas éstas de Franciscanos Capuchinos; más la de Religiosos de la Observancia de Barcelona, o del Colegio de Propaganda, con Hospicio en dicha ciudad, que se extendía hasta el Orinoco, con cuarenta y dos pueblos, y la del Caura, de la de la misma religión; la de Dominicos de Barinas, con veinte poblaciones, más las Misiones que en Barlovento mantenía el Convento de San Jacinto de Caracas, y las de Jesuitas de Casanare, con seis Misioneros en el Meta y el Orinoco.
Basta pensar en la inmensidad de territorio donde los beneméritos misioneros realizados su acción civilizadora, para hacer cuenta de la trascendencia de su obra, y pensar también, para mejor valorar su sacrificio, como el burdo sayal que les distinguía de los guerreros no eran parte a librarles de la ferocidad del natural. Florido martirologio, a cuya cabeza podría figurar en roja mayúscula historiada el báculo y la mitra del Ilustrísimos Señor Nicolás de Labrid y en la cual entrarían también las señas de algunos sin nombre que murieron por Cristo, ennoblece la historia de las Misiones venezolanas. La flecha enherbolada, el fuego voraz y la macana contundente, cuantas veces detuvieron la marcha del asiento de los frailes, en ocasiones forzados a buscar apoyo en los escoltas de guerra, para poder librarse de la ferocidad de los indígenas, rebeldes a recibir la civilización y la doctrina de que aquéllos eran representantes en la selva bárbara.
En cambio, la mayoría de nuestros historiadores cuando abordan el estudio de la antiguas Misiones, escatiman el elogio, reducen a un ligero comento lo que ellas hicieron en pro del indio, y por lo contrario, ponderan hasta la exageración cualquier defecto de sistema, terminado por inculparles hechos contradictorios. Escritor que sin guardar ningún respeto a la lógica, ha dicho de los frailes que trataron con dulzura al indio y se interesaron por mejorar suerte, y después de asentar que le indígena era perezoso, dado a la bebida y enemigo de la vida civil, concluye de todo, ¡oh reino de la anti-lógica!, que los misioneros embrutecieron a los indios y los redujeron a estado lamentable. Quien haya podido asentar tales premisas para sacar de ellas tamaña conclusión, demuestra que su discurso perduran, sobre el propio criterio, las huellas de escritos de tendencias opuestas, así sean del propio Barón de Humboldt, cuyo estudio hubiera abordado sin ningún fruto el escritor.
Teles especies tan mal tejidas y peor presentadas, han contribuido a sostener durante un siglo de vida republicana un prejuicio contra la obra misionera, que a la postre ha terminado por volverse contra la Patria misma, por cuanto nada puede considerarse tan antipatriótico como el abandono en que la República tuvo hasta fecha reciente, la civilización de las tribus que aun demoran en el territorio nacional. Y cosa rara, para reducir a los naturales no se ha recurrido hoy a los métodos pedagógicos, de Rousseau, ni a ningún otro sistema laico, sino al anticuado método de San Francisco de Asís, con el cual los misioneros lograron fundar durante la época colonial más de trescientos pueblos en nuestra Patria, hoy desaparecidos en su mayor número y reemplazados por la vorágine del desierto y de la selva tropicales. Bueno es recordar que por 1802 tenían los Capuchinos en las Misiones del Caroní más de sesenta y cuatro mil cabezas de ganado, entre vacuno y caballar.
Al par de la Misión, de opimos frutos civiles, España usó los repartimientos como sistema idóneo para reducir y civilizar a los naturales. La encomienda, considerada por algunos como un simple sistema de explotación, fué un medio de mejorar la condición de los naturales a trueco de que éstos trabajasen para el encomendero. Desde el punto de vista de las relaciones de éste con los indios, fué un contrato bilateral de prestación de servicios que surgía ipso jure con el titulo que otorgaban los encargados de repartirlas, y no un régimen de esclavitud legal, como muchos han pretendido calificarla. El encomendero no tenía la propiedad de la tierra ni la del indio, y solo gozaba del fruto de su trabajo personal, a cambio de la tutela que de él asumía. El indio, sobre quien pesaba una capitis deminutio, y en verdad que era de poca cabeza el infeliz, fué considerado por la ley como pupilo del encomendero, y éste estaba en la obligación de defenderlo y educarlo. Miradas con relación al concedente, no fueron beneficios perpetuos, sino a simple titulo precario, sometidos a real revocación.
¿Cumplieron siempre los encomenderos el deber que contraían en descargo de la conciencia del Soberano, según rezaban las fórmulas? No, pues muchos se sirvieron del régimen para sólo su beneficio personal, y descuidando ofrecer a los indígenas los medios requeridos para que pudiesen optar la vida civil, les infligieron atroces castigos; otros, en cambio, si cumplieron sus compromisos legales y, propendiendo al mejoramiento y a la educación de los naturales, les enseñaron nuevos métodos agrícolas y les educaron por medio de los curas doctrineros. La doctrina fué la expresión molecular de la encomienda: en los distritos rurales y en tierra escogida por los encomenderos, equidistante de los distintos fundos, se le levantaba la Iglesia, adonde concurría el cura para la catequesis de los indígenas y para ofrecer con ellos el sacrificio de la Misa. Con el tiempo la Doctrina evolucionó hacia una forma civil más avanzadas y se convirtió en pueblo, al principio habitado solamente por los indios, y después con concurrencia de españoles que no fueran encomendero. Mientras casi todas las poblaciones de segundo orden de Oriente, del Sur y de los Llanos, y gran parte del Occidente cismontano, inclusive las actuales ciudades de San Fernando, Calabozo y de San Carlos, fueron en su orígenes pueblo de Misiones regulares, las de Los Andes y regiones centrales montañosas, donde no las hubo por ser más blando el natural de los indígenas y fácil su reducción por otros medios, tuvieron sus génesis en la Doctrina secular.
Pero si los encomenderos descuidaron muchas veces sus obligaciones con los naturales, las autoridades civiles y eclesiásticas, como lo comprueban los expedientes que reposan en nuestro Archivo Nacional y las visitas de los Prelados, estuvieron prestas a imponer los castigos consiguientes. La historia recuerda los esfuerzos realizados por los Gobernadores Diego de Mazariego, Diego Osorio, Piña Ludueña, Sancho Alquiza, Porres y Toledo y otro más, en orden a hacer que los encomenderos no burlasen las Leyes de Indias, entre cuyos títulos figuraban aquella disposición de Felipe II, fecha en 19 de diciembre de 1593, que prevenía castigar “con mayor rigor los Españoles, que injuriasen, u ofendieran, o maltrataren a los Indios, que si los mismos delitos se cometiesen contra Españoles”, amén de las equitativas regulaciones que sobre trabajo personal de los indígenas contenía todo el Titulo XI, del Libro Cuarto de aquel sapientísimo Corpus.
No faltará, bien lo sabemos, y nuestros oídos lo han oído repetir, quienes sostengan que dichas Leyes, a pesar de su alto espíritu de justicia, atravesaron el atlántico solo para ser violadas. La frase tiene toda la apariencia sugestiva que necesitan los dichos de su laya para medrar fortuna entre los intonsos admiradores de los equilibristas del lenguaje, pero, a pesar de ello, carece de seriedad. ¡Ni falta que le hace! No diremos nosotros que en América se cumplieron a pie juntillas las Leyes de Indias: ¡hubieran tenido por acá nuestro mayores una manera de Paraíso terrenal! Y ya sería mucho de desear que para ser violadas, tuviesen las leyes necesidad de atravesar un océano, o un mar cualquiera, cuando el destino de toda humana legislación es sufrir violencia en las aguas y en la tierra. ¡Ni Alcibíades que fuera en pueblos de filósofos socráticos!
Pero cuando crecieron las quejas contra los encomenderos y fueron inútiles los remedios aplicados por las autoridades en favor de régimen fundamentado en principio de tan notoria equidad, el Rey dispuso en 1687, como recurso contra la infracción de sus leyes, que las encomiendas que fueran vacando no se proveyesen en lo sucesivo y que fueran suspendida otras en sus efectos actuales. El tributo que el indio satisfacían al encomendero, se convirtió en tributo directo para la Cajas Reales, semejantes al que pagaban los campesinos de Castilla en la Edad Media, y el pueblo que servía de cabeza al partido rural, al igual de los vecinos, recibió el calificativo de Tributario. Un Corregidor lo gobernaba en nombre de la autoridad civil, y un pequeño Cabildo integrado por indios y subordinado en cierta forma al Ayuntamiento del Distrito capitular, cuidaba de los intereses comunales.
Tal la evolución cívica de la encomiendas, fallecidas de muerte natural a fines del siglo XVII, según frase de Bello, y cuya existencia a principios de la República, invocada en cierto trabajo histórico, no puede explicarse sino como la expresión de una manía persecutoria de fantasmas. Después de haber dado origen a los pueblos de Doctrina, los fundos continuaron de propiedad de los indígenas y de sus legítimos descendientes, puros o mestizados, quienes estaban provistos por las Leyes de Indias de un Protector especial encargado de representarlos ante la justicia, que recuerda al “pretor tutelar”, instituido en Roma por el gran Marco Aurelio para favorecer a los menores desamparados.
El indio tributario y sus descendientes, mestizados o no, representaban para el futuro un tipo de hombre rural colocado en superiores condiciones a los colonos y “pisatarios” de los grandes fundos de propiedad individual. Mientras los peones y mayordomos que cultivaban las tierras para el dueño absoluto de ellas o guiaban para él los grandes rebaños, constituían un verdadero estado de esclavitud agraria, los indios tributarios y sus herederos disfrutaban en común del carácter de propietarios sin señor. Unos y otros obedecieron en su acomodación social a las dos formas de propiedad coexistentes durante la Colonia y en los tres primeros cuartos de siglo de la República: la individual y la colectiva, destinada esta última a balancear la justicia en la distribución de la tierra, y de la cual son secuela los pequeños propietarios que constituyeron la clase campesina de muchas regiones de Occidente. (Boconó de Trujillo, por ejemplo).
Claro que aquel estado de propiedad en común no representaba sino una forma retardataria de la distribución de la riqueza; pero no pudiendo entonces hacerse una justiciera y aprovechable adjudicación per capita, dadas las condiciones de indefensión de los condueños, de todos modos la propiedad comunal representaba en si una verdadera reserva de riqueza territorial, que a su debido tiempo habría de favorecer espléndidamente a los titulares, y la cual dieron fin, sin haber alcanzado la plena utilidad de la parcelación, dos prematuras leyes de la República, según veremos de seguido.
Constituida la República de Colombia, el Congreso General votó, la ley de 11 de octubre de 1821, que extinguió el tributo de los indígenas y dispuso la división de las antiguas comunidades o resguardos. Modificada dicha ley por las del 13 de octubre de 1830 y 2 de abril de 1836, se declaró de competencia de las Diputaciones Provinciales la distribución de dichas tierras entre los comuneros, con reserva de una parte para los Municipios respectivo. (Primer despojo). La inejecución de estas medidas provocó la ley de 7 de abril de 1838, cuyas disposiciones se encaminaron a que fuesen los mismos indígenas quienes procediesen a la división. La ley de 1 de mayo de 1841 abarcó la materia en forma más extensa y dictó también medidas para la reducción y civilización en general de los indígenas salvajes, a quienes sometía a una manera de tutela semejante a la antigua de la legislación española.
Dos nuevas leyes de la República vinieron en 2 de junio de 1882 y en mayo de 1885, a dejar definida la materia. Reconocieron solo como comunidades indígenas las existentes en el Orinoco, Amazonas y a la Goajira, y declararon extinguidos los antiguos resguardos, al igual de los privilegios y exenciones que las Leyes de Indias habían creado a favor de la reducción y civilización de los naturales; se declaró por la primera perecido al derecho de división que concedió a los descendientes de los indígenas la ley de 7 de abril de 1838, derecho que la del 85 revivió para prolongar hasta por dos años el lapso en que debía procederse a la división, a cuyo vencimiento las tierra indivisas pasaron ipso facto a la condición de baldías
Estas últimas leyes, fundamentada en dos crasos errores, el uno de hecho, el otro de teoría, hicieron la situación de los descendientes de los indios primitivos peor de lo que fuera durante el régimen español. Las tierras fragmentadas, que en realidad resultaron pocas, pues el grueso de ella pasó a ser patrimonio del Estado, requirieron para su cultivo esfuerzos a los cuales no podían dar frente los pequeños propietarios, llamados, en cambio, a ser víctimas de innumerables explotadores, que les arrebataron y siguen arrebatándoles aquel patrimonio por medios de operaciones fraudulentas, cuyos alcances han ignorado los pobres contratantes. Demás de esto, fue error inexplicable del legislador del 82 confundir las comunidades indígenas del Orinoco, Amazonas y la Goajira con las comunidades rústicas que derivaban de los antiguos repartimientos coloniales: indios salvajes eran, como aun lo son, los dueños de las primeras comunidades; en cambio, los titulares de las segundas no era indios en la acepción estricta de la palabras, sino descendientes suyos, mestizos y civilizados, a quienes para el ejercicio de los derechos naturales y dado a su bajo nivel cultural, la ley debió haber provisto aún de una tutela especial, o a lo menos mantenidos en el goce de su comunidad, hasta que por los medios que aconseja la prudencia, hubiera llegado a un grado de educación tal que le permitiese la defensa de sus derechos y optar un sistema mejor de poseer la tierra. La actual Constitución de la República del Ecuador de forma democrática, prevé un Senador “para la tutela y defensa” de los indígenas, a quienes consiguientemente considera en una posición legal de inferioridad. ¡Y de qué otra manera!
Al examinar en sus efectos aquellas leyes, cimentadas en los principios de la filosofía liberal tan en boga durante el siglo pasado sorprende la consideración de que la población rural de la República, condenada por ellas a un absurdo despojo, recibió más perjuicio de leyes que la libraron de las manus bajo cuya protección jurídica vivió durante la Colonia, que el que hubiera podido continuar recibiendo de un régimen fundamentado en el principio de la desigual capacidad defensiva de los individuos. Porque obligar a los infelices propietarios de aquellas ricas comunidades a valerse de sí mismos, era tanto como dejar la administración de una cuantiosa herencia al libre arbitrio de los herederos menores de edad, a quienes, para más favorecer en sus deliberaciones, se hubiera libertado del legítimo tutor. Pero al legislador no era posible, y sabe Dios cuántos estaban interesados en aquel despojo, continuar considerando como menores de edad a quienes en realidad lo eran. Hubiera sido un atentado contra la moda de una igualdad política, no acompañada de los debidos instrumentos para su defensa, y el legislador mal podía faltar a las modas, aunque para ellos se viera forzado a cometer una atrocidad. ¡Allá él!
A pesar de ser esta que explicamos la evolución del antiguo régimen de encomiendas, muchos, por desconocimiento de las Leyes de Indias, han querido ver en ellas el origen de los latifundios coloniales y republicanos, sin darse cuenta de que los grandes propietarios de entonces obtuvieron su primer título legal en la compra de tierras vacas o realenga, es decir, de tierras que por no estar ocupadas por indios, pertenecían al real patrimonio, al modo como las tierras baldías pertenecen hoy a los Estados de la Unión.
En el estudio de nuestro medio nacional juega papel de gran importancia el examen de la formación de los “pueblos” y del espíritu de asociación creado a su sombra, porque fué allí donde nacieron para el indio las nuevas costumbres sociales. Al amparo del misionero y del cura de Doctrina, se prepararon para el ejercicio de actos civiles en concordancia con la nueva cultura, tanto la población aborigen como los demás elementos a ellas agregados en el proceso de integración social. El indio que delibera en el Cabildo, si bien se halla unido por juro de heredad a su bárbaro antecesor, es ya un ente que lleva el sello de la nueva civilización. Cambiado por la cruz el tosco fetiche, sustituido por la lengua de España el pobre dialecto, trocadas en hábitos civiles las antiguas costumbres, es, aunque débil, a un ser espiritualmente nuevo. En el empieza a palpitar el alma de la raza dominadora, que busca la nivelación de las culturas. Con el correr del tiempo el Estandarte de Castilla y aun la bandera carlina, serán para él un símbolo más atrayente que el viejo plumaje del cacique, y en la guerra de Independencia, lejos de seguir a quienes invocan como titulo bastante de rebeldía, los “derechos que cerceno la Conquista”, engrosarán, con sorpresa de los mismos oficiales peninsulares, las tropas de Fernando VII.

QUINTO TAPIZ

Aquí se pinta como el criollo desarrollo el sentimiento de autonomía
EL fenómeno más interesante que ofrece el estudio de la historia civil de la Colonia es el surgimiento del espíritu de la nueva nacionalidad. Al cruzar los mares, el conquistador sintió aún más erguido su yo, y cuando dominó al indígena con tan pocas armas, y a veces, como en el caso de Juan Rodríguez Suárez, con sólo la ayuda de su capa de guerra, advirtió cuánto se ensanchaba el domino de la individualidad sobre el empuje anónimo de la masa. Separado por el pérfido océano del viejo solar donde el mayorazgo quedaba velando en el prestigio del abolengo, vislumbró que para el porvenir serían estas tierras de América su nueva Patria. Si bien el derecho a la conquista derivada para él de la cesárea concesión, el conquistador comprendió con orgullo que el derecho el Rey solo se hacía efectivo por el empuje de la espalda que blandía su recia mano de luchador. “Cuéntase, dice una nota manuscrita puesta a una vieja edición de la Conquista de la Nueva España, por Solís, que habiéndose negado Carlos V a dar cierta audiencia a Cortés, éste hizo parar un día los caballos del coche del Emperador, diciéndole: Oíd Señor, a uno de vuestros vasallos que os ha dado más reinos que cuanto heredasteis de vuestro antepasado; y entonces fué atendido”.
Por boca de Cortés hablaba a la altanería de todos los conquistadores de Indias. Sin desconocer la autoridad, que como símbolo del Imperio encarnaba en la persona del Rey, el conquistador vió que con su obra surgía un nuevo mundo para el derecho. La tradición exclusivista del español se agiganta en la mente de aquel pueblo venido sobre las aguas salvajes para tomar posesión de nuevas tierras; y cuando los Fueros locales perecen frente al empuje de los reitres del joven emperador germanizado, una sociedad surge aquede el océano que permanecerá fiel a la tradición del viejo derecho. Acá estaba también una nueva España, porque “el español entra por entero donde entra”, según aguda frase del salvador de Madariaga. El Cabildo fué la primera expresión de la voluntad autonómica del conquistador: y aunque tomara de manos del representante regio su impulso inicial, una vez constituido se arrogó prerrogativas ya abolidas en la Península, antes la cuales cedía el mismo Gobernador y tomaban especial fisonomía las Leyes Indias. Algunos de nuestros historiadores han negado la importancia que tuvieron los Ayuntamientos durante la primera época de la Colonia. Nosotros, a pesar del respeto que merece autor de los que así escriben, pensamos de muy opuesto modo, pues sin llegar a los últimos años del régimen colonial y deteniéndonos apenas en sus primeras épocas, advertimos la arrogancia con que los cabildantes se aprestaron al ejercicios de derechos que no le pertenecían por expresa concesión de la ley, y que eran producto de una auto- fabricación.
Cinco años después de instalado el Cabildo de la ciudad de Coro surgió la primera competencia entre la autoridad del representante del Gobernador y la del Cabildo Muerto Alfinger, y llegada noticia de ello a los Regidores de la ciudad, éstos se niegan a reconocer al Teniente de Alfinger, y autorizan de su cuenta a los Alcaldes Gallegos y San Martín para que entren a gobernar la Provincia, mientras la Audiencia provéiala de nuevo gobernante. No conforme el Teniente, que lo era Bartolomé de Santillana, con la disposición del Cabildo, resiste su mandamiento y provoca una lucha, en que los Oficiales Reales y el común de la población se pone de parte de los Alcaldes, hasta lograr la prisión de Santillana. Este hecho podría situarse a la cabeza de nuestras conmociones civiles y como la vislumbre de la fuerza que empezaba a hacerse subterránea en la propia masa popular; y lastima grande que los beneficiados con el apoyo del pueblo, hubieran hecho lo de casi siempre, es decir, arremeter contra quienes le había prestado escala para subir.
Esta legitima alcaldada sucedió en 1533, más su recuerdo debió grabarse firmemente en la memoria de los pobladores, quienes intentaron desconocer en 1547 la autoridad de Juan de Villegas, hecho cargo del Gobierno a la muerte de Pérez de Tolosa; y en previsión de estos conflictos, dispuso en 1557 el Gobernador Arias de Villancida que a su muerte asumieran el gobierno de las ciudades los Alcaldes respectivos. Así hubo de suceder; mas temerosas las ciudades de que aquel derecho sui generis, que medraba robustez de la voluntad de un muerto, pudiese ser quebrantado en nuevas ocasiones, buscaron los medios de que fuese confirmado por real autoridad, y en el primer Congreso de las Municipalidades venezolanas, celebrado en la Nueva Segovia en 1560, se dio comisión al procurador don Sancho Briceño, para que recabase del Rey la consiguiente aprobación.
Tal el origen de la célebre y tan nombrada Cédula de 8 diciembre de 1560, que concedió a los Alcaldes de la primitiva Provincia de Venezuela él derecho de gobernar en sus respectivas ciudades al ocurrir la muerte del Gobernador, y el cual fué una excepción en el derecho común de Indias, pues las Cédulas que regían dicha materia, sólo admitían el gobierno de los Alcaldes cuando el gobernador falleció no hubiese dejado provisto el Tenientazgo.
En virtud especialísimo privilegío, los Alcaldes de la antigua Gobernación de Venezuela hubieron de asumir el gobierno de las ciudades con titulo de alcaldes-Gobernadores, a la muerte de Piña Ludueña en 1600, a la de Suarez del Castillo en 1603, a la de Tribiño Guillamas en 1623, y alentados por tal prerrogativa, los Regidores de Caracas depusieron el 31 de diciembre de 1623, al Gobernador don Diego Gil de la Sierpe, nombrado en septiembre para llenar la vacancia ocurrida por el fallecimiento de Tribiño.
El Cabildo de Coro inició la competencia con el desconocimiento del Teniente de un Gobernador muerto; noventa años después el de Caracas le niega obediencia a un Gobernador vivo y efectivo, y no conforme con esto, lo priva de su empleo y le somete la prisión. ¿Había o no un sentimiento de autonomía en dichos cuerpos? Tan desarrollado se hallaba, que cuando años después el Gobernador de Venezuela pretendió crear, acaso en provecho personal, un Teniente que representase su autoridad de la Nueva Segovia, con menoscabo de la autonomía de su Cabildo, éste elevó súplica a la Audiencia de Santo Domingo, y obtuvo de ella una orden que contradecía las pretensiones del Gobernador; y cuando años más tarde los Gobernadores Francisco del Alberro, Melo Maldonado y Portales y Meneses, pretendieron menoscabar los efectos de la provisión ganada de 1628, nuevamente el Cabildo neo-segoviano eleva su queja y hace valer el derecho de gobernar la ciudad sin ayuda de tercero.
Tanta fué la autoridad de que el Cabildo llegó al gozar al amparo del privilegio de 1560 y en razón de la fuerza autonómica que se iba desarrollando en la conciencia criolla, que al llegar en 1675 con nombramiento del Gobernador expedido por la Real Audiencia de Santo Domingo, el Licenciado Padilla y Guardiola, los cabildantes de Caracas, que hasta entonces no habían hecho, al igual de las demás ciudades, sino usar del derecho de llenar las vacantes ocurridas a la muerte de los Gobernadores, sin tomar en cuenta los títulos de nuevo nombrado, advirtieron esta vez que el Real Cédula decía que la interinaría corría hasta real provisión, y armados de esta arma tajante se negaron a reconocer el titulo presentado por Padilla, con tan de buen éxito que la vagancia duró hasta el 77 y los de Caracas ganaron el Real Cédula de 18 de septiembre de 1676, que, con mengua de los derechos de los Alcaldes de las otras ciudades, les concedía el gobierno de toda Provincia durante las vacantes de Gobernador.
Durante el gobierno de Jiménez de Enciso (1688-1692) se generalizó la protesta de los Cabildos contra las pretensiones del Gobernador por crear Tenencias en las ciudades del interior, pues sólo podía hacerlo en Caracas, Trujillo y Maracaibo. Se alzaron las quejas a la Audiencia, y Enciso fué separado de su cargo y sometido a juicio con pérdida de la libertad y de sus bienes.
En 1723 los Alcaldes de Caracas ganaron un nuevo privilegio en menoscabo de los derechos de Gobernador. Cuando Portales y Meneses salió de visita en 1722 a las ciudades del interior, dejó el gobierno de Caracas a cargo del Ilmo. Señor Escalona y Calatayud, cosa en sí nada peregrina, por cuanto no estaba el Obispo excluido por las Leyes de Indias del Gobierno civil y reciente era el caso en historia del Virreinato de Santa Fe, de que formaba parte entonces la Provincia de Venezuela, de haber sido el Ilmo. Señor Francisco del Rincón, antecesor de Escalona y Calatayud en el Obispado de Caracas y después Arzobispo de Santa Fe, el Presidente del Nuevo Reino que entregó el gobierno de él a su primer Virrey. Pero el Rey, por Cédula fecha en 17 de enero de 1723, dispuso que fueran los Alcaldes los que gobernasen, de acuerdo con la Cédula de 1560. La actitud del Cabildo contra el Gobernador trajo como consecuencia una serie de luchas entre ambas magistraturas, que culminó en el mandamiento de prisión de Portales expedido por el Virrey de Santa Fe, a quien el Ayuntamiento caraqueño había informado contra el Gobernador.
Con la Cédula de 17 de enero de 1723 revivía el derecho concedido de los Alcaldes por la de 8 de diciembre de 1560, y el cual había sido modificado, con la exclusividad acordada a los de Caracas por la de 1676. Mas la prerrogativa que habían asumido los Alcaldes caraqueños, como expresión del carácter centralizador que daba a la ciudad el hecho de ser la cabeza de la Provincia, dejo de existir, con menoscabo del derecho de los Cabildos, por la Real Cédula de 14 septiembre de 1736 que ordenó recayese la interinaría en el Teniente General para lo político y en el Castellano de la Guaira para lo militar.
La circunstancia de haberse quitado a los Alcaldes la oportunidad de ejercer el gobierno político de la Provincia, unida al absolutismo que caracterizo la acción de algunos Gobernadores frente a ciertas manifestaciones autonómicas, contribuyó a minorar en cierto modo la fuerza de oposición de los Cabildos, obligados a elegir cada dos años para las varas de Alcaldes a un español europeo, en virtud de la Real Cédula de Alternativa. Pero, a pesar de ello, los Cabildantes supieron dar notación de su espíritu independiente, y si muchas veces ante el propio bien de la república hubieron de poner su altiva actitud, apelaron, sin embargo, ante el Consejo de India y el Rey dio legitimidad a los legados. Las actas del Ayuntamiento de Caraca recuerdan, a la par de otros sucesos semejantes, el curioso accidente ocurrido entre el Gobernador don Juan Guillelmi y el Cabildo, con ocasión de las elecciones de 1790. Reeligieron los capitulares para Alcalde de primer voto a don Juan Bautista de Echezuría, y el Gobernador tachó la elección decía él, por cuanto «violó el derecho municipal de estos Reinos (véase como la capitanía no era considerada como simple Colonia, sino como parte integrante del impero español) que previene el intersticio de un año» y dispuso en consecuencia que se hiciera una nueva elección. Notificado de ello los cabildantes, invocaron, no sólo la Ley pertinente del Código de Indias, sino también la costumbre establecida en las elecciones que solían hacer, y declarando válido el nombramiento de Echezuría, pidieron para él la consiguiente aprobación “y en caso omiso o denegado apela este M. I. A. ante S. RL. Alteza con pretexto de ocurrir y representar a S. Md. lo conducente al asunto” mantenido el Gobernador en su rígida actitud, ordenó nuevamente rectificar la elección y postergar la apelación interpuesta por el Ayuntamiento. Otra vez se reunió el Cabildo en el mismo día primero de enero y resolvió ante la insistencia d Capitán General que “ejecute S. S. lo que le acomode, sin que por esto se entienda despojarse el Ayuntamiento de las justas acciones con que se considera, así en común, como en particular, esto es a cada uno de los S. S. concurrentes a él, y que en él han electado para los Ministerios Públicos”. A las siete de la noche del mismo día fue notificado el Cabildo de un nuevo auto del Gobernador en que se conminaba, bajo el apremio de doscientos pasos de multa, a hacer otra elección dentro del término de una hora, sesionó de nuevo el Ayuntamiento, “después de catorce horas de ingreso sin más alimentos que el desayuno que se tomó a la seis de la mañana”, y aun declarando nuevamente la legalidad de la elección recaída en Echezuría, resolvió elegir, de acuerdo con la orden verbal del Gobernador, comunicada por boca del Escribano, al español europeo don José Cocho de Iriarte, Capitán de las milicias del Valle de Aragua, retirándose a sus hogares los inflictos cabildantes, a las doce y media de la noche, corridos y hambrientos. Al día siguiente surgió de nuestro el conflicto, pues habiendo renunciado la Alcaldía el Capitán Cocho de Iriarte, el Cabildo eligió a don Francisco García Quintana, a quien rechazó el Gobernador, por no haber sido residenciado respecto al anterior ejercicio de dicho cargo. No tanto como las anteriores se prolongaron las tareas de los cabildantes, y “a las cuatro menos cinco de la tarde según se evidencia por el reloj de la santa iglesia catedral, que está a la vista de estas casa capitulares”, y ante la angustia y el hambre que volvían a sufrir eligieron para la vara en disputa a don Antonio Mota y March. Sin embargo, el Cabildo recurrió al Real Consejo y Carlos IV despachó una Cédula que reprobaba la violencia del Capitán General y reconocía la costumbre electoral del Cabildo caraqueño.
Y no se entienda que fueron los Cabildos de Venezuela, cuyas pretensiones había alentado la Cedula de 1560, los únicos que avanzaron a competir con los representantes de la regia autoridad. En 1638 el Cabildo de Santo Tomé de Guayana logró la deposición del Gobernador don Cristóbal de Arana, con quien hallábase en litigio por cuestiones de jurisdicción. Más tarde, en 1660, el Procurador de Santo Tomé se atrevió a mayores; un buque holandés se encontraba en el Orinoco en busca de recursos de boca, y el Gobernador, al tener noticia de ello, ordenó que no le fuese abierto el puerto, pero el pueblo, que tenía necesidad de mercancías, se reunió con los Regidores en Cabildo abierto, y dispusieron, quebrantando la voluntad del Gobernador, que se mercase con la nave extranjera.
En Cumaná, cuando el Gobernador don Manuel González proveyó el año de 1783 en don Miguel Antonio Sotillo, una de las varas de Regidor que estaba vaca en el Cabildo, éste, fiel a la tradición conservadora que formaba el núcleo de la institución se negó a obedecer el mandamiento del Gobernador, con quien instauró competencia que reclamo la intervención de Carlos III.
Los Cabildantes de Margarita en 1784 se negaron con firmeza a reconocer los Tenientes nombrados por el Gobernador para algunos pueblos de la Isla y ganaron la disputa.
El Cabildo de la Nueva Barcelona vivió en lucha continua contra la autoridad del Gobernador de Cumaná, hasta pedir al Rey que le diese gobierno propio, separando de la Nueva Andalucía.
Tampoco fueron los Cabildos de las ciudades únicamente quienes se opusieron a la acción opresiva de las autoridades políticas. El sentimiento de autonomía difluyó hasta los propio pueblos tributarios, y entre otro podemos recordar la protesta de los vecinos del Pueblo de la Aparición de la Corteza contra la pretensión del Corregidor, de nombrar en 1722 de propia autoridad al Alcalde Ordinario. Comprobada ante el Gobernador y Capitán General la verdad de los hechos, éste anulo el nombramiento hecho por el Corregidor y dispuso que los cabildantes hicieran nueva elección.
Bastante nos parece la prueba que constituyen los actos de hacemos notación, para afirmarnos en el concepto de los Cabildos representaron en toda la época colonial una fuerza autonómica que tanto logró arrogancia frente a las autoridades reales, como supo expandirse en la conciencia colectiva. El mismo hecho señalado por muchos como tilde anti- democrática, de recaer las elecciones de sus miembros entre personas que no formaban en el común del pueblo, fue parte a dar líneas defensivas a la institución e hizo que las autoridades regias respetasen sus deliberaciones. Era la ley de las clases que hablaba, no ya el nombre de un individualismo absorbente, sino de un individualismo “pluralizado”. “Nosotros acatamos la real orden, porque es de nuestro Rey y señor natural, pero no la obedecemos, sin antes examinarla”, fue lenguaje común de Alcaldes y Regidores. Y aunque la besara la firma del César y la colocasen en señal de respeto sobre la altiva cabeza, los cabildantes suplicaban del contexto. Cubiertos con este formalismo, los munícipes de Caracas en junta de 22 de septiembre de 1692, negaron cumplimiento a dos Reales Cédulas que ordenaba le fuesen acordados privilegios de nobleza al cubano don Manuel Urbina y se opusieron, de primera intención, a que se cumpliera la Cédula de Gracias al sacar, que concedía privilegios a los pardos.
Era un lenguaje tal vez titubeante, pero que ocultaba un pensamiento de señorío. Al crear las Leyes de Indias privilegios especiales para los descendientes de los pobladores, crearon a la vez una fuerza que se alzaría contra los privilegios del Rey. Sin los cabildos y sin la llamada nobleza criolla, que tuvo durante casi todo el periodo colonial la exclusiva de sus varas, los Gobernadores no hubieran hallado contradictores y la nacionalidad, que reclamaba bocas que vocearan sus derechos, se hubiera diluido en la anatomía de una sola clase de pecheros.
Lo que los demagogos más criticaban en la institución de los Cabildos fue justamente lo que contribuyó a darles mayor fuerza. El criollo, que constituía una superación en el orden a las demás clases, representaba la conciencia vigilante de la nacionalidad colonial. Mientras más altivo, mejor caminaba en el sendero de la autonomía y ésta a la vez ganaba mayor espacio en el ámbito popular. Porque las clases superiores, en virtud de una ley de sedimentación histórica, van acumulando la potencialidad que en la masa resiste, callada, contra los órdenes absolutistas, de la misma manera como los polos de la pila atraen en el silencio trabajo los átomos confundidos en una solución. Demás de esto, el Cabildo fué para la arrogancia del criollo un medio escudado por la ley para medir su capacidad política, la cual en su concepción más lata simbolizada la propia capacidad cívica del pueblo, al modo como Inglaterra después de la invasión normada, “El derecho de los grandes fue el derecho del pueblo entero”.
Por ser criollos y mantuanos a manera de señores en el laberinto de la Colonia, pudieron presentar a la vez, como fuerza simbólica de la política «en forma», un dique frente a la absorción centralizadora de los Gobernadores y Oficiales Reales. Si ellos eran la cabeza, no parece que hubiese sido mejor que todos estuvieran descabezados, para satisfacer el ideal retrospectivo de los modernos demagogos, empeñosos, como lo ha entendido nuestro vulgar concepto de democracia, en hacer “por arriba” la igualación social, es decir, destruyendo lo que sobresale, y no buscando, como lo ordena la lógica y la justicia, que sean los de abajo quienes, en el seno de un orden equidad y sobre el estribo de leyes generosas, se empinen para alcanzar a los otros.
Claro que el estudio de la evolución de los Cabildos requiere puntos de vista alejados de nuestra moderna concepción de la vida política. ¡No faltaba más! Y craso error sería presentarlos hoy como modelo de régimen municipal en lo que dice a su constitución interna, aunque el orden de su desarrollo exterior hubieran cumplido tan bien como las modernas corporaciones comunales su destino político.
Cuando el Cabildo caraqueño dispuso en 1950 expedir al mejor postor, sólo dos patentes para la venta de vino “por menudo y acuartillado” en la ciudad de Santiago, por considerar que no debían existir más de dos detales públicos de licores (sin que ello obstara a que se vendiese y comprase libremente vino en botijas), legislaba aquel cuerpo con hondo sentido de prevención social, y sin coartar la libertad de industria y de comercio, ponía trabas a la embriaguez y la corrupción del pueblo, por medio idóneos como los que prevén los actuales principios sobre la defensa social.
Necia parece la disposición del mismo Cabildo, fecha en 11 de abril de 1592, respecto a que el Fiel Ejecutor “nombre zapatero para visitar a los demás”; y sin embargo del contexto de lo que pedido se desprende que dicho funcionario estaba interesado en la buena confección del calzado que se ofrecía a los ciudadanos, con el mismo buen sentido que hoy pudiera inducir a un sindicato industrial o a cualquier cuerpo de alcances internacionales, para proponer e establecimiento de medidas coercitivas contra los fabricantes de malos artículos. Y ya tendrían los legisladores en qué entretenerse y los diplomáticos qué demostrar sus habilidades caballerescas.
Nadie negará que al prohibir el Cabildo de Trujillo, en junta de 5 de mayo de 1663, que se embarcase sin su orden harina para el Puerto de Moporo, “respecto de haberse reconocido el que va haciendo falta” de ella, cumplía un mandato de defensa económica, por cuanto la escases de la cosechas indica que primero deben cubrir las necesidades del consumo local, que mirar a la especulación de los favorecidos por el alza de los precios.
La justificación de un orden histórico no significa, como pretenden algunos historiadores propensos al sarcasmo, nostalgia de parte de los críticos por las formas de la pasada cultura. Tanto valdría como asentar que el doctor Alfredo Jahn sintiera nostalgia de la vida salvaje por su extremada afición al estudio de los aborígenes venezolanos. Tal cosa no la hubiera dicho ni el peor ciudadano de la República. ¡Quién lo va a pensar! Algunos llegan a situaciones extremistas y no paran mientes en decir que quienes justificamos la Colonia bien pudiéramos regresar a ella por “indignos” de la República; con todo lo cual no hacen, demás de revelar un ridículo patrioterismo, sino exhibir un vano delirio de grandeza, por cuanto creen que su deseo de que tales cristianos no existiésemos en esta época, es bastante para trastornar la curva del tiempo. ¡Y después hablan del gallo de Rostand! Pero a éstos resulta muy cómodo atacar lo inatacable con el arma afilada pero inconsistente de la burla, sin recordar que aunque ella mueva a risa como cualquier pirueta zoológico, su efecto sobre el hecho inconmovible será siempre semejante al de la burbuja que revienta al borde de la fuente, sin que tal borde sufra lo que suponga la burbuja. ¡Porque para burlas, la verdad, y no ellas mismas!
Sin detenernos en la evolución del Municipio colonial no llegaremos nunca a comprende la génesis del movimiento independiente. Ante la trivialidad de tener que aceptar como artículo de fe que el pueblo venezolano apareció súbitamente en la escena del mundo, los historiadores que anteponen la eficacia de la causa a la del sino como ele memento explicativo de la Historia, hubieron de desandar todo el largo camino trillado por los hombres de la Colina, en pos del nexo que absolviera el abismo creado por ciertos historiadores líricos. Había tinieblas, claro que sí, pero lo que se necesitaba no era que no existiesen, sino que a través de ellas se encontrase el fogaril, y en esto llevaban una gran ventaja quienes no sufrieran de la vista. Y esfuerzo de los historiadores fue coronado por el hallazgo de una idea latente de autonomía que en los cabildos forcejaba por expandirse, y a cuyo esplendor se había alumbrado la vida colonial. Entonces hubieron de comprender los investigadores que lejos ser 19 de abril de 1810 el alba de un día de histórico, fue, por lo contrario, como la tarde de un día de de grande luchas, cuya suave luz ilumino el rostro de los héroes mientras el heraldo pregonaba victoria; y que el afán de los patricios que fundaron la República sobre la vieja armazón colonial, no era esfuerzo juvenil del sembrador que avienta semillas alentar la primavera, sino la paciente alegría del segador experto que en el otoño recoge abundosa la cosecha.
No negaremos nosotros que harta debió haber sido la sorpresa ocasionada por tal hallazgo, y que aún habrán de chirriar mucho las prensas para convencer a la masa de su efectividad como hecho histórico. Se necesita, aunque sea contrario el símil, imaginar la cataplexia del juez que buscando el cuerpo del delito, encontrarse en su pesquisa, rojo de sangre, el hermoso puñal florentino que sus amigos están acostumbrados a admirar en la rica panoplia, junto a la biblioteca donde guarda las Pandectas. El historiador venezolano que habiendo salido a buscar la espada con que los fundadores de la República rompieron los lazos que ataban a la Patria a la Metrópoli española, halló que tal espada ni Miranda la trajo de Francia, ni Inglaterra la había enviado en los barcos contrabandistas, sino que, muy por lo contrario, era la misma espada que uso el viejo conquistador hispano en la larga empresa de pacificación, naturalmente debió de haber experimentado sorpresa semejante a la que embargó el ánimo del juez pesquisador.

SEXTO TAPIZ
Aquí se pinta cómo la lucha de clases. Terminó en lucha por la nacionalidad.
Materia de sumo interés para sociólogos e historiadores ha sido todo lo referente a la organización de las clases coloniales. En su estudio, lo mismo que en el de las demás cuestiones de aquel largo período de nuestra historia, han sido parte a Obscurecer los hechos, tanto la exaltación de los prejuicios, como la proyección hacia el pasado de conceptos actuales. Bastante trabajo ha costado sustituir el antiguo vocablo castas, usado impropiamente hasta por el Obispo Martí, en la Relación de su Visita, por el correcto de clases. Sin embargo, algunos historiadores insisten en sostener que el régimen de la Colonia fue de castas absolutas, es decir, de sectores impenetrables e inconfundibles sustraídos consecuencialmente a la ósmosis social. Claro que la conclusión errónea a que dichos historiadores llegan arranca del inadecuado uso del vocablo, y no de la propia organización de la sociedad colonial, a lo que unen un deseo de hallar formas teratológicas en lo que es de una explicable normalidad social.
Para comprender la evolución de los distintos factores sociales debemos empezar, pues, por tachar de los textos en uso el término castas, y colocar en su sitio el concepto ágil de clases, o sea, de sectores sujetos a mutua penetración, que permite el ascenso de ellos, y también su regreso de grado. Mientras medraban altura en la curva social, mestizos, bastardos y gentes de color, en cambio, retrocedían, para engrosar las clases campesinas, elementos que derivaban de las más rancias familias de pobladores. Verdugos, Martos, Covarrubias, Hagas y Cornieles figuraban en las postrimerías de la Cotonía como obscuros elementos rurales en las comarcas de Trujillo, pese a su hidalguía originaria.
A nosotros, demócratas del siglo XX, se nos dificulta sobremodo la comprensión de aquellas diferencias. Vivimos en estado tan llano, que nuestras ideas retardan la inteligencia de los prejuicios de ayer, y un Liberal de ahora, o del siglo pasado, a pesar de que en nuestros días, según dice Arcaya, sea el siglo XIX “calificado de estúpido a causa de esa misma ideología política, cuya vacuidad ya nadie discute, un liberal de cualquier tiempo, decimos, habrá de reventarse la cabeza contra un poste de teléfonos o contra un pilar cualquiera, antes de permitir una explicación justificativa de aquel modus vivendi, así invoquemos en nuestra ayuda las mismas conclusiones darwinistas. Y decimos esto, porque si bien en esta materia el darwinísrno no explica nada, al menos debería explicar a nuestros viejos liberales su inconsecuencia con sus propias teorías político-sociales. Y ya serviría para algo. Una de ellas la de la igualdad humana, por cuanto Darwin parece haber inventado su teoría de la descendencia para justificar el, sistema esclavista de los ingleses. Así lo entendieron los representantes del credo que, en el congreso de Munich (1877), declararon ante las acusaciones de Virchow, que la tesis de su escuela era contraría a los “ideales igualitarios”. Claro que sí, pero nuestros liberales darwinistas no piensan; de tal modo, y aunque Haeckel mismo dejó dicho que la teoría de la herencia patentiza que ni en las sociedades humanas, ni en las irracionales, la igualdad sea posible”, ellos insisten en ofrecer al Pueblo sus ruedas de molino y el pueblo bendice sus palabras, así los pretensos corifeos de sus legítimos derechos, se hayan limitado a embaucarlos para la aventura del Poder, donde ya no pensaron ni en el pueblo ni en la justicia que le asiste.
Nosotros, los que creemos en la unidad de la especie humana no extrañamos las desigualdades sociales. A pesar de que esto parezca una paradoja, resulta ser una verdad como un templo: muchos de quienes asientan la posibilidad de que la especie humana haya aparecido sobre la faz de la tierra en distintas épocas, por la evolución de formas animales inferiores, llegan a aceptar, aun sin poder precisar la duración de aquellas transformaciones, la igualdad de grado de los hombres: por lo contrario, quienes creemos sin reserva en la unidad e igualdad esencial de la especie, y propugnamos la igualdad inicial de derechos de los hombres, no oponemos obstáculo alguno para convenir en las diferencias de grado. En lógica aparente, la suya debería ser la conclusión nuestra; y en lógica formal, la nuestra debería encontrar ancho fundamento en las premisas los otros. Pero. Con razón los católicos somos tan malos demagogos ¡Y ya tenemos de qué felicitarnos!
La jerarquía que como ley cósmica sirve de fundamento a toda organización social, no contraría en su concepción clásica la idea de igualdad humana. Más que de una realización práctica, ésta debe surgir de un acto del espíritu, cuyo juicio sereno debe discernir atinada respuesta para la melancólica pregunta del filosofo Juan Luis Vives: “Cuando duerme o está solo retraído, decidme; ¿qué tan gran diferencia hay de un rey a uno que sirve?”. El viejo español que declaraba ante el Príncipe después de jurarlo: “Nosotros, y cada uno de nosotros valemos tanto como vos”, tenía la convicción plena, en medio de un orden jerárquico, de lo que es la igualdad humana. La reacción igualitario-liberal en su lucha contra el antiguo régimen, si bien se Juzga, fue en mucho expresión de odio contra las normas superiores, y aunque la tesis política de la igualdad sea de una sugestividad innegable, bien comprueba la Historia que en su nombre se han realizado verdaderas atrocidades, mayores aún que las cometidas bajo el peso de los sistemas por ella derogados. Al amparo de sus enunciados mágicos se ha pretendido reducir el radio de la Universidad frente a los intereses de la escuela que enseña a deletrear, porque la “igualdad” detesta al sabio cuando demuestra la insuficiencia de los semianalfabetos; y se busca por medio del Jurado que en “materia tan exquisita y delicada como la Administración de Justicia”, la sociedad no esté “representada por los mejores, sino por cualquiera, que puede ser un estúpido o puede ser un canalla”.
Todo progreso descansa sobre la noción simplista de las desigualdades engendradoras de la lucha. El equilibrio universal se sostiene sobre la diferencia y oposición de las fuerzas, ora de la naturaleza en sí misma, ora de los grupos sociales. Suponer el reino de lo contrario sería tanto como lograr una imagen del nirvana búdico, cuando la fuerza de atracción de las masas sea idéntica en ellas, el movimiento cederá su sitio a la absoluta inercia. Y en el orden social, aunque los hombres sean iguales en su esencia humana y aunque tengan igual derecho a buscar la superación de sí mismos, la desigualdad de sus mismas aspiraciones y de sus propios actos subsistirá como elemento activo de progreso en el afinamiento de las saciedades. “La aristocracia y Ia moda, enseña Emerson, son resultados ciertos e inevitables. Estas selecciones mutuas son destructibles. Si provocan la ira de las clases menos afortunadas, y la mayoría excluida se venga de la minoría excluyente, y aprovechándose del número, la extermina, en el acto sube a la cima otra clase, con tanta seguridad como se eleva la nata en una copa de leche; y si el pueblo destruyese una clase tras otra, hasta que no quedasen más que dos hombres, uno de ellos mandaría y sin quererlo, seria servido e imitado por el otro”.
Y como contraste evidente de lo que en sí significa la división de clases, aun en beneficio de las que se creen inferiores, podemos repetir lo que en su libro “Las dos fuentes de la Moral y la Religión”, dice Henri Bergson: “De una manera general la iniciativa de los asaltos encaminados contra la desigualdad -justificada o injustificada- han venido más bien de lo alto, es decir, del seno de los más beneficiados, y nunca de abajo, como podría esperarse teniendo en cuenta los intereses de clase. Por ello fueron burgueses, y no obreros, quienes jugaron el papel preponderante en las revoluciones de 1830 Y de 1848, dirigidas, la segunda sobre todo, contra los privilegios de la riqueza. Más tarde fueron hombres de la clase instruida quienes reclamaron la instrucción para todos. La verdad es que si una aristocracia cree, natural o religiosamente, en su superioridad nativa, el respeto que ella inspira es no menos natural, ni menos religioso”. Y esto lo asienta el filósofo francés después de recordar la colaboración de los nobles en la Revolución del 39, que abolió en Francia el privilegio de nacimiento. De donde resulta que la noción de las desigualdades, en su aspecto tétrico, ha sido expedientada en mucho por aquellos de quienes dice Lebón, que “sienten la imperiosa necesidad de no tener a nadie sobre si, unida al deseo no; menos vivo de sentirse superiores”; criaturas enfermas del mismo mal que “llevan sobre su puerca historia todos los campeones de la Democracia, y en general todos aquellos hombres que no pudiendo, según decir de Ganivet, sufrir la obscuridad y el silencio, se lanzan a ser algo sobre un comité, sobre una turba, sobre una colectividad, y sobre un pueblo, retocando diariamente la careta con que han de dar el pego a todos”. Y lo peor del caso es que con tal careta medran hasta proceratos y conducen a la ruina la estructura misma de las naciones y de sus gobiernos. “Usted verá, decía el Libertador al General Flores, que todo el mundo va a entregarse al torrente de la demagogia, y ¡desgraciados de los pueblos! y ¡desgraciados de los gobiernos!”
Ante la fobia redentora de estos “niveladores”, llegamos a la curiosa conclusión de que si sobra de razones tenía Tabarín cuando aseguraba en sus bufonadas ante el pueblo de parís, que cierto quidarn era capaz de pagar cien escudos por ser tuerto, ya que el pobre era ciego de nacimiento, muchas tendrían los tuertos para justificar, en un régimen de igualdad visual, la existencia de una ley que ordenase suprimir un ojo de la cara a quienes no lo fueran. He aquí un perfecto sistema jacobino y comunista en la desgracia de tanta eficacia como aquel que, en “Las Junteras”, de Aristófanes, pusieron en práctica las viejas disputantes de las caricias comunes de los efebos atenienses.
Las diferencias que distinguían a las clases sociales de la Colonia radicaban en Circunstancias inherentes a la cultura de la época y en hechos de un profundo significado histórico. Demás está insistir en la abundancia de motivos que asistan al Poblador castellano para juzgar su capacidad social muy por encima de los indios conquistados y de los negros traídos de África. Exigir lo contrario sería una pamplinada semejante a la del agricultor que esperase ver convertidas las alcachofas en cocoteros; y para juzgar la universalidad y supervivencia de tal posición, no hay como viajar en ciertos tranvías americanos, de suyo confortables, y poner los ojos en la tablilla que dice: For color patrons only, y ver detrás de ella una gran cantidad de negros metodistas, por lo demás alegres y satisfechos. Y si esto pasa en tierra de puritanos, hoy en pleno siglo de la democracia, ¿por qué extrañar que ciertas leyes coloniales hubieran cometido la puerilidad de prohibir a los negros y gente común el derecho de llevar paraguas, adminiculo que en fin de cuentas poca falta les hacía? Seguros estamos de que si había personas de talento entre las clases no beneficiadas por tales usos, debieron de haberse burlado a diario de los paraguas verdes de los mantuanos y de Ias empolvadas alfombrillas de las señoras, y detestar a ambos por vanidosos, cosa mucho más práctica que sentirse deprimidos. Y sin embargo, si se buscan los antecedentes de tales leyes Suntuarias, hallaremos, que obedecían a causas, de orden económico, y que estaban dirigidas a evitar a las clases pobres el uso de alfombras, tafetanes, literas y demás vanidades, para cuya adquisición carecían de recursos. Tan lógicas parecen desde esta posición, como la que viniese a prohibir la compra de automóviles a quienes no tengan la renta requerida para sufragar sus gastos.
Nada tan peregrino como la ordenanza del Ayuntamiento de Caracas que vedó a los negros concurrir a las quebradas “si no fuera yendo por agua” para el servicio domestico, cualquiera la encontraría semejante a la reciente disposición del Gobierno de Nuremberg que, en su hostilidad a los hebreos, han prohibido que éstos se bañen en las Piscinas Municipales, permitiéndoles sólo tomar baños públicos de regadera. (Y cualquiera entiende la razón). En cambio, si nos detenemos en sus causas comprenderemos que el Cabildo Caraqueño tomaba aquellas medidas para evitar los asaltos que los negros hacían a las indefensas mujeres que bajo los samanes de las quebradas avileñas, se dedicaban honestamente al oficio de lavar ropa, Y nadie dirá entonces que poder transitar libremente por las hondonadas fuera un titulo diferencial de clases y una demostración de necia hidalguía. ¡Valiente privilegio¡
Cuando se ahonda en los motivos que justifican la “limpieza” reclamada ara recibir el sacerdocio y los grados universitarios, se llega a la conclusión de que dicha medida obedecía a la necesidad de mantener en líneas de respetuosa consideración social, conforme al sistema entonces, vigente, así el Ministerio eclesiástico como la dignidad académica, lo que se tornaba a la postre en beneficio de las propias clases indefensas, llamadas a ser de otra manera victimas de sacerdotes advenedizos y de profesionales sin antecedentes morales, tal cual hoy lo vemos.
El carácter de hijosdalgo que la Cédula de 18 de julio de 1573 concedió a los pobladores y a sus desdientes, fue una recompensa similar, pero con mayores efectos, a los proceratos republicanos, por cuanto en la psiquis española estaba harto diluido el clásico concepto de (noble). Dicho procerato colonial, dando preferencia a los de su clase para la provisión de los cargos concejiles Y concesión de encomiendas, tierras vacas, dignidades eclesiásticas y grados académicos, terminó por delinear Ia burguesía criolla, pues esto más que todo fué aquella clase, erigida desde un principio en baluarte de la nueva nacionalidad.
Con respecto a la raza aborigen y al mestizaje de ella proveniente, bueno es recordar que si en la práctica se observaron algunas diferencias, en cambio el Derecho tendió a proteger a su representante, considerándoles como clase privilegiada; y que abundan en los Nobiliarios de América, reales cédulas que otorgan armas y franquicias a los caciques y sus herederos.
Las rivalidades que existieron entre los criollos (mantuanos y blancos de estado llano) y los pardos, y que nunca negaron a constituir un verdadero odio colectivo, fueron secuela de la natural división de todo medio social Y no una característica del régimen colonial español. Tal es la posición en que debe colocarse el crítico de la Colonia para penetrar las modalidades sociales de entonces. Basta penetrar el sub-suelo histórico de todos los Estados antiguos y contemplar la organización de los pueblos modernos, para darnos fríamente cuenta de que, so color de ideas igualitarias se mueven en constante pugna distintos sectores formados por la evolución de los elementos heroicos, religioso, económico y cultural porque hasta la hora presente el hecho histórico ha estado representado por el imperio de la desigualdad. La igualdad solo ha sido la idea en pugna contra la persistencia del hecho, fundamentado en forma casi absoluta sobre circunstancias de notoria injusticia. Cada forma de cultura determina una peculiar superación de clases, que en su actualidad aparece como un avance en relación con las formas pasadas, y a cuyo favor militan irrefragables causas de orden orgánico y espiritual, capaces muchas veces de determinar una desigualdad mayor que la erigida por los sistemas antiguos. “Del campesino al barón feudal, la distancia intelectual era escasa; del obrero: al ingeniero, es inmensa y aumenta sin cesar”. Porque dichas distancias, lejos de ser un artificio social, descansan en Ia división del trabajo, que reclama distintas orientaciones en los miembros de la colectividad, potentes de crear luchas, no ya entre clases y gremios, sino también entre individuos de una misma clase, que porfían por llegar más presto a la hegemonía política, social o económica, norte de las humanas aspiraciones y causa de las perpetuas disidencia que alejan de una comprensión integral a los pueblos y a los hombres. Tan lógicas en su origen resultan dichas diferenciaciones, que aún la Demosofía las consagra en el conocido cantar que dice:
Hasta los palos del monte
tienen su separación:
de unos salen los Santos,
de otros sale el carbón.

Pero no se entienda que las luchas sostenidas por las clases coloniales y su diferenciación histórica, fueran óbice para que se desarrollara el justo sentimiento igualitario de los criollos. Las Uniones de pardos y mantuanos y la legitimación de hijos habidos en mujeres de color, junto al generoso concepto cristiano de igualar y reparar, impuesto en fuerza de sentencias eclesiásticas que revivían la misma sorpresa de los romanos de los primeros siglos de la Iglesia ante el matrimonio de libertos con feminae clarissimae, contribuyeron de manera intensa a reducir las soluciones existentes en la continuidad del plasma social. El mismo español, en quien la proyección del credo religioso contribuía a borrar los prejuicios raciales, fué minando de raíz la estructura de clases, y saltando sobre las limpiezas», preparó la fusión de las razas. El propio rigor en la provisión de los cargos concejiles nacía disminuido a fines del siglo XVIII como resultado de estas justas nivelaciones, y hubo quienes se quejaron de que en el Cabildo de ciertas ciudades los pardos fueran mayor en número a los mantuanos. El Gobernador de Cumaná en 1784 ganó una Real Cédula para obligar al cabildo a dar una de las varas de Regidor a don Antonio Miguel sotillo; y el Rey, por la Cédula de Gracias al sacar franqueó a los pardos el ascenso social.
Si bien la clase privilegiada que arrancaba de los conquistadores pugnó por mantener su predominio frente a las clases de pardos y mestizos, muy luego hubo de luchar contra un nuevo factor, a sus ojos más peligroso: los españoles europeos que ocupaban los mejores cargos en la administración pública y a quienes miraban ellos por extranjeros.
Este es quizá el momento más significativo en la formación de la psiquis nacional. En él aparecen dispuestos a chocar en el futuro los representantes de la nueva nacionalidad, frente a los agentes del gobierno de la Península. Lo que el criollo había hecho en menoscabo de los intereses de las otras clases, y que sin ser sacrilegio, ni siquiera herejía, lo había llevado a robustecer su unidad coma factor social, sirve ahora para afirmar sus pretensiones contra quienes vienen a lucrar, para mañana irse, con la riqueza patria. Sin el movimiento ascendente de los criollos en la órbita social de la colonia el sentimiento de autonomía que desconoce en 19 de abril de 1810 la autoridad de Emparan, no habría llegado a madurar para la política republicana, por cuanto dicha clase, a fuer de privilegiada, pudo levantarse hasta ser broquel que defendiera las necesidades y aspiraciones de la Patria.
De su seno saldrán para constituir la República los hombres de 1810. Bolívar, supremo conductor de la patria en su lucha titánica por la independencia, ostentaba en su árbol genealógico los nombres de veinte conquistadores de Indias, cuya hidalguía, arrancaba de época anterior al privilegio concedido a los pobladores por la Cédula de 1573. La República misma ha reconocido de una manera oficial el prestigio del abolengo español de Simón Bolívar, y en recuerdo del Centésimo Quincuagésimo aniversario de su nacimiento hizo circular un timbre de correos exornado con las viejas armas de los Bolívar vascos-
Porque no fueron salteadores ni prófugos de galeras los hombres que sirvieron de raíz a la tan decantada y mal llamada nobleza criolla. Caballeros ejecutoriados y segundones sin fortuna engrosaron el pasaje de las naves de la conquista.“La iniciativa pública gobierno español y el cuidado con que seleccionaba a sus colonos dice un escritor norteamericano, contrasta de modo muy favorable con el oportunismo de ingleses y franceses, que colonizaban mediante acción fortuita y privada y enviaban los peores elementos de su población, crimínales y vagabundos, a poblar sus nuevos establecimientos de ultramar”, Los reinos de España menguaron, en cambio de hombres nobles, que eran atraídos por la conquista de Indias y los nobiliarios americanos tomaron su entronque en rancias prosapias de la Península.
A Venezuela no vinieron, es cierto, títulos ni nobles de primera clase. Hidalgos de estado llano constituyeron, amén de labradores y artesanos del común del pueblo, el grueso de las expediciones arribadas a nuestras playas. Acaso esta razón sirva, a través de un minucioso estudio de nuestro plasma colonial, para explicar por qué en nuestras criollos ganó tanto ámbito la idea separatista, mientras en Lima por ejemplo, y también en Guatemala y México (núcleos de verdadera aristocracia colonial), tropezó con una tenaz resistencia. Un diplomático peruano nos decía que: “La sociedad Limeña no perdonó a Bolívar que la hubiera independizado de un sistema donde se sentía muy bien”. El hidalgo, en cambio, que se había empinado entre nosotros hasta lucir venales títulos de nobleza, sintióse siempre minorada ante los representantes de la autoridad regia (tenidos por extraños que venían sólo a enriquecerse), y pugnó entonces por una, forma que Io convirtiese en el mismo “Estado”.
Al aposentarse en América, los conquistadores reclamaron sus privilegios de acuerdo con los fueros de la patria pretérita y a ellos; sumaron el título de fundadores de la nueva patria. Eran hombres con historia que venían a prolongar el imperativo de su raza frente a tribus unidas por “ombligo de bejuco” a la barbarie de la selva tropical. Si se constituyeron en clase superior, cumplían un mandato, que arrancaba del tiempo su legitimidad. Ellos sabían, como representantes de una cultura, que daban con sus actos comienzo a una historia nueva. Y cuando esta historia, que estriba en las acciones de los viejos conquistadores, hubo ampliado en el espacio sus indiscutibles privilegios y penetrado aún en los sectores inferiores, se empino sobre el tiempo y estructuro la personalidad maravillosa de: nuestros héroes.
Hemos dicho que cuánto va de Guaicaipuro al Libertador distan las historias de la Historia, y estamos en lo cierto. El héroe requiere una concreción de cultura social para afianzarse. La defensa de un bohío podrá constituir un alarde de temeridad y de resistencia orgánica pero nunca elevará al defensor a la dignidad heroica. Porque el héroe, para serlo en la acepción integral, debe obedecer en sus actos a un mandato situado más allá de Ias fuerzas instintivas su marco es el desinterés y no la ferocidad.
Alonso Andrea Ledesma, que sale, caballero en el cansado corcel de la conquista, con la sola ayuda de Ia lanza enmohecida y de la rodela que su brazo ya no puede sostener, en defensa de la ciudad contra el pirata que la asalta, se yergue entre los más antiguos héroes que han regado su sangre por mantener la integridad del suelo nacional; y cuando el concepto de la Patria total sustituya la fragmentaria noción que de ella, nos presentan las historias populares, en el monumento que perpetúe la memoria de sus fundadores, un nítido bajorrelieve habrán de mantener vivo el recuerdo de este héroe solitario.
Más no se entienda que nosotros reclamamos para la dignidad heroica la necesidad individual de una cultura, sólo nos referimos a que los actos del héroe deben polarizar un momento histórico en la curva social. Tan héroe es el Negro Primero cuando dice a Páez: “Mi General; vengo a decirle adiós, porque estoy muertos” como Sófocles, vencedor de los simienses, al mando de una flota que le ha sido confiada como recompensa por haber compuesto la Antígona. En ambos el brazo tajaba al mandato de un ideal de Patria, en ambos hablaba la historia de una cultura de ancho espacio.

SÉPTIMO TAPIZ
Aquí se pinta cómo los Obispos influyeron en la formación del medio social.
Del mismo modo como estuvieron separadas las Provincias que en 1777 entraron a formal la Gran Capitanía General de Venezuela, así lo estuvo la administración eclesiástica de ellas. Creado por Bula en 4 de junio de 1532 el Obispado de Coro, con jurisdicción en la Gobernación de Venezuela y en las islas de Curazao, Aruba y Bonaire (mantenida aún después de la ocupación holandesa), su Silla permaneció en la ciudad coriana hasta el año de 1637, en que fue oficialmente trasladada a la de Caracas, pues de hecho los Obispos, a partir del pontificado del Ilmo. Sr. Manzanillo, vivían de asiento en la cabecera de la Provincia. Su gobierno, ya separada de la Gobernación la ciudad de Maracaibo en 1676, continuó abarcando el distrito capitular de ésta, hasta en época del pontificado Ilmo. Señor Martí.
Las Provincias orientales de Margarita y Nueva. Andalucía formaron desde los desde los albores de la Conquista el Territorio llamado Anexos Ultramarinos del Obispado de Puerto Rico y a ellos fueron agregados en 1625 Guayana y Trinidad, que dependían anteriormente del Arzobispado de Santa Fe y no se piense que los señores Obispos de Puerto Rico gobernaban desde lejos, como el rey Agamenón, el vasto territorio de su Diócesis; muy por lo contrario, más de Ocho de ellos visitaron personalmente, los dilatados anexos de aquende el mar encomendados a su tutela espiritual: dieron reglas de gobierno, formaron constituciones, erigieron parroquias, visitaron las encomiendas, y cumplieron con celo y sacrificio los deberes inherentes a su ilustre principado. Por Bula de 20 de mayo de 1790 la Santidad de Pio VI creó con dichos, anexos el Obispado de Guayana Sufragáneo el Arzobispado de santo domingo.
El territorio de la antigua gobernación de Mérida, exclusive la ciudad de Maracaibo y su distrito, formó parte integrante del Arzobispado de santa fe, hasta la erección de la Diócesis de Mérida de Maracaibo por Bula de 16 de febrero de 1778, con jurisdicción además sobre la ciudad de Pamplona en el virreinato y de las de Maracaibo, Coro y Trujillo, que dependían del Gobierno eclesiástico de Venezuela. La nueva Diócesis quedó como sufragánea de la metropolitana de Santa Fe.
Como consecuencia de la toma por los franceses de la ciudad de Santo Domingo, de cuyo Arzobispado eran sufragáneas las diócesis de Venezuela y de Guayana, se erigió por Bula de 24 de noviembre de 1803, el Arzobispado de Caracas y Venezuela, con jurisdicción metropolitana sobre Guayana y Mérida.
Estas las líneas generales que determinan el movimiento de las fronteras eclesiásticas de la Patria durante la época colonial Aquellos Obispados fueron como centros de difusión de la cultura nueva. Guardianes de la fe y del derecho de la familia y portaestandartes de un orden espiritual de horizontes eternos, los Obispos realizaron una labor de trascendencia ilimitada.
Junto a las autoridades civiles y militares que representaban en la colonia la potestad del Rey, y en cuyas manos descansaba en gobierno de los pueblos, ellos se alzaron como personeros de una jerarquía que, al par de la iglesia, las ciencias y las letras tenían su legítima expresión. Ellos fueron como los legítimos legados de la cultura que arraigaba, para larga cosecha, en tierras patrias. Además de su labor como verdaderos moderadores de las costumbres, en un medio donde la anarquía medraba donde el soplo violento de personalismos exclusivistas, fueron ellos también el amparo de las letras, cuya dirección aun no habían tomado las autoridades seculares. Junto a las empresas de piedad y de ascética, los hospitales ganaron cuerpo por su iniciativa evangélica, y aun empresas no ya civiles sino castrenses, recibieron el calor de su empeño civilizador: González de Acuña, ilustre entre los mayores Obispos que han ocupado la silla caraqueña, no se limitó a proveer de agua a las ciudades de Caracas y Trujillo y de Hospital a esta última, sino que se extendió la munificencia de sus recursos hasta los fuertes que en la Guaira y en la Isla de los Zaparas se fundaban para contener el ataque de los bucaneros. Agreda empezó por ser maestro de Gramática, cuando la conquista aún vallaba con espadas y flechas los agrios caminos de la patria: el señor Martí dejará fundadas escuelas a su paso a través de la provincia de Venezuela, y Fray Manuel Cándido Torrijos, segundo Obispo de Mérida, se presentará a su Diócesis con treinta mil volúmenes y un rico gabinete de Física.
Y con los Obispos la Iglesia toda, representada por los Vicarios y los Curas, y por las egregias comunidades constituidas en baluarte de la cultura durante nuestro criollo medievalismo
Unos y otros riegan en el ambiente de la época la semilla de las artes y las letras: al calor de sus manos el barroco se transforma en la fachada de los templos y en los místicos retablos: bajo su dirección el pueblo educa el gusto por el arte musical. Unos y otros. Sirven de contrapeso a los abusos de las autoridades y remedian con la persuasión y el castigo oportunos las costumbres de grandes y pequeños.
En pleno ejercicio de sus altas funciones jerárquicas, los Obispos asumieron la súper vigilancia del medio social y sus decisiones se cumplieron aun contra la voluntad de los empleados seculares y sin temor al real recurso de las fuerzas. Su autoridad era semejante a la de los inflexibles Obispos feudales. “Sin auxilio real, ni haberlo pedido», rezan los documentos de la época, fue cumplida la pena impuesta a doña Xímena Navarro, por el Ilmo. señor Tovar, y la cual consistió en 200 azotes, clausura perpetua o destierro, nota de infamia y perdimiento de la mitad de sus bienes”, por habérsele comprobado el infame delito de incesto y adulterio; y de igual modo se cumplió la que el mismo Prelado hizo8 caer sobre doña Elvira Campos, desvergonzada madre y encubridora de doña Xímena, castigada también en las calles públicas can la pena de azotes y coraza, por el propio Obispo Tovar, ayudado de sus Ministros eclesiásticos, mientras las campanas de la ciudad anunciaban con tétrico tañido, la excomunión mayor.
Este episcopologio tripartito, cuyos anales son en parte comunes con la Historia del Nuevo Reino y de la Isla Borinqueña, encierra el nombre de los grandes civilizadores de la patria colonial se recuerda por la unilateralidad de nuestras historias populares, los nombres egregios de los Ilmos. Señores Gonzalo de Angulo, González de Acuña, Baños y Sotomayor, Escalona y Calatayud, Mariano Martí y otros muchos que dieron prestigio a la silla de Caracas, justo es que memoremos entre tantos beneméritos apóstoles. Al Ilmo. Señor Fray Pedro de la Concepción Urtiaga, Obispo de Puerto Rico, trasladado en 1712 a la Tierra Firme en larga y recuda visita pastoral; y sobre todos, a don Fernando Arias Ugarte, prelado de los más ilustres entre los que ocuparon el Arzobispado de Santa Fe, y quien “pasando muchos ríos periculis fluminum, y malos caminos” recorrió con copia de bendecíos los territorios orientales y occidentales que entraban en su jurisdicción arquidiocesana,
Un monumento histórico que es hoy del dominio público, la visita de Ilmo. Señor "Mariano Martí, Obispo de Venezuela desde 1770 hasta 1792, sirve para mostrar lo que significaban aquellas lentas jornadas episcopales a través del territorio de la Patria. Sin detenerse en sólo el cumplimiento de sus impretermitibles funciones a divinis, abordaban todos los asuntos que se referían a administración de justicia, género de vida y costumbres de los seglares, enseñanza, hospitales, organización civil, trato de los indígenas, conducta de los señores con los esclavos, y demás pormenores que reclamaban su alta intervención: de autoridad o persuasiva.
Ellos eran como el símbolo primario de la cultura que se espaciaba a su propio influjo. Velaban en primer término por Ia integridad del sacerdocio, proclive a la molicie y a sus vicios en países nuevos y sin reacción social, y con la espada de la palabra rompían las ataduras que enlazaban a los clérigos con el mundo del pecado. González de Acuña, movido de extremado celo pastoral, declaró en el momento de expirar que no había tenido intención plena de conferir órdenes a personas de ellas no acreedoras, y los Sacerdotes por él creados hubieron de recibir del nuevo Obispo la confirmación del Ministerio. Armados del recurso terrorífico de las excomuniones, imponían el respeto reclamado por las costumbres, y ante su tremenda proximidad se componían los matrimonios y cambiaban de vecindario los concubinos, El Obispo don Mariano Martí, cuando visitó la ciudad de Trujillo, conminó con públicas censuras al Alcalde don Sancho Antonio Briceño, por mantener relaciones ilícitas en menos cabo de la santidad del matrimonio, e hizo que la cómplice traspusiese los límites de la Gobernación.
Mientras los capitanes conquistando la tierra; las autoridades refrenando la anarquía colonial, realizaban los hechos que la historia recoge como expresión de la cultura que se distendía en el nuevo marco geográfico, los Obispos concretaban el símbolo que, Sobre aquellos hechos, se erguía como ornamentación espiritual para el futuro Ambas autoridades, civil y eclesiástica, armonizaban en Su misión de abrir horizontes a la Historia. Eran como el consorcio de la palabra y de los hechos. Res et verba. Aquéllos con la espada y el bastón de mando, éstos con el báculo y la estola, conjuntaban en sus obras el ideal de integración que los emperadores carolingios resumieron en su persona, al recibir, con la corona del Sacro Imperio, la dignidad de diáconos. Bolívar sintetizará en forma breve y rotunda la significación cultural de esta dúplice labor, al indicar como consejo de hábil política que “la unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza”.
Sin embargo, no se entienda que el paralelismo de la obra cultural realizada por ambos poderes fuera parte a evitar .las desavenencias jurisdiccionales entre Obispos y Gobernadores. Tan caldeado de disputas se hallaba el ambiente caraqueño con motivo de las competencias entre el Obispo Fray :Mauro de Tovar y los representantes del poder civil, que el nuevo Obispo Fray Alonso Briceño, temeroso de no componer las paces, prefirió gobernar la Diócesis desde la ciudad de Trujillo, sin haber ocupado nunca el solio de su Catedral de Santiago, y entregado, para distraer sus ocios, ora a la corrección de sus obras teológicas, ora al peligroso ejercicio de la caza, y no se entienda que fué el señor Tovar, de cuya figura se ha hecho una manera de energúmeno, el solo que riñese con las autoridades civiles. Serias controversias sostuvieron con las autoridades seculares los Obispos Bohórquez y Ángulo, y a pesar del espléndido recibimiento que el Gobernador y los Alcaldes hicieron al señor González de Acuña, luego el prelado entró en desavenencia con el Gobernador, por la pésima costumbre que tenia éste de reunir en su casa a los clérigos para entregarse al juego de naipes, desavenencia que llevó al Obispo a recabar del Rey un remedio eficaz contra hábito tan poco cónsono con las funciones sacerdotales.
Pero donde aparece agigantada la obra civilizadora de los Obispos y de la Iglesia en general, es en el estudio de la marcha de la Instrucción colonial, materia de suyo adherida a los fines educadores de la Iglesia y Que reclama para su mejor comprensión pintura aparte. Al hacerla, veremos cuánto se abultan en la perspectiva histórica las egregias figuras de estos grandes cultores de pueblos, de manos propicias a consagrar el óleo de los sacramentos y el óleo que arde perennemente en los altares de las Ciencias y las Artes,
No fue Venezuela afortunada para darse sus propios Obispos. Apenas obtuvieron dignidad de regirla durante la Colonia cuatro sacerdotes nativos: el caraqueño don Marcos de Sobremonte, hecho Obispo de Puerto Rico en 1677, y quien en visita pastoral falleció en la ciudad de Cumaná en 1681; los Ilmos. Sres Fernando Pérez Lozano y José Martínez de Porras, Obispos también de Puerto Rico; y el Ilmo. Señor don Francisco de Ibarra, antiguo Rector de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, creado Obispo de Guayana en 1790 y después primer Arzobispo de Caracas y Venezuela, Sin embargo, caraqueños fueron el Ilmo. Sr. don José Mixares de Solórzano, Obispo de santa Marta en 1739, el Ilmo. Sr. don Juan de Arechederra, Obispo de Filipinas en 1746 y Gobernador también de aquel archipiélago, el Ilmo. Sr. Manuel de Sosa Betancourth, Obispo de Cartagena de Indias; de Capacho del Táchira era natural el Ilmo. Sr. don Gregorio Jaimes y Pastrana, Obispo también de Santa Marta, y oriundo de Maracaibo el Ilmo. Sr. don Gregario Francisco de Campos, Obispo de la paz de Bolivia. Pero a pesar de no tener con la tierra vínculos de nacimiento, en tal forma obraron los Obispos, muchos de ellos nativos de las Indias, como si hubiesen estado de antiguo atados a los destinos de la patria. Alejados de toda raigambre territorial, por lo ecuménico e intemporal de la misión encomendada al sacerdote, cada nueva tierra puesta bajo su vigilancia de pastor, es a la mirada de los Obispos coma una parcela del gran Reino de Cristo; y en aquellos tiempos coloniales era además una Provincia deI gran imperio de España, al que estaban unidos como súbditos civiles. Menos extraños que los Gobernadores, se asieron tan fuertemente alas destinos de los pueblos como los propios naturales, y velaron por el progreso de las instituciones y por el desarrollo de la obra civilizadora confiada a su prudencia, con tal constancia y con celo tanto, que aún reclaman para su memoria esclarecida el tributo de la gratitud de la Nación.
Contemplando la labor de los Obispos coloniales desde su posición católico-romana, necesario es que nos detengamos en una circunstancia de invalorable significado para el porvenir religioso da los pueblos de América. Concedido a los Reyes de España, a título personal, el Patronato sobre las Iglesias de indias, y alentadas las pretensiones de la Corona por las teorías regalistas en boga, el Consejo de Indias llegó a ser un forzoso intermediario entre los Obispo y la Sede Romana. El papa y su autoridad se proyectaban en América a través del Consejo: las comunicaciones de los prelados para el Romano Pontífice eran tamizadas en la Asamblea indiana. Diríase que la palabra de Roma, aunque siempre pura y sin torcidos medros, llegaba sólo a nuestros pueblos como un contra-eco de Madrid, y las Cédulas de ruego y encargo dirigidas a los cabildos eclesiásticos, permitieron que algunos Obispos ejercieran jurisdicción sin el ascenso pontificio. Pero a pesar de esta ausencia de comunicaciones directas, las Iglesias se sentían tan íntimamente unidas a la Silla de san Pedro, que roto con la independencia política el vínculo del Patronato regio, lejos de ocurrir el más leve síntoma de escisión y aunque el Libertador hubiera echado mano al viejo expediente de las elecciones medievales en el caso desesperado de la Diócesis de Guayana, tanto las autoridades eclesiásticas, muchas tocadas de regalismo y aun de jansenismo, como los representantes de la política secular, liberales Y liberalizantes, ocurrieron al unísono cerca del Romano Pontífice en busca de Ia fórmula que definiera la futura situación de las Iglesias de América, esto hecho Y realizado con acierto; pese a la actitud del pontificado contra los principios de la independencia. Colombia misma, cuando se declaró en ejercicio del viejo y caduco derecho patronal, puso en la propia ley que lo reglamenta la necesidad de recabar la aprobación pontificia. Maravilloso ejemplo de lo que fue la egregia misión de aquellos Obispos autónomos Y solitarios, que nunca vieron en sus Diócesis representantes especiales de la persona de los Papas: maravilloso ejemplo de disciplina y. catolicidad, que aún mantiene Y mantendrá estrechamente unidas las Iglesias americanas la legítima autoridad del supremo Pastor instituido por Cristo para ser por siempre Siervo de los Siervos de Dios.

OCTAVO TAPIZ
Aquí se pinta cómo los corsarios contribuyeron indirectamente a la formación del espíritu de la nacionalidad.
SI la hoja de acero tuviese la facultad de hablar, qué diatribas oiríamos contra la dureza del martillo; y. nadie seria Osado a llegarle el pleno derecho de quejarse de los frecuentes golpe recibidos, sobre el yunque. Que después la hoja informe se convierta en tajante espada, es milagro que el mismo martillo no podría explicar, pues el acero reclamará para la nobleza de su temple los prestigios de tal transformación. La virtud del martillo en el caso de nuestra evolución colonial, la podrían invocar Inglaterra, Holanda y Francia por titulas suficientes para ser tenidas como educadoras dé nuestros. Sentimientos de cooperación colectiva. Bien que la escuela fuera dura; ellas lograron, a pesar de todo, el mérito de haber obligado a los colonos y a los Gobiernos de las Provincias, a sumar sus energías defensivas y a estar vigilantes en la guarda de los intereses comunes.
Sin las naves que aquellas nobles; potencias protegían y enviaban para asolar las costas de Ia América Española, hubiera, carecido estos Pueblos de oportunidad para estrechar sus fuerzas y para. Medir sus recursos bélicos. Este mérito, aunque parecido al del pertinente ladrón que obliga al padre de familia a visitar a la media noche dormitorio de sus pequeños hijos, nadie intentará negarlo a los Corsarios, piratas y bucaneros, tres modalidades de un mismo ente feroz, que mantuvieron en continua zozobra a las autoridades coloniales. Venían ellos a robar, pero los colonos se dieron cuenta de que poseían tesoros, envidiables, y los defendieron contra la Codicia extranjera.
En medio de la aparente paz de la Colonia, la Proximidad bucanero fué como un continuo alerta que sabia recordar a los pueblos aislados de unirse para confrontar los peligros, del enemigo común. Cada ciudad, en las distintas. Gobernaciones, movía en un radio estrecho de exclusivismos. Si en verdad nuestro sistema colonia no fué un régimen feudal de señores, sí rué un feudalismo de ciudades. Nuestros antecesores criollos no poseyeron suficiente fuerza para constituirse en individualidades absolutas coma los señores de la alta Edad Media, pero en cambió la pluralidad de los individuos supo conjuntarse en la unidad ciudadana o regional, de tendencias exclusivistas y solitarias. La ciudad rué como un verdadero castillo feudal y el Cabildo la torre del homenaje del castillo. No había, claro que no, un feudalismo puro, pero al menos existió un feudalismo barroco, génesis de futuros caudillismo, y el cual rué suficiente para mantener enhiestas las líneas de las ciudades, que pretendían bastarse a sí mismas. El arrancaba, con caracteres de sangre, de los propios fundadores, cuya descendencia gozaba del privilegio de la administración comunal, en forma a veces nepótica.
Como la política colonial se diluía en este laberinto de emulaciones localistas, era requerida una fuerza que galvanizara la conciencia de los pueblos. Y quién habría de creer que durante los siglos XVI y XVII los piratas se convirtiesen en medio idóneos de educación cívica. ¡Vaya si lo fueron! A los méritos anteriormente invocados en las probanzas, se agregó entonces el de haber concurrido el interesado al desbarate de un corsario, haber mantenido a. su costa y mención soldados para tal fin o enviado bizcocho y vino para el sustento de la tropa. Si antes se había servido la República en la fundación de ciudades y en el sometimiento de los indios rebeldes, ahora es titulo de mayor benemerencia defender la integridad del suelo patrio.
Y la lucha en verdad no era sino un eco de las luchas exteriores sostenidas por la Madre Patria contra sus enemigas, Ias potencias europeas. Más que defensa de la propiedad individual, ellas construyeron una defensa de la integridad nacional. Las paces de los Reyes detenían un tanto el ataque de las naves, por cuanto sus rivalidades eran el viento huracanado que hinchaba las velas de los buques sin ley.
A tiempo que Francisco l se negaba a reconocer la partición del Océano hecho entre España y Portugal, por desconocer la “clausula del testamento de Adán en la que se me excluye (decía el Rey) de la repartición del orbe”, ya los barcos franceses infestaban las islas antillanas y la Corona había enviado carabelas que las defendiesen de los ladrones gálicos. So Color de libertad de comercio, el Rey de Francia expidió las primeras patentes de corso y autorizó a los capitanes y armadores para que atacasen españoles y portugueses. Era como la revancha contra la amenaza que para dicho país representaba el esplendor de España con su vasto imperio ultramarino.
Aquellas naciones que censuraban de los Reyes Católicos la sed de oro y la Política que ponían en juego para lucrar con las minas; no paraban mientes en abordar las naves españolas que, lastradas con el fruto del trabajo minero ponían rumbo a los Puertos de la Metrópoli. Calificaban de Crimen la explotación del rico mineral en el fondo de la tierra, pero no apropiárselo violentamente cuando estaba ya fundido. “Los países qué reprochaban acremente a los españoles su crueldad, Su codicia y su abandono de toda actividad útil para hacerse mineros -dice Carlos Pereyra-.Empleaban un número mayor de hombres en robar los métales, preciosos fundidos y acuñados Por España, que ésta en extraerlos y beneficiarlos”
Mientras la Madre Patria, realizando el más generoso plan de colonización que jamás ha puesto un estado civilizado al servicio de naciones bárbaras, destruía por imprevisión sus Propios recursos interiores, los colonos de la Nueva Inglaterra limitaban su obra una tímida expansión que, sin la heroicidad legendaria de los conquistadores españoles, realizó actos de suprema barbarie. Cuando en lo América Española Ya florecían universidades y seminarios, en la del Norte no habían podido establecer un asiento los inmigrantes sajones; y sube de Punto la admiración al considerar que el pueblo de San Agustín en la Florida, fundado por Conquistadores", españoles en 1565 y el más antiguo de la Unión, antecedió en cuarenta años al establecimiento de la primera colonia inglesa en Virginia. Si España dilató sus dominios a punto del no poder defenderlos, lo hizo por una política contraria: a la lentitud y timidez de la expansión sajona, opuso una audaz y temeraria penetración que en breve tiempo le dio por suyas las más ricas posiciones del Nuevo Mundo.
Para Equilibrar las consecuencias de tan distintos planes de conquista y hacer que pasaran a las potencias que obraban lo mismo que Inglaterra (Holanda y Francia) los territorios sometidos a la Corona de Castilla hubieron aquellas de valerse de una apropiación indebida, para la cual ninguna eran tan adecuadas como las armas que cobijaba la bandera sin código de los piratas y bucaneros: Jamaica, Granada, Tobago, la tortuga, Curazao, Aruba, Bonaire, testimonian entre otros territorios los resultados de la nueva política antiespañola. En aquellas luchas si cabe la definición que de la guerra dio Voltaire: Dans touts les guerres il ne s´agit que de voler. ¡Y de qué manera!
El corsario, nueva faz del moro secular, amedrentaba a los colonos y los unía para la común defensa de los puertos de Ia patria y decimos nuevo moro, porque si aquél amenazó con la luz enfermiza de la Media Luna la totalidad religiosa de la península, piratas y bucaneros fueron también como brazos en la lucha de, Inglaterra contra Ia catolicidad española. Los hugonotes vengaron en América la religiosidad España, y defensores de La Rochela saciaron su odio anticatólico en el incendio de templos de Indias. Cromwell y la política éste sucedánea habían heredado de los “puritanos de la época isabelina el tradicional aborrecimiento de España, como baluarte de Roma”, según observa Haring, y los capitanes que Incendiaban y. robaban, medraban justicia para sus empresas criminales al amparo de la doctrina corriente en la corte .de San Jaime, de que “los españoles como víctimas infelices de Roma, tenían bien merecido que se les robase y matase, si no se dejaban robar”. Chesterton, a pesar de enaltecer el carácter-pintoresco de los piratas ingleses termina por Llamarlos “la plaga del imperio español en el Nuevo mundo, rescatadores, según otros, para la Corona británica, de da herencia de los Santos”.
Nada contribuyó tanto como la acción destructora de los corsarios, para detener el progreso material de los pueblos españoles de América y el desarrollo de su curva cultural. Aun antes de 1555, añade la venida a Margarita y Borburata del corsario francés Jacques Sores (apellidado Soria por Castellanos), y quien se llevó le este último puerto hasta la “marca con que se suele marcar el oro de chafalonía”, según decían los Oficiales Reales, ya los piratas infestaban nuestras costas y sembraban la inquietud en la naciente colonia. Las ensenadas de Cubagua se vieron desde los primeros años de la explotación de la perla, visitadas, por audaces navegantes franceses y holandeses. En 1565 John Hawkins, fervoroso puritano., recorrió la Margarita y las costas de Cumaná y dio por fin fondo en Borburata, donde desembarcó fuerzas y amenazó incendiar la ciudad si los vecinos no entraban en tratos con su gente, temor que obligó al Gobernador Bernaldes a permitir que el pirata vendiese su oscura mercancía.de esclavos. Las huellas del inglés fueron rastreadas en seguida, con semejantes resultados, por el francés Jean de Bon Temps, quien en 1559 reapareció en la Margarita con ocho o diez navíos, y por los piratas de igual nacionalidad Dors y Pierre de la Barca; y poco tiempo después por Nicolás Valier, quien al mando corsarios franceses y escoceses, asaltó y saqueó en 8 de septiembre de 1567 la indefensa ciudad de Coro, y para que no fuese apresado el señor Obispo, rué sacado en hombros. Más tarde escribía el Ilmo. Sr. Agreda: “Me robaron todo cuanto tenía, y así mismo fue robada la hacienda de la Iglesia, cometiendo los dichos luteranos como herejes muchos feos casos, haciendo pedazos las imágenes y crucifijos y quebrando los retablos a arcabuzazos y vituperando las cosas sagradas, y las bulas de mi consagración y libros de santa doctrina todos hicieron pedazos y con tijeras los cortaron”.
Antes de ser tomada la ciudad de Caracas por el pirata inglés Amias Presten, del convoy de la primera expedición de Walter Raleigh, las costas de la Provincia eran objeto de frecuentes asaltos de los corsarios, entre quienes se recuerda a un tal Juan Rodríguez “mal corsario”, amenazando a los bajeles que conducían el real tesoro a Cartagena.
En 1593, en la noche del sábado 22 de mayo, surgió en el puerto de Pampatar una armada inglesa compuesta de “tres navíos gruesos y cinco lanchas o barcos”, al mando del “General Juan Brigos y de Bur” (¿Este y el Juan Rodríguez citado arriba no serán el pirata Namburg?) El lunes siguiente desembarcaron hasta cuatrocientos mosqueteros con ánimo de apoderarse del poblado. Era Gobernador de Ia isla don Juan sarmiento de Villandrando, quien sin mayores recursos y con sola su mucha presencia de ánimo, organizó en unión del Capitán Felipe de Linares y Torrellas un ardid para .arrojar a Ios piratas, y a los gritos de “Santiago y a ellos”, en medio de la alarma de cajas y trompetas, jinetes en buenos y briosos caballos, las gentes españolas reducido número, pusieron a la huida a los piratas, dejando muchos ingleses muertos por el camino y el campo.
Preston y el Capitán Sommers, en 1595, con cinco embarcaciones, fondearon en la isla de Coche, donde hicieron cautivos algunos españoles y negros. Después arribaron a Cumana, cuyos habitantes hubieron de satisfacer un rescate para librar de las llamas a la ciudad; y de allí gobernaron los piratas hacia la costa de caracas. Desembarcaron por Macuto y tomando una vereda antigua, llegaron directamente el día 29 de mayo a Santiago de León, ciudad, que apenas les presentó una pequeña resistencia. “Entre los que salieron fue uno, de ellos el capitán Alonso Andrea (de Ledesma). el cual aunque Por su grande edad debía ser jubilado de la guerra. Pero como la ocasión eran tan honrada salió, al campo con sus armas y caballo y escaramuzando con el enemigo fue muerto de un mosquetazo y acabo y murió en el Real servicio”, “con lástima y sentimiento aun de los mismos corsarios, escribe Oviedo y Baños, que por honrar el cadáver lo llevaron consigo a la ciudad para darle sepultura, como lo hicieron, usando de todas aquellas ceremonias que suele acostumbrar la milicia para engrandecer Con ostentación las exequias de sus cabos”, y, como en los funerales de Palente, detrás del fúnebre cortejo debió mirarse, sin jaez, dando relinchas lastimeros y con la cara húmeda de lágrimas, el viejo corcel que había acompañado al indomable conquistador en sus largas y heroica jornadas a través del suelo patrio. La galantería de Preston para el cadáver del valerosa Ledesma, no fue parte a librar la ciudad de las llamas de los: piratas, quienes al verla en cenizas bajaron al mar y enrumbaron las naves hacia el poniente, en pos de la ciudad de Coro. Después de doblegar las avanzadas de los corianos, los invasores tomaron a saca la ciudad y la entregaron a la acción devastadora del fuego. Aun., que Preston intentaba penetrar al Lago de Maracaibo, Se vio obligado a volver proas hacia el levante en busca de Sommers; forzado por una tempestad a meterse mar adentro.
Alrededor de 1540 los holandeses iniciaron la explotación de las salinas de Araya, en Cuya granjería se mantuvieron hasta principios del siglo XVII, cuando el Gobierno español, dispuesto a hacer respetar el señorío que le tocaba en aquellas regiones Orientales, en., vio a ellas una expedición de guerra que practicase el desalojo de los invasores. En 1606 llegaron a Araya dieciocho naves españolas, que redujeron a prisión a los holandeses, muchos de los cuales fueron elevados ahí mismo a Ia horca, mientras los demás eran remitidos al presidio de Cartagena. Pero repitiéndose las entradas de los enemigos, el gobierno fué forzado en 1622 a levantar una fortaleza en aquel sitio, obra en que fueron invertidos más de un millón de Pesos por la Corona de España.
En 1620 los mismos holandeses se apoderaron de la isla de Margarita, cuyo., fuertes destruyeron; en 1622 atacaron el puerto de la Guaira capitaneados por el pirata Balduino Henríquez pero fueron rechazados por los criollos al mando del capitán francisco Sarria; y más tarde, en 1628, un convoy de la armada general de Holanda al mando de Peter Petersen Ahien, dominó el mar Caribe y tomo posesión de la isleta de Tortuga, cuyas salinas se dieron aquellos a explotar. El Gobernador Núñez Meleán, por caer dicha isla en la jurisdicción de la Provincia de Venezuela dispuso el envió de gente que practicase el desalojo. “Envié, dice el Gobernador, al capitán Benito Arias Montano por capitán y acabo de cuarenta soldados, y ciento diez y siete indios flechero para que hechase-, de dicha Isla prendiesen o matasen los dichos enemigos y fue en su compañía. El dicho Pedro de Lloverá atañes cerca de su persona y tubo tan buen efecto habiendo hallado las dichas urcas las fundieron y mataron algunos de los dichos enemigos Los cuales con los demás prisioneros fueron traídos al puerto de la Guaira oeste ciudad en que se consiguió loable victoria y el dicho capitán Pedro de Lloverá Otoñes mostro su mucho valor y animo. I después lo envié con una lancha y dos Piraguas con soldados e Indios y sus armas, a dicha isla a desbaratar Rosar y quemar los muelles y demás artificios que los enemigos tenían hecho para la toma de esta.-sal”.
Como resultado de las luchas entre España y Holanda, ésta logro al fin posesionarse en 1634 de la Isla de Curazao, no sin tener que pelear antes los corsarios con las fuerzas organizase defensa de aquel territorio por el Gobernador Núñez Meleán. Dicha Isla, Jo mismo que Bonaire y Aruba desde el siglo anterior, cuando las gobernaba Lázaro Bejarano, sucesor de Ampíes en el titulo de dos vidas que sobre ellas le rué concedido, eran visitadas de continuo, para en ellas avituallarse, por corsarios franceses y holandeses, .a quienes alentaba tanto el descuido del Gobernador como la abundancia de ganados que Ies Ofrecían. En 1641 el General Fernández de Fuenmayor hizo desalojar los corsarios de la Isla de Bonaire, pero Juego ésta cayó definitivamente en poder de Holanda.
Apenas se inició la conquista de Guayana, los holandeses celebraron alianza con los indios para impedir la marcha de la Colonia, y penetrando en el territorio, llegaron hasta edificar fuertes que protegiesen el paso de sus buques. Por su parte los ingleses, ya sin temor ninguno al poder naval de Felipe II, enviaron una expedición al mando de Robert Dudley, la cual llegó en 1595 a la Trinidad y tomó posesión de la isla en nombre del Rey de Inglaterra. Dudley ordenó una entrada al Orinoco, Con cuyos indios tuvo tratos. Alejada la expedición de Trinidad, apareció en sus aguas otra al mando de Walter Raleigh, quien tomó posesión-de san José de Oruña y redujo a prisión al Gobernador Berrío. Raleigh hizo construir algunos barcos ligeros y remontó el Orinoco, hasta el Caroní. Luego regresó a Inglaterra con muestras de rico cuarzo, que despertaran la ambición de la Corte de San Jaime por la conquista del “hombre dorado”.
Al tener noticias de los sucesos de Guayana, Francisco de Vides, Gobernador de Ia Nueva Andalucía, despachó en defensa de la Trinidad una fuerza que logró al Inglés Sparrey, dejado por Raleigh en aquella Isla.
La corte inglesa, entusiasmada por las noticias que de Guayara nevó Raleigh, le otorgó patente en 1616 para organizar otra poderosa expedición con que viniese nuevamente a reconocer las tierras y a buscar articulas y producciones útiles para el comercio. En 1517 salió el pirata de Londres con siete buques y cuatrocientos treinta hombres, a los cuales se incorporaron en Plymouth siete na.es más, y quinientos hombres bien armados. Llegaron a Guayana en diciembre de dicho año y después de dura resistencia que le presentaron Ios habitantes de Santo Tomé, y en la cual se distinguió con Líneas de ejemplar heroísmo, entre la gente del malogrado Gobernador Palomeque de Acuña, la varonil encomendera doña, Isabel de Alcalá, quedó la ciudad en poder de Keymis, enviado desde Trinidad por Raleigh al descubrimiento de las minas. Aquél se dedico durante varios días a Ia búsqueda de los deseados. Minerales, y fracasado en sus propósitos, regresó a Ia Isla, donde siendo mal recibido por el Almirante, se quitó la vida. En esta expedición los ingleses!:l perdieron numeroso contingente armado, y a los capitanes Raleigh, sobrino de Sir Walter, Cosmes y Harrington. Defraudadas las esperanzas de los expedicionarios, regresaron a Inglaterra donde, para satisfacer los reclamos de España, fué Raleigh sometido a juicio y ejecutada la pena de muerte a que antes había sido sentenciado por sus crímenes.
Como lo hizo en la oportunidad anterior el Gobernador de Cumaná, .en ésta el de Venezuela se apresuró a enviar suficiente gente a Ia defensa de Guayana, al mando del Capitán Bernardo de Brea.
En 1629 llegó a Santo Tomé una expedición enviada por la Compañía de las Indias Occidentales, compuesta de nueve navíos tripulados por ingleses y holandeses: a su presencia los criollos, considerándose impotentes para resistirla, se retiraron a los campos, después de haber quemado la ciudad, En 1637, reedificada ésta, volvieron los holandeses, quienes la saquearon y arruinaron en tal terma que no quedó ni paño para amortajar a los difuntos. ¡Hasta con el Santísimo Sacramento cargaron, como botín de guerra, aquellos herejes luteranos!.
En 1640 fue nuevamente atacada la ciudad por los holandeses que, apoyados por los fieros caribes, presidiaban de continuo en las bocas del río Orinoco; y en 1664 los ingleses la volvieron a saco y a entregarla a las llamas.
Mientras los holandeses procuraban consolidar sus posiciones fraudulentas en el Orinoco, luchaban también en las aguas Caribe por hallar sitios propicios para su comercio clandestino. No satisfechos con sus ataques a Curasao y demás islas, intentaron armarse en las salinas del Unare y Cumaná Con este fin hicieron construir un fuerte de madera en Curazao y lo trasportaran a las bocas de dicho río, pero cuando más seguros se creían en su llamada posición, don Juan de Orpín, Gobernador de la Provincia de los Cumanagotos, los acometió con tal destreza y tanto empuje, que los hizo abandonar definitivamente sus pretensiones de asentarse en Tierra Firme. Pone Rojas estos sucesos en 1640, pero según relación que existe en el Archivo General, se efectuaron en agosto de 1633.
El año de 1642 fue amenazada la Guaira por una escuadra de pie ratas ingleses, Ia cual hubo de retirarse, con grandes pérdidas, ante la heroica resistencia que le opuso el Gobernador don Ruy Fernández de Fuenmayor, a cuyo lado, según escribe Sucre, “se vió el Obispo don Fray Mauro de Tovar, quien trocando la mitra por el casco, a Ia cabeza de toda la clerecía, en mulas y machos, a su costa y minción con armas y provisiones, y bastante número de hombres de servicio, iba a ponerse a las órdenes de su constante contendor, deponiendo ante el peligro de invasión extranjera, toda vieja rencilla”.
Por 1659 el Capitán Cristóbal Myngs, con tres fragatas y obra .de trescientos hombres, fue enviado desde Jamaica a pillar la costa de Tierra Firme. Empezó por destruir a Cumaná, ocupada cuatro .años antes, con pérdida de pus vecinos principales, por un pirata .francés; de paso tocó en Puerto Cabello y por fin fue a parar en Coro, donde robó, después de desalojar a sus pobladores, veinte y nos arcas del Real Tesoro, cada una de las cuales contenía cuatrocientas libras de plata.
En octubre de 1641 fué teatro el Lago de Maracaibo de la codicia y crueldad de piratas hola.'1deses al mando de Enrique Gerard. Al año siguiente, el 23 de diciembre, ancló en la bahía de Maracaibo el pirata William Jackson, al mando de once bajeles de alto bordo y en cumplimiento de alta comisión emanada de Sir Robert Rich, Conde de Warwick. Desembarcó mil hombres que tomaron a saco la ciudad; mas, gracias a un rescate de diez mil ochocientas peluconas que los vecinos alcanzaron a reunir, pudo evitarse el incendio. El corsario enrumbó entonces hacia Gibraltar, en el Nuevo Reino de Granada, donde llegó el 1° de febrero de 1643 para ser repelido por las. .fuerzas que comandaba el Gobernador y Capitán General de Mérida, don Félix Fernández de Guzmán Al regresar el pirata, del fondo del lago el General Ruy Fernández de Fuenmayor, Gobernador y Capitán General de Venezuela, que se hallaba en Maracaibo, intentó atacarlo, pero sin éxito, por carecer de recursos suficientes.
Un poco antes de 1667, según parece desprenderse de la acomodación de distintos datos, el filibustero y gentilhombre francés Montbars el Exterminador, en quince bajeles y acompañado de novecientos sesenta filibusteros, llegó al fuerte de la Barra, que le recibió con nutridas descargas de artillería. Disminuido el fuego de los cañones, Montbars pudo dar una sorpresa a la guarnición del fuerte, el cual se entregó ante la furia de los piratas. Luego gobernaron hacia la ciudad de Maracaibo, cuyas calles encontraran solitarias, pues los vecinos habíase dirigido a San Antonio de Gibraltar, en el Nuevo Reino, al tener noticia de la cercanía de los corsarios. Hacia esta villa enrumbó la gente pirata, pero allí también halló que todo era calma, silencio y abandono. Las crónicas de “Les Freres de la Costes” recuerdan las crueldades de que el Exterminador se valió para hacer que un viejo portugués y un joven, apresados 'en sus pesquisas, declarasen sobre el sitio donde habían ocultado los criollos sus tesoros: al viejo ataron de pies y manos a los cuatro rincones de la sala, le colocaron una piedra de cerca de quinientas Iibras sobre los lomos, y cuatro hombres, fustigando las cuerdas que le suspendían, lograron que trabajase todo el cuerpo, en este navegar en seco, según llamaban los filibusteros tal suplicio, pero vista la resistencia del viejo en declarar, se colocó fuego bajo su cabeza. En cuanto al joven, fue suspendido par les parties que la pudeur défend de nommer, lesquelles furent presque arrachées, y después se le arrojó a un foso, no sin antes acribillarle el cuerpo a golpes de espada. Concluidas estas medidas previas, entregaron al piI1aje la pobre villa y le prendieron fuego. De Gibraltar, el Exterminador volvió a Maracaibo, donde permaneció algún tiempo, mas, cuando mejor se hallaba en el sacrificio de sus habitantes, supo de tres bellas fragatas que cerraban la salida del Lago. Tomando un rescate de dos mil escudos, los filibusteros asaltaron. los barcos españoles y lograron salir a la mar. Desde entonces las crónicas no supieron más del Exterminador, de quien dejó escrito Exquemelin: “… yo no conozco quien haya hecho más daño (a. los españoles) que el joven Montbars, llamado el Exterminador. La talla alta, derecha y firme; el aire altivo, roble y marcial; la tez; curtida; las negras y espesas cejas en arcada; en el combate él empezaba a vencer por el terror de sus miradas, y acababa de hacerla con la fuerza de su. Brazo”.
Por 1667 los pueblo, el del Lago se vieron atacados por el corsa., río francés Francisco David Nau, llamado l'Olonnais, y por Miguel el Vasco, quienes, una vez quebrantada la resistencia que les opuso la guarnición del fuerte de los Zaparas, entraron en Maracaibo; cuyos habitantes, presa de la mayor confusión y angustia, .se habían retirado en gran número a la villa de San Antonio de Gibraltar. Después de entregar la ciudad al pillaje, l'Olonnais ordenó a los barcos poner rumbo hacia el sur, en pos de los refugiados: "llegando a Gibraltar Con sus hombres, echaron pie en tierra trescientos “Ferres de la Coste”, hermandad a la Cual pertenecían los: filibusteros; y antes de abrir la contienda “se saludaron éstos cama gente que no volvería a verse”, y cada uno iba armado “de un sable corto, dos pistolas y treinta cartuchos”. Después de una lucha feroz Con los seiscientos criollos que defendían la villa, al mando del Gobernador y Capitán General de Mérida, don Gabriel Guerrero de Sandoval, quien sucumbió en aquella empresa, los filibusteros se entregaron durante todo un mes, con Sus días y sus noches, a un metódico pillaje, que dejó vacía a la villa de su antigua riqueza. Pero cuando se disponía a tomar el camino de Mérida, la gangrena gaseosa unida al paludismo (y hay quien diga que el paludismo no es a veces recurso benéfico), inició una hecatombe entre aquella gente sin ley y sin conciencia, y obligó al corsario a pensar en su regreso a Maracaibo; mas, antes de hacerla, pidió veinte mil piastras a los Prisioneros que guardaba en la Iglesia Mayor, quienes, ante la amenaza de las llamas que empezaban a destruir el templo, las pagaron de. Inmediato. En Maracaibo un nuevo rescate de veinticinco .mil piastras fué requerido de los infelices habitantes, y con él, los vasos de las Iglesias, campanas, retablos y ornamentos, enrumbaron aquellos desalmados Salteadores hacia Ia Tortuga, donde su “piedad” erigió una bella Iglesia a Nuestra Señora de la Victoria; piedad similar a la de Drake, que comulgaba con sus víctimas al pie del árbol donde las colgaba.
Cuando la ciudad de Maracaibo empezaba, en 1669, a convalecer de la ruina en que la dejó l'Olonnais, se presentó amenazador en las aguas del Lago, e~ pirata inglés Henry Morgan, al frente de una expedición de quinientos hombres, en ocho bajeles, bajo la certera guía de Pedro de Pedro Picardo Vaquiano de las aguas del Lago y compañero de Nau en la empresa del año 1667.
La ciudad había sido abandonada de Sus vecinos, quienes se hallaban en. Los montes, guarecidos del 2, taque inevitable; pero tras ellos el corsario envió patrullas encargadas de apresar y conducirlos a su presencia a fin de declarasen por medio de crueles tormentos .el lugar donde habían ocultado los tesoros. Ancianos, mujeres y niños pasaron bajo Ias horcas caudinas del inglés durante tres largas Y crueles semanas de interrogatorio continuo, vencidas las cuales, Morgan se dirigió a San Antonio de Gibraltar, donde permaneció cuarenta días entregado a las mayores crueldades, dejada la villa al bárbaro arbitrio de su gente. Al regresar a Maracaibo, supo que una flota española lo esperaba a la salida del Lago, pero a fin de burlar su vigilancia, entró en tratos con su jefe don Alonso de Campos y Espinosa; mientras los corsarios preparaban una sorpresa, realizada con tan buen tino que, logrando incendiar un bajel de cuarenta cañones, hicieron que los españoles mismos prendieran fuego a otro y que el tercero se le!' entregase buenamente. Morgan gobernó de nuevo hacia Maracaibo, de donde se ausentó después .de hacerse pagar un rescate de veinte mil piezas de a ocho reales El 17.de mayo de 1669 los filibusteros se hallaban de regreso en Port Royal.
En 1678 realizaron la más profunda de sus penetraciones en nuestro territorio. Con motivo de haber encallado en Las Aves la flota que el Conde de Estrés, Vicealmirante de la Escuadra francesa de las Indias occidentales, preparaba para ir contra los holandeses de Curazao, vióse aquél obligado a regresar a la Española, dejando los filibusteros al mando del parisién Granmont de la Mote, llamado le Chevalier de Grand Mont. Este, después de haber hecho carenar Ios barcos, se resolvió a repetir las jornadas de l'Olonnais y Morgan. El 5 de junio arribó a las costas de Coro que baña el golfo de Maracaibo, donde dejó el bastimento. Internándose en el golfo, pasó la barra y ello tenía su batería a trescientos pasos del fuerte de los Zaparas. Allí armó pabellones y pidió la rendición del castellano que Io gobernaba. Recibida la negativa del jefe español, el filibustero emprendió el ataque de la fortaleza, hasta lograr el rendimiento de su gente y la posesión de ella, que rué celebrada con religioso recogimiento, mientras se entonaba el Te Deum laudamus, pues estos forajidos no tenían escrúpulos ni para meter a Dios en sus desalmadas empresas. Dejada una pequeña guarnición en la isla, gobernaron hacia Maracaibo, adonde dos días después entraban en iormaci6n de batalla. Granmont acampó en la Iglesia principal y diputó comisiones a los campos en solicitud de los vecinos, y a las sabanas en pos de cacería, y después de haber estado recorriendo.las estancias del Lago en busca de vituallas y pillaje, ancló en Gibraltar el 4 de agosto. La villa, desguarnecida, no ofreció resistencia al invasor, invasor, quien entró en ella corno a su propia casa Lo mismo que en Maracaibo, utilizó la Iglesia para alojar la tropa, y animado por tan buena acogida, se dispuso a correr la tierra adentro.
El 24 de agosto emprendió viaje hacia Trujillo, haciendo para ello un camino de mayor desarrollo que el natural, afín de engañar a .los criollos, de quienes supo que poseían trincheras armadas en los Llanos de Corniales. Al llegar a Sabana Larga, encontró trincheras que no fueron defendidas, y siguió a Trujillo por el camino real, hasta tomar la segunda trinchera, que estaba cerca de Tucutuco, después de haber obligado a retirarse hacia santana a los trescientos criollos que la defendían. De allí siguió a lo largo delirio hasta la ciudad, cuyos pobladores no esperaban que el pirata venciese la resistencia que le ofrecían las avanzadas. El 15 de septiembre se trasladó al cuartel del pirata el Vicario de la ciudad, Pbro. Pedro de Azuaje y Balido, para ofrecer1e por rescate de ella, la suma de mil piezas de a ocho reales y ron sacos de harina, pero Granmont, fundado en las mentadas riquezas de los vecinos, pidió veinticinco mil.
No pudiendo reunirse dicha cantidad, la Ciudad fue entregada el pillaje, y después quemada. “El 16 dice el mismo Granmont en una relación enviada al Gobierno Francés, que se conserva en el archivo Nacional de París, yo incendié esta Pobre ciudad virgen, Que había costado más de ochocientos mil escudos, después de haber saqueado Ias iglesias y las casas y haber hecho llevar el crucifijo, Nuestra Señora y las Imágenes a Ia Parroquia”. ¡A ello le Obligaba su tierna piedad religiosa! De aquella ruina pudo salvarse el Convento de Padres Franciscanos, gracias a la astucia de un viejo fraile francés, llamado en el mundo Francisco Teodoro Wasseur, y en religión Benito de la Cueva. Cuando la comunidad se ausente de la vieja casona y buscó en los campos vecinos abrigo para tanta des, gracia, el añoso lego fue obligado por la ceguera y el reuma, aguardar el claustro; y cuando la ciudad era sometida al saqueo ya la voracidad de las llamas, el anciano fraile se hizo trasladar a la portería, frente a una vieja imagen de San Luis de Francia, que como patrón de los Terceros era allí venerada. Bien conocía el Hermano Benito las costumbres y el caló de los filibusteros: una cicatriz en la frente recordaba aún los tiempos cuando habitó entre bandidos en los bajos fondos de Francia. Enfrentados al convento buen número de asaltantes, un oficial trató de forzar la puerta, pero Una mano le detuvo y una voz potente, en buen argot le ordenó, señalándole la imagen: “Rendid las armas, francos, en nombre de su Majestad”, y los piratas alborozados respondieron: “y ante el glorioso San Luis, muerto en Túnez por la religión y por la Patria pero vigilando desde el cielo por sus súbditos franceses. ¡Creían ellos!.
Aniquilada la ciudad, los piratas pretendieron seguir a Mérida o El Tocuyo, pero desistieron de tal propósito ante la duda de hallar suficiente pillaje, y advertidos de que se avecinaba una fuerza en número de trescientos cincuenta hombres, enviada por las ciudades de Barquisimeto y El Tocuyo en defensa de Trujillo y portadores también de recursos de boca para los infelices habitantes de ella.
Inmediatamente emprendió el pirata su regreso a Gibraltar, lió sin haber inquietado las regiones comarcanas de Trujillo unió a, la suya la gente que allá había dejado, enrumbó hacia Maracaibo, y dé paso hizo quemar algunos barcos encontrados en el Lago. Ya en la ciudad, despacho un bajel a Gibraltar en busca de rescate, con orden, para el caso de no hallarlo, de entregar la villa a las llamas, como se hizo. Al fin logró seis mil piezas y mil reses de la ciudad de Maracaibo, y de ella, lleno de gloria, se .alejó el 3 de diciembre. Por Navidad se hallaba de regreso en Petit Grave, can ciento cincuenta mil escudos de botín y con la satisfacción de haber servido lealmente a la Majestad Cristianísima y dispuesto, además, a comprobar la observación de Maquiavelo, de que “el francés, codicioso de los bienes de los demás, roba para comer, malgastar y divertirse con 10 robado”.
Por este mismo tiempo fueron atacadas nuestras costas orientales por el Marqués de Maitenon, autorizado por Luis XIV para venir a pillar en los puertos de América. Después de tomar la Trinidad, se dirigió a Margarita, isla que siete años antes, en 1662, había sufrido una ocupación de los holandeses, quienes entregaron a las llamas el puerto de Pampatar.
Pocas noticias nos dan los documentos consultados Sobre el saqueo, en 1677, de la ciudad de Valencia, por corsarios franceses acaso de la flota que cargó con el Obispo y el Gobernador de Cartagena en dicho año. Se sabe que dejaran vacías Ias arcas reales y pusieron fuego a la ciudad, con tal alarma que Ios de Barquisimeto, hacia donde se encaminaban los piratas, pidieron socorro al Gobernador, quien envió setenta infantes y cien indios, mientras se preparaba un doble refuerzo para ir en su auxilio.
Nuevamente, el año 1680, aparece asolando nuestras costas el “caballero”. Granmont de la Mote, a quien su coterráneo Depons no tiene inconveniente en apellidar de “ilustre”. En mayo de dicho año desembarcó en Ia Blanquilla, al norte de Margarita, y de allí envió dos barcos a la Tierra. Firme en persecución de piraguas para la jornada de La Guaira, y se retiró a Los Roques, en busca de más seguro abrigo. En seguida los barcos regresaron, conduciendo siete piraguas capturadas en el Golfo de Paria, las cuales fueron arma, das en guerra. El 15, Granmont revistó a los vasallos del Rey que comandaba por comisión del Gobernador de la Tortuga, y eligió ciento ochenta de ellos para que le acompañasen en .la nueva empresa, que habría de llenar de gloria a la nación en cuyo nombre obraban. El 26, media hora antes de amanecido, desembarcó al este de La Guaira, donde tuvo algunas bajas, pero con la gente que le quedaba en pie marchó en orden militar y con banderas desplegadas a la toma del puerto. Doblegada la pequeña resistencia que le pre-sentó el primer fuerte, tomó posesión de él e izó sobre su torre la bandera qué protegía sus audaces hazañas. Con vivas a Luis el Gran.de, patrón de la jornada, azuzó el entusiasmo de su gente para la toma del segundo frente, en el cual apresado el Castellano don Cipriano de Alberró. El pirata permaneció en La Guaira hasta el día 28, cuando, teniendo noticias de que dos mil hombres de Caracas bajaban por el cerro a su castigo, y después de incendiar los fuertes, seis mil flechas y cuatrocientos mosquetes, destemplar la pólvora y apresar ciento cincuenta criollos, entre ellos al propio Castellano, mandó levar anclas y hacer rumbo hacia la isla de Las Aves, no sin haber entregado antes el comando de la expedición al Capitán Pain, por hallarse herido de una flecha en el cuello, que parece ser la única parte vulnerable que tenía este feroz destructor. “Nuestra gente”, dice una probanza de la época, mató muchos de los enemigos y hizo huir a espaldas vueltas y embarcarse”.
En 1682 los; franceses ocuparon la Isla de Trinidad, y desde ella despacharon gente al Orinoco, de cuyas bocas se hicieron dueños, y .aunque no granjearon botín .apreciable, lograron reducir a prisión .al Gobernador, que se hallaba en sus aguas. En esta empresa los franceses, al igual de los holandeses, tuvieran el eficaz apoyo de los .rebeldes caribes, enemigos de la vida civil del español.
Por septiembre de 1686, el litoral guaireño rué sorprendido por la presencia de cinco naves de alto bordo y de varias fragatas que amenazaban con atacar las poblaciones. Organizada la defensa conveniente, los corsarios se reembarcaron, después de haber cometido solamente pequeños robos en la costa.
Con fecha 21 de junio de 1693 comunicaba al Rey el capitán General y Gobernador de Mérida de Maracaibo, don José Serdeño Monzón, parte de las operaciones ejecutadas con motivo de haberse anunciado la presencia en la Barra de seis embarcaciones enemigas que acechaban la ocasión de entrar en el Lago, sin que tengamos noticia de lo que hubiera sucedido posteriormente. Tanto en esta oportunidad, como en .las pasadas, la ciudad de Trujillo se aprestó a enviar' auxilios de guerra y la flor de sus capitanes en resguardo de: Gibraltar y Maracaibo, y el Rey dirigió, como en ocasiones anteriores, Real Cédula de reconocimiento por el patriótico servicio hecho por los trujillanos.
En febrero je 1696, tres naves corsarias francesas surgieron en la rada de La Guaira, apresar .a una patache Que se hallaba en Sus aguas y después de matar al Capitán, huyeron con ella, sin dar tiempo a que llegasen ,las fuerzas que había alistado el Gobernador Berroterán.
Los asaltos anotados, claro Que no fueron los únicos que realizaron Ios piratas en nuestras cosas. Apenas nos hemos detenido, por medio de este pesado y fastidioso recuento, en juntar el nombre de los más célebres bandoleros y en recordar las empresas de mayor cuantía. El pirata, como ser anónimo y aterrador, llena los anales coloniales. Uno que iba, otro que venía, su presencia en las; aguas era saludada con horror por los amenazados pobladores, y en los papeles públicos, si no aparecer., sus nombres nefastos, queda el recuerdo cuotidiano del anuncio del “enemigas”, cómo en la melancólica balada de Senta del drama wagnenano, los habitantes de nuestras playas desguarnecidas, debieron de exclamar con voz atribulada
¿Visteis correr un barco por el mar?
Los mástiles son negros, las Velas encarnadas...
¡Guay, los aparejos!
i Guay, cual silba el aire
Ellos fueron en nuestras playas los representantes-, de las culturas anti españolas. Las naciones que utilizaron sus bárbaros servicios, no res escatimaron honores después del éxito de las fieras jornadas: Morgan tuvo título de Gobernador de Jamaica y Granmont fue Teniente del Rey en la parte francesa de la Isla de santo Domingo. A John Hawink, iniciador del comercio de esclavos, la Corte inglesa premió con titulo de Caballero y le concedió derecho de poner en su escudo de “Nobleza” un negro encadenado. Su Obra destructora en nuestro territorio sirvió, en cambio, ge martillo para templar el espíritu de los criollos y para abrir sentidos de cooperación a las ciudades. A la voz de “corsario” los pueblos olvidaban el exclusivismo de sus tendencias y se aprestaba a engrosar las fuerzas que salían en auxilio de las ciudades amenazadas. De una a otra Gobernación marchaban los refuerzos: Venezuela cooperaba con Guayana; la Nueva Andalucía con Margarita; Venezuela con Maracaibo. ¡Lástima grande que el claro ejemplo antiguo no lo tornen las nuevas generaciones hispanoamericanas para luchar mancomunadamente contra el moderno filibusterismo!
Al cabo de prepararse militarmente, los pelotones se disciplinaran y la conciencia pública adquirió lineamientos firmes. En adelante, el vigor que los criollos lograron desarrollar a fuerza de tanta lucha, se. Enfrentó gloriosamente al enemigo. En 1703, 1739 Y 174:5. La Guaira supo resistir las armadas de Holanda e Inglaterra, y cuando el cómo doro inglés Knowels la atacó en 2 de marzo del último año citado, sus moradores, “en lugar de sobrecogerse en presencia de un enemigo tan poderoso y bien organizado, no hicieron sino disputarse el cumplimiento del deber”, y en las cartas militares que describen la heroica jornada, pudo hablarse de “la Gloriosa victoria que han conseguido las Armas de S. M. C., contra una Escuadra Británica, compuesta de 19 embarcaciones, en defensa de la plaza., de La Guaira”. Hasta la musa se empinó feliz para loar el triunfo, de nuestras armas, y describir cómo
La destreza se vio del artillero,
En defensa gloriosa acrisolada
La industria de los jefes y el esmero:
Entre surcos de espuma tumba helada
A los cuerpos ofrece aquélla; empero
Al grave peso de ocho mil amagos
Suple en cuatro hombres ésta sus estragos.
Venían a saquear nuestros tesoros y a robar las barras que los. Galeón es conducían a la Metrópoli. Buena intención rué destruir y no crear, mas sus actos ofrecieron a los criollos ocasión propicia para que aguzaran la conciencia cívica. Al choque de los aceros surgía la noción diferencial de la nacionalidad, y sobre el odio de las refriegas, .se lanzaba como símbolo de futuro el ideal de la patria nueva. Después, ese vigor y esa conciencia se enfrentarán con gloria y éxito contra la Metrópoli y su sistema absorbente, para estructurar el porvenir en el mundo de Ia Libertad y la Democracia.
Aunque nuestras riquezas menguaran y a pesar de que la marcha de las ciudades se detuviese, el fue parte a contribuir al desarrollo del hondo sentido de cooperación que reclamaban, como elemento esencial, las comunidades coloniales, Cual quiera se atrevería, considerando las ventajas derivadas de sus ataques, a elevar un voto de gracia a las cultas naciones que patrocinaron sus empresas. Y muchos de nuestros modernos “hugonotes”, poderdantes de la barbarie de los españoles, se aprestarían a. elogiar la nobleza y la piedad de tan ilustres maestros de civismo, demérito semejante al de las hordas persas que obligaron a los anárquicos estados griegos a buscar la unión de sus recursos para la lucha común contra el bárbaro invasor. En el panteón de nuestras glorías su recuerdo está llamado a perpetuarse negativamente, a manera del bloque de mármol que Darío hizo transportar a la Hélade para esculpir un trofeo de su deseada victoria Y en cual Agorácrito labró una estatua sarcástica de Némesis.

NOVENO TAPIZ
Aquí se pinta cómo se desarrolló la instrucción en la época colonial.
ENTRE los más graves yerros de cuantos han sostenido los viejos historiadores de Venezuela, y muchos de los modernos, figura como el mayor, y acaso como el de consecuencias más funestas en la obra de agrietar nuestro suelo histórico, aquel que hasta fecha reciente había erigido en artículo inconmovible de fe, la ignorancia colonial. Para declarar “la noche fatal” que antecedió a la evolución subitánea determinada por el milagroso germen enciclopedista, era necesario apagar todas las luces, del mismo modo como en los teatros se hace la obscuridad para que alcancen mayor efecto los trucos de los prestidigitadores. Porque la explicación de nuestro proceso evolutivo tiene en verdad, conforme ha venido hasta ahora enseñándose, mucho de magia blanca, y hasta de magia infernal; y no se dan cuenta los mismos que hablan en nombre de un “sagrado patriotismo”, de que, con el efectismo de su criterio teatral, concluyen por convertir en títeres a los Padres de la Patria: como eran unos pobres ignorantes aquellos señores que venían de la Colonia atrás, claro que al proceder en sus actos como hombres en apariencia conscientes, debieron estar movidos por segunda mano, al igual de los muñecos de la farándula.
Quizá sea esta una de las mayores atrocidades cometidas por los historiadores románticos, enemigos, al explicar los hechos históricos, de toda razón de orden intelectual, y en cambio sobremanera propensos a las fórmulas sentimentalistas. Por supuesto que resulta más conducente a sus fines de pseudo-patriotismo, pintar cómo los colonos, que durante tres siglos sombríos estuvieron reducidos a la categoría de parias ignorantes, se empinaron de un salto en la escena histórica al conjuro de fórmulas mágicas traídas de allende el mar, que haber de presentar aquel cambio como el producto de un lento proceso de educación constructiva, desarrollado, según los recursos ordinarios de la época y el medio, al rescoldo del régimen político combatidos por los fundadores de la República.
Al estudiante de Historia Patria se ha venido diciendo que durante los años y coloniales no hubo ninguna manera de instrucción en nuestro país, y que la propia Universidad caraqueña, madre nutricia de la cultura criolla, fué apenas una especie de oratorio donde sólo se enseñaba latín para los rezos. Y qué otra cosa podrán enseñar al pobre estudiante textos entre cuyos capítulos se encuentran algunos encabezados, a manera de condena definitiva, más o menos en esta forma: “El atraso de la instrucción durante la Colonia”. Podrían ellos decir: “El estado de la instrucción en la Colonia”, pero faltarían entonces al fin destructor y a la consigna de su escuela sentenciosa.
Que la enseñanza no alcanzara durante el régimen español el desarrollo de programas que actualmente tiene, nadie habrá de negarlo; pero inferir de ello que estuviese atrasada en lo que dice a su tiempo y en relación al estado general de la institución, es tanto como asentar que los señores de la colonia vivieran a obscuras, por cuanto no existía alumbrado eléctrico en aquel entonces. Esto nos recuerda a cierto escritor de Historia que pone entre las causas que contribuyeron a la disolución de la vieja Colombia, la carencia de ferrocarriles y telégrafos. ¿Y por qué no incluir la aviación?
Quienes estudiaron la instrucción colonial para después negarla, no la vieron marchar porque no la vieron antes de marchar. Algunos, y entre ellos nada menos que don Arístides Rojas, ni siquiera se percataron de que era lo que se enseñaba, y no titubearon en decir, ¡y con qué seriedad hay aún quienes lo digan!, que cuando Felipe II dotó a la ciudad de Caracas de una Cátedra de Gramática, lo qué creó fue una clase de Castellano; sin darse cuenta, a pesar de sus humos renacentistas, que fué en la época de Erasmo cuando la enseñanza entre primaria y media, tomó, como consecuencia del auge de las Humanidades, el nombre genérico de Gramática; y la que comprendía el estudio de la Filosofía, el Latín, la Física, la Historia Natural, el Algebra, el Griego y la Retorica, recibió el nombre de Artes, con sus grados de Bachiller, Licenciado y Maestro. Por eso algunos que han oído llamar autodidacto a don Cristóbal Mendoza, .no tendrían inconveniente en creer que cuando este recibió en nuestra Universidad el grado de Maestro en Artes, lo que hacía no era concluir estudios filosóficos, sino finalizar una carrera industrial tal vez de carpintero o albañil, al igual de nuestros modernos Maestros de Obra, y que en consecuencia militarían razones a favor de quienes lo catalogan entre “los grandes incultos”.
Lo mismo pasa a quienes suponen que sólo se estudiaba Latín en las cátedras de Latinidad, Preceptiva en las llamadas de Retorica, y Filosofía en las de este nombre, sin advertir que, siguiendo la misma clasificación renacentista, las Cátedras o Cursos recibían por nombre el de la materia juzgada por principal entre las que se leían en ellos. Aun recientemente se llamo por la Ley “Curso Filosófico” el segundo tiempo de la Segunda Enseñanza, y nuestro actual título de Bachiller en Filosofía cubre estudios que distan mucho de caber en la estricta denominación de filosóficos. Las Escuelas de Primeras Letras no eran tampoco escuelas para estudiar entre vecinos la citolegía en el Catón de San Casiano, sino las materias elementales de la Instrucción Primaria: lectura, escritura, cuentas y religión. y qué decir del Latín de Mínimos y de Mayores, ¡el primero para los hijos de San Francisco de Paula (que no los hubo entre nosotros), y el segundo para los que hubieran llegado a los veintiún años!. Pues a estas peregrinas suposiciones se presta la interpretación, llamémosla fonética, de los vocablos con que se distinguían aquellos cursos, tan arbitraria como la de quienes hubiesen confundido al ilustre matemático doctor Eduardo Calcaño Sánchez, con los sobadores, llamados algebristas en aquel tiempo.
Si tales errores se cometen en la simple clasificación de los estudios, a qué inconsecuencias no se llegará en la apreciación general de la cultura de entonces. Sin hacer las requeridas diferenciaciones de espacio y de tiempo, nuestros viejos historiadores, cuyos asertos pesan fatalmente sobre algunos historiadores modernos, no vieron escuelas por cuanto las de la Colonia tenían programas diferentes a los actuales, y desecharon la eficacia de su enseñanza, por estar fundamentada en la más estricta disciplina religiosa. (Y quién dijera que este color religioso de la cultura colonial sea la causa de la acritud que contra nuestro pasado asumen ciertos escritores de feroz e inaplacable jacobinismo, olvidadizos de que “ninguna cualidad humana, como dice Leopardi, es ni menos valiosa ni menos tolerable que la intolerancia”).
Insistimos una vez más en que si bien es cierto que durante la Colonia no hubo un florecimiento salmantino de la cultura, ello no quiere decir que dejase de haber la cultura que era requerida. No llegó nuestra enseñanza a un verdadero momento “gótico”, pero tampoco puede decirse que lo por ella edificado, a pesar de ser rebelde el material e imperfectos los medios de labrarlo, careciese de orden propio a sostener una bóveda o una ojiva. Pudo soportar sobre sus muros nada menos que la fábrica de una República.
Desde los años iniciales de la conquista empezó en los Obispos la preocupación por la enseñanza. Era a ellos a quienes por el carácter de la institución y por la alteza del oficio, correspondía su iniciativa y vigilancia, y no a las autoridades seculares, entregadas a la dura tarea de pacificar y gobernar la tierra. Religiosa fué su cuna y perdurable su vitalidad al amparo de los muros de la Iglesia, al modo como “sobre las torres de los templos arrima su nido la cigüeña, y con lo sagrado asegura su sucesión”. El egregio Fray Pedro de Agreda no se limitó a enseñar personalmente Gramática y Latinidad, sino que procuró extender a las ciudades donde no residía de asiento, el beneficio de la enseñanza. A su celo cultural debió Trujillo el establecimiento de un estudio pasados cortos años de fundada la ciudad, y no siguió prestando los beneficios a que estaba destinando, debióse al hecho insólito de que los trujillanos hubieran de fuente ovejuna, pedido en 1576 su suspensión.
Apenas corridos unos lustros de la fundación de Caracas, el Cabildo la dotó de una escuela de Primeras Letras: y algunos frutos se habrían obtenido de ella, cuando pocos años más tarde la ciudad solicitó de Felipe II dotación de una Cátedra de Gramática, pues nada tan lógico como inferir la suficiencia de la enseñanza de primeras letras, del hecho cierto de buscar los cabildantes una enseñanza ya más avanzada.
El Rey no se redujo a hacer la dotación que los caraqueños le impetraron por mediación del Procurador Bolívar, sino que inmediatamente y motu proprio, despacho una Cédula al Obispo de Venezuela en que le rogaba la fundación de un Seminario, de conformidad con los Cánones de los Padres de Trento.
Al par de la enseñanza municipal de primeras letras, empezó a funcionar la Cátedra de Gramática, si no con la renta de indios vacos que le aplicó el Rey, al menos con la dotación que le acordaron los Regidores a su primer preceptor don Pedro de Arteaga. Y a pesar de algunas dolorosas interrupciones, debióse su continuidad y mayor protección real, al interés que por ella tomaron los Ilustrísimos Señores Obispos Alcega, Angulo y Bohórquez, hasta llevarla a tomar verdadero cuerpo de estudios secundarios bajo la regencia de los beneméritos preceptores Bartolomé de Navas Becerra, Francisco Sánchez Badajoz, Juan de Hoyo, Francisco Sánchez Maldonado, Andrés Álvarez, Marcos de Sobremonte, Diego de la Carrera Gaspar Margullón de Matos, Francisco de Ubierna y Juan de Heredia, quien la desempeñaba cuando su incorporación al Seminario en 1673.
Como hemos dicho anteriormente, grave error de algunos escritores ha sido reducir el radio de la Cátedra de Gramática a sólo la enseñanza de la lengua materna. “Dentro de la Gramática, primera de las antiguas siete artes liberales, escribió nuestro ilustre colega el doctor Caracciolo Parra –especie de Colón en la obra de descubrir nuestra cultura colonial- se estudiaba no sólo la parte técnica o metódica, que trataba del idioma, sino también la exegética o histórica relacionada con el comentario de las obras literarias, fuerte principal del curso; amén naturalmente de la aritmética y cuenta necesarias para la vida social, algo de geografía, un poco de historia profana, y un mucho de historia sagrada y religión. Y no sería aventurado sostener que no existiendo más que una cátedra global de Gramática, la cual se repetía por cursos indefinidamente, sin distinción de mayores y menores, la enseñanza debió invadir, y no muy por encima, los dominios de la Retórica, y hasta llegar a las primeras nociones de la Dialéctica, según el programa que era universalmente admitido por entonces”.
Junto a la obra cultural de las escuelas públicas de primeras letras y de la cátedra caraqueña de Gramática los conventos y hospicios tenían abiertos sus claustros para la educación general. En Caracas las casas de Franciscanos, Dominicos y Mercedarios mantenían estudios de Teología, Moral y Filosofía, “con diez Cátedras de calidad Universitaria a cargos de venezolanos en su mayor parte”, más cuatro de Latinidad divididas en sus correspondientes cursos de Retórica y Gramática y de manera indefectible, escuelas de Primeras Letras. Y al igual de las casas conventuales de Caracas, las de Valencia, Coro, Barquisimeto, El Tocuyo, Guanare, Carora, Trujillo, Maracaibo, Mérida, Cumaná, Margarita y Barcelona, abrían sus aulas a la enseñanza general de los criollos.
Antes de que llegara en 1605 a la ciudad de Caracas el preceptor Juan de Ortiz Gobantes, en quien el cabildo proveyó la Cátedra de Gramática, dicho maestro había mantenido estudios abiertos en las ciudades de la Paz de Trujillo y Nueva Segovia de Barquisimeto, y si de una manera directa no consta el funcionamiento en las ciudades del interior de escuelas de instrucción primaria durante el siglo XVII, del registro de matrículas del Seminario de Santa Rosa se deduce su existencia, por cuanto a él venían a estudiar segunda enseñanza jóvenes preparados en la primaria en sus respectivas localidades. Demás de esto basta leer las distintas clases de expedientes instruidos en aquella época, para advertir que los testigos que en ellos deponían, sabían firmar en su mayor parte, y consultar los libros capitulares y los de la Real Hacienda, para comprobar que los Oficiales Reales y los Regidores poseían suficiente instrucción para el debido desempeño de sus funciones públicas.
En Maracaibo por el año de 1682 dirigía un curso secular de Gramática el Preceptor trujillano Lcdo. Juan Díaz de Benavides. Y con el establecimiento en dicha ciudad de la Compañía de Jesús, por 1731, se dieron pasos para la instalación de estudios secundarios fuera de los conventos. En 1753 ya funcionaba a cargo de los Padres Jesuitas una Cátedra de Gramática, y más tarde el Rey concedió Cédula a favor de dicha Orden para la fundación de un colegio en aquella ciudad, igual al que la ilustre compañía tuvo en Mérida desde 1628 hasta su extinción en 1767. El ayuntamiento caraqueño, compenetrado de la falta que constituía para el porvenir de la juventud la no consolidación del comenzado Colegio de Jesuitas en esta ciudad, pidió al Rey la erección, con las rentas de aquél, de un Colegio de Nobles.
La cédula Real de 1592 por la cual Felipe II encargo al Obispo de Venezuela la fundación de un Colegio Seminario, quedo sin cumplimiento durante muchos años, debido a las largas vacantes episcopales y al hecho de hallarse la Silla en la Ciudad de Coro y los Obispos de asiento en Caracas. Realizada en 1637 la traslación oficial de aquélla a la cabeza de la Gobernación, fué el primero en avocarse a su fundación el Ilustrísimo Señor Fray Mauro de Tovar, detenido en tan laudable empeño por el terremoto que asolo la ciudad de Caracas en 11 de junio de 1641.
La tardanza del Ilustrísimo Señor Briseño en hacerse cargo de la silla episcopal y su permanencia hasta la muerte en la ciudad de Trujillo, fueron parte a que la instalación de dicho centro no pudiera efectuarse sino en 1673, con la venida del Ilustrísimo Señor Fray Antonio González de Acuña. Este benemérito Prelado de Indias, cuya fama de hombre de letras lo había hecho merecedor de la confianza de la propia corte española, quien le nombró Procurador de la causa de beatificación del Santo Rey Fernando, ni siquiera espero a que se borrase de sus sandalias la huella salina de la nave que lo condujo a estas tierras afortunadas, para entregarse a la obra del Seminario. Adquirió una casa por la cantidad de seis mil ochocientos pesos, y una vez, concluidas en ella las reformas más urgentes, procedió de acuerdo con el Gobernador Orejón Gastón, a erigir en 9 de octubre de 1673 dicho Instituto, el cual puso bajo el patrocinio de la virgen americana Santa Rosa de Santa María, de cuya canonización le fué encomendada la procura por su nativa Provincia dominica de San Juan Bautista del Perú.
Su Ilustrísima hizo concurrir para la erección del Colegio al Deán y Cabildo y al Clero, quienes designaron por su parte los consiliarios, que en unión de los nombrados por el Obispo, constituyeron Consejo; con cuyo parecer mandó el Señor González de Acuña que “de todas las rentas y réditos eclesiásticos, comenzando de la mesa episcopal y capitular, beneficios curados y simples capellanías, hospitales y cofradías y de todos aquellos frutos y rentas que por cualesquier maneras fuesen y se llamasen réditos eclesiásticos”, se tomase para formar la renta del Colegio el tres por ciento cada año, bajo pena de excomunión mayor: todo de conformidad con lo ordenado por el sacro Concilio de Trento.
El rectorado se confió por el Obispo al ilustre sacerdote coreano don Juan Fernández de Ortiz, prueba irrefutable de que ya en aquel tiempo los criollos habían logrado suficientes letras. La Cátedra de Artes se encomendó al Pbro. Pedro Lozano del Valle, la de Teología de Prima al Br. don José Melero y la de Gramática al caraqueño don Juan de Heredia Carvallo.
La ausencia de Caracas que por entonces hubo de hacer el benemérito pontífice, fué causa de que decayese tan importante obra; mas no se detuvo en esta creación el celo del señor González de Acuña por el progreso de las letras: conminó a los padres de familia para que enviasen sus hijos, desde el uso de razón hasta los veinte años, a las escuelas de primeras letras, y autorizo a los Profesores para que recabasen en su auxilio la ayuda de las autoridades seculares. Por boca del egregio Prelado hablaba la Iglesia en aquel “obscuro” siglo, y con palabras precisas y rotundas se hacía obligatoria la primera enseñanza, mucho antes de que así la declarasen la Ley de Colombia de 1826 y el zarandeado Decreto regenerador de 1870. Con razón decía el Sabio que no hay nada nuevo bajo el sol. ¡Qué ha de haber!
Dotó también el Señor González de Acuña de una Preceptoría de Gramática al puerto de La Guaira, indicio de que allí andaba bien la enseñanza de primeras letras: y nombró algunos maestros para las Escuelas de Caracas.
La consolidación de la empresa del gran prelado límense llena de gloria el recuerdo de su inmediato sucesor, Ilustrísimo Señor don Diego de Baños y Sotomayor, a quien se debieron las primeras Constituciones y la conjunta organización de las Cátedras de Gramática, Retórica, Latinidad, Elocuencia, Artes y ambas Teologías. La obra de 1696 fundamentó de manera perdurable el Colegio Seminario, del cual salieron los profesores criollos que regentaron las clases de la Real y Pontificia Universidad, erigida por Inocencio XIII y Felipe V sobre aquella robusta armazón docente. El 11 de agosto de 1725, en la Capilla del Seminario y con la presencia del Ilustrísimo Señor don Juan Escalona y Calatayud, Obispo de Caracas y eje de la nueva reforma, se instaló nuestro primer Instituto Científico, con sus Facultades de Teología, Cánones, Derecho y Artes. Una nueva época empieza para nuestra ya empinada cultura criolla. De la Universidad saldrán, unas tras otras, las generaciones que orientarán la conciencia vigilante de la nueva nacionalidad y que irán a los pueblos de las distintas Gobernaciones a avivar el sentimiento de la nueva Patria.
¿Qué se enseñaba en nuestra vieja casa universitaria de Caracas? He aquí otra de las cuestiones pésimamente tratadas por los críticos hasta la hora presente. No pudiendo negar la existencia de la Universidad, cosa tan difícil como negar la propia Plaza Bolívar, declararon que ella sólo estuvo destinada a repetir las fórmulas anquilosadas del Peripato y a preparar elementos para las filas del sacerdocio. Persona de las dotes de don Rafael María Baralt, quien tan de cerca vió las generaciones que venían de la Colonia, no paró mientes en decir, cuando estudió la cultura colonial, que “los nombres de Locke, de Bacon, de Galileo, de Descartes, de Newton, de Leibnitz jamás se oyeron pronunciar en las escuelas de América hasta muy entrado el siglo XIX”. Y si esto dijo Baralt, ¿qué no habrán dicho sus copistas?. En cambio, una obra aparecida en estos últimos años, fruto de profunda investigación y de maduro discurso, vino a probar con datos recogidos en el copioso archivo de nuestra Universidad Central, lo descabalado del elegante historiador al lanzar su macabra sentencia. El docto Caracciolo Parra, en la magistral obra “Filosofía Universitaria Venezolana” (cuyo explicit final podría repetir, a manera de legítimo trofeo, la sentencia horaciana: “Si tenéis en vuestras manos algo mejor, mostrádmelo, y si no, someteos”), probó con saciedad de noticias cómo los nombres de Descartes, Malebranche, Spinoza, Leibnitz, Wolf, Berkeley, Locke, Condillac, Destutt-Tracy, Hartley y Lamarck, fueron familiares a los estudiantes de la vieja Universidad Real y Pontificia, y cómo es incierto, desde todo punto de vista, que la enseñanza académica estuviese alejada de la orientación que las ciencias tomaban en los Institutos europeos. El debate entre la falsedad de la antigua historia y la verdad de los hechos, está abierto en la actualidad, y corresponde a las nuevas generaciones dictaminar sobre lo temerario de la pseudo-historia que funda sus conclusiones en estribos aéreos cimentados sobre un abismo. Ante las conclusiones de la crítica presente, la varita mágica no sirve siquiera para batuta y la generación espontánea se convierte en siembra de voluntaria tenacidad.
Si hubo, contra todo lo hasta ahora dicho, una fuerte corriente cultural, que no sólo se detuvo, como en anchos remansos, en la Universidad y en el seminario de Santa Rosa y en las facultades que funcionaban en las casas conventuales. La acción de los particulares y de los gobiernos locales fue buena parte a que la enseñanza se extendiese en todo el territorio que formó la Gran Capitanía de Venezuela. Y no se crea, como han pretendido sostenerlo algunos historialistas, que la enseñanza se limitase a sola la clase llamada noble. Muy por lo contrario, los mismos que integraban este sector social pusieron los medios a su alcance para que ella diluyese y el común del pueblo fuera beneficiado con sus frutos. También las autoridades cuidaron de que los indígenas aprovechasen tales recursos. “En cada año y en cada pueblo -decía el Gobernador de Cumaná en 1783- se ha de hacer una sementera de maíz, algodón y tabaco para el pago del Maestro de Escuela, que había en algunos y debía ponerse en todos”, y si de tal manera obraba dicho Gobernador, en igual forma debieron hacerlo las demás autoridades, por cuanto dicha medida había sido acordada en Real Cédula, fecha en San Lorenzo a 5 de noviembre de 1782, cuyo es el siguiente mandamiento: “Que se persuada a los padres de familia por los medios más suaves, y sin usar de coacción, envíen sus hijos a dichas Escuelas”.
Que no las hubiera en la medida hoy deseada, ello se explica por la pobreza de los Propios de las ciudades y por lo exiguo de las Cejas Reales; y que no sepamos de la vida de muchas escuelas, lejos de ser razón para negar su existencia, palpada indirectamente por sus frutos, (¡por sus frutos los conoceréis!), sólo sirve para indicar lo poco que se ha investigado en las respectivas localidades, en orden a fomentar esta clase de estudios.
Los anales de las Misiones y Doctrinas comprueban la acción civilizadora de los frailes y los curas, extremada a veces como en el caso del Padre Juan de Heredia Carvallo, quien no satisfecho con enseñar primeras letras a los indios de la Doctrina de la Victoria, se dedicó en 1691 a iniciarlos en Gramática y en Filosofía, como lo comprueba el hecho de haber denunciado el Gobernador de Venezuela tan peregrina enseñanza, que ponía a los indios “en mayor precipicio para sus horrores” de idolatría. Prudencialmente el Rey, en Cédula de 30 de diciembre de 1695, dispuso que la enseñanza en las Doctrinas se redujese a leer, escribir y contar, y si acaso fuere posible un poco de Gramática.
Por 1775 informaba Fray Benito de la Garriga, Prefecto de las Misiones de Capuchinos de Guayana, acerca de la existencia en los pueblos de Caroní, San Francisco Altagracia, Capapiri, Yucuarí, San Antonio y El Palmar, de telares, escuela de leer y aun escuela de música.
En 1711 don Manuel Centurión, ilustre cuanto combatido Gobernador de Guayana, levantaba en Angostura una hermosa casa “para estudios y educación de la juventud, que por su construcción además del hermoso sitio en que está fundada, no sé que la tenga mejor la ciudad de Caracas”, según informaba nada menos que un fraile de la Orden de San Francisco, con la cual había estado en litis el progresista magistrado, casa ésta que aún hoy sirve para el fin a que fué destinada por Centurión, pues en ella funciona el Liceo de aquella ciudad.
En Barquisimeto, Carora, El Tocuyo y Barinas, al igual de otras ciudades del interior, funcionaban escuelas públicas de primeras letras y aun colegios de segunda enseñanza. En 1782 el Rey Carlos III creó en la ciudad de Cumaná una Cátedra de Filosofía y Teología Moral, a más de la de Latinidad y Elocuencia que existía desde el año 1759, con dotación de las Cajas Reales. En San Felipe existían Hospicios de regulares de las Órdenes de Santo Domingo y San Francisco, con el fin de tener maestros para la enseñanza de los niños. En 1789 el doctor Pedro Manuel Yepes fundó y dotó en la ciudad de El Tocuyo una Cátedra de Gramática Latina y en Coro el Rey había dispuesto la dotación de un curso de Latinidad.
En 1768 se libró una Real Cédula a favor de la creación del Colegio de Niñas Educandas de Caracas, para pobres huérfanas. Obra en que el tesón del ilustre Padre Simón Malpica, logró ver cristalizados los viejos deseos de doña Josefa de Ponte y Liendo y del Ilustrísimo Señor de Baños y Sotomayor.
Pobre en lo general fué la enseñanza pública de la mujer en aquellos tiempos, y pobre lo era también en la Península y en toda Europa. Su vida alternaba entre el templo y los cuidados del hogar, pues vigente estaba la sentencia del Rey Fernando a su hija Doña Urraca:
…que las nobles mujeres
Entre paredes se pasan.
Título honroso, aun en concepto civil, era consagrarse al servicio de Dios en beaterios y conventos, a los cuales también concurrían, acompañadas de sus hayas, señoritas de calidad, deseosas de aprender letras, bordados, canto y labores de cocina. Pero a pesar de esta exigua cultura exterior, generalizada, en forma anónima y privada a través del país, según lo comprueba el hecho de que supieran escribir, mal que bien, damas de humilde posición, como la madre del General Páez; a pesar de ello, repetimos, nuestras abuelas fueron disciplinadas en el severo cumplimiento de los deberes sociales. Su radio era el hogar, y para cuidarlo fueron educadas. Ellas tornaron a nuestros antecesores. Ellas amamantaron y educaron a los Padres de la Patria y con tales actos “pudieron ser Historia, pudieron ser sino y futuro”, según la plástica expresión de Spengler. Ellas supieron, también, en los primeros años de la Colonia, enfrentarse a los piratas y a los indios; y en el fragor de la lucha separatista, su larga cabellera al aire fué muchas veces como noble bandera de heroísmo. Para cumplir su misión histórica no necesitaron saber que la suma de los ángulos de un triángulo es igual a dos rectos, e infelices ignorantes resultarían del cotejo que hiciéramos entre su aptitud cultural y la sabihondez de no pocas mujeres modernas, duchas en hacer versos y en dirigir un coche, y sabias en cosméticos y en doctrinas médicas. Apenas Vidas de Santos leían nuestras abuelas, mientras entre sus actuales congéneres, las hay que hoy diseñan ante un modelo adánico y mañana aconsejan la “esterilización”, como medio idóneo para realizar la libertad de sus actos. Comparadas muchas de estas graciosas “criaturillas” modernas, que dictan conferencias y dirigen la política de sus deudos, y que llegan en su desenfado a menospreciar a los hombres que aún procuran enriquecer con hijos a la Patria, alcanzamos la sorpresa de que mientras aquellas ignorantes e infelices damas representaban todo el vigor histórico y natural la de su sexo, muchas de las modernas tipifican una nueva raza, enclenque y degenerada en lo moral, que podría denominarse gineidea, impropia para acunar en sus brazos, ásperos por los afeites, las nuevas generaciones de la Patria. Sin que se entienda que nosotros negamos los derechos de la mujer a compartir con los hombres, por medio de una lógica disciplina, el comando del mundo de la cultura.
La larga visita pastoral del Ilustrísimo Señor Mariano Martí (1771–1784) marca la trayectoria de un intenso impulso cultural. Cátedras de Gramática y Escuelas de Primeras Letras fué dejando a su paso por el territorio de la antigua Diócesis de Venezuela este egregio Prelado, y no es aventurado suponer que iguales creaciones realizara cuando visitó los Anexos Ultramarinos del Obispado de Puerto Rico, antes de ser promovido a la Silla de Caracas. La recia figura de Martí aún reclama de la justicia nacional el tributo debido a la grandiosa labor civilizadora que realizó en nuestra Patria.
Llegado a la nueva Diócesis de Mérida de Maracaibo el Ilustrísimo Señor Fray Juan de Ramos de Lora, se empeñó de inmediato en la obra de instrucción pública. En 1786 se dirigió al Cabildo de Trujillo y le pidió la perpetuación de la escuela de Primeras Letras, que junto con una Cátedra de Gramática había fundado el Ilustrísimo Señor Martí. El Cabildo trujillano se aprestó a dotar, con renta sobre los Propios, dicho instituto, destinado a la enseñanza de “niños blancos y plebeyos”.
En 1790 el mismo ilustre Prelado dió fundación al Seminario de San Buenaventura, en la ciudad de Mérida, base de la actual Universidad andina, y cinco años más tarde Carlos IV favorecía al nuevo Instituto con la gracia de Estudios generales, o sea autorización para leer cursos superiores, pero reservado el conferimiento de los grados a la Universidad de Caracas. Funcionaron en virtud de tal concesión Cátedras de Artes, Derecho Canónico y civil, Teología y Latinidad; y alentados el Cabildo sede vacante y la Junta de Estudios por el progreso del plantel, pidieron al Rey en 1800 que lo elevara al rango de Universidad, mas se detuvo la voluntad regia “propensa ya a conceder esta gracia, porque se formó duda sobre si (la fundación) sería más conveniente en Mérida que en Maracaibo”. No obstó, sin embargo, al proyecto la oposición de los maracaiberos, de suyo justificada por cuanto en la ciudad del Lago el antiguo Colegio de Jesuitas había creado una viva inclinación a los estudios; ni fué óbice suficiente el contrario informe del Claustro caraqueño, pues Carlos IV terminó por conceder en 18 de junio de 1806 facultad al Seminario para el otorgamiento de grados mayores y menores en Filosofía, Teología, y Cánones, reservando los de Derecho Civil a las Universidades de Caracas y Santa Fe.
Estas mercedes del Rey para la enseñanza emeritense han sido, sin embargo, citadas de la manera más arbitraria y lamentable. En el fragor de la lucha separatista y durante algunos años después, algunos “patriotas” (cuyos “nietos espirituales” aún repiten las falacias de los progenitores), con el fin de exaltar el sentimiento pro Independencia, procuraron por todos los medios disponibles alentar el odio contra la Madre Patria, sin sentir escrúpulos en exagerar hasta la saciedad los defectos de que adolecía el antiguo régimen, ni detenerse en la invención de argumentos verdaderamente atroces. Entre los de esta última laya figura la tan traída y llevada frase, dicha de Carlos IV, según la cual este pobre monarca, por lo demás de memoria nada grata, declaró que “no convenía a la Corona que se ilustrasen los americanos”. Tan estupenda declaración ha sido citada por la mayoría de los historiadores que han escrito sobre la educación colonial, y claro que ella fué bastante a que se erigiese en sentencia inapelable el concepto de la sombría ignorancia en que España procuró mantener a sus colonias de Indias. Pero resulta que el señor Juan García del Río, si no al padre al menos padrino de la famosa frase, dice, junto con otras barbaridades, que ella fué estampada justamente en una de estas Cédulas en que el Rey aparece protegiendo la marcha del Seminario merideño: mientras dichas Cédulas no se tuvieron a mano, la sentencia fué ejecutoriada contra el régimen español, pero una vez que la restitución histórica (y aquí sería injusto olvidar a don Tulio Febres Cordero), ha comprobado que dichas Cédulas, muy por lo contrario, ponen de bulto una tendencia marcada a favorecer la enseñanza colonial, no ha quedado otro recurso sino convenir en la mala fe del señor García del Río, y a sus copistas parar mientes en aquello de que “aunque el decidor sea loco, el escuchador sea cuerdo”, según dicen las viejas tras el fuego.
¿Y por qué extrañar que muchos historiadores hubieran persistido en sostener los efectos aniquiladores de aquella estupenda declaración, al igual de los dichos de Baralt, Briceño y Briceño, Semple y Dauxión, sin darse a investigar previamente sus orígenes, cuando peores cosas se han hecho en orden a negar la cultura colonial? Aunque el ilustre Vargas reconoció al benemérito don Lorenzo Campins y Ballester como fundador de nuestros estudios médicos universitarios en 1763, y a pesar de haber recibido el mismo Vargas su grado de Doctor en Medicina en la Real y Pontificia Universidad caraqueña, aún hay quienes sostengan que el doctor Vargas fué el fundador de dichos estudios. Y lo peor de todo es que no milita ninguna confusión que justifique aparentemente tal yerro, como sucedió al examinando que, por haber confundido con el Hermoso al segundo Felipe, sostenía que era éste el padre de Carlos V. Peor resulta ahora: Vargas padre de la Facultad que le dió vida, y reo de incesto, aun más tenebroso que el de Edipo y Yocasta!
Y cuando se ha dicho, para comprobar la modernidad de la enseñanza universitaria, que el nombrado doctor Vargas desarrolló en sus tesis de grado el año de 1803 nada menos que las teorías transformistas de Lamarck, no ha faltado crítico que ante la imposibilidad de negar el hecho y persistiendo en desconocer la eficacia de las aulas caraqueñas, haya comentado que si tales conocimientos tuvo Vargas, hubo de adquirirlos fuera de la Cátedra universitaria, sin que para nada refluyan como mérito sobre la didaxia vernácula. Mas no advierten estos negadores que las tesis, antes de ser sostenidas por los graduandos, eran autorizadas por los profesores de la Universidad con quienes se iban a discutir, y mal podían éstos dar el pase a cuestiones de que fueran ignorantes; y si dichas tesis no probasen siempre, al igual de lo que hoy sucede tanto en Caracas como en París, la suficiencia de los aspirantes, si demuestran la orientación de las doctrinas que tenían Cátedra en nuestro viejo y calumniado Instituto, única materia que interesa comprobar a los críticos de la cultura colonial.
Pero acontece a ciertos de estos críticos lo mismo que a los buscadores de milagros. Como no ven la aparición de los duendes que entre algazaras hubieran bajado de allende las nubes, libros, retortas, pupitres, cartas, máquinas, globos y demás útiles de enseñanza, ni consta en documentos oficiales, suscrito por Obispos y Gobernadores, que un día cualquiera los colonos hubieran amanecido provistos del don de lenguas y doctos en ciencias divinas y humanas, terminan por negar la cultura, para postergar su aparición hasta el día en que aquéllos hablaron lenguas del gobierno español. Estos investigadores cobran especial empeño en medrarlo todo de los milagros y las tormentas, y no alcanzan a mirar claro sino entre truenos y rayos. ¡Dios los haga santos! Imaginan la cultura como una violenta granizada, y no quieren convenir en que, muy por lo contrario, ella es producto de una paciente labor subterránea, al igual de cualesquier otras cosechas. Bien que de arriba venga la semilla, necesario es confiar, mientras llega la hora de la recolección, en la opacidad y anonimia de su destino transitorio.
Basta seguir el desarrollo de la enseñanza en general y de manera más detenida el curso de la instrucción que se daba en la Universidad y en las Facultades mantenidas en el silencio de los claustros, para librarnos de la sorpresa que ha llevado a muchos a buscar en causas extrañas a nuestro medio la explicación de nuestro fenómeno cultural. Nada tan baladí como el recurso de los contrabandos amparados por las sotanas de los clérigos, para justificar que los criollos conociesen autores no ortodoxos. Arranca él del supuesto de que tales autores estuviesen incluidos en los Índices expurgatorios, y de ignorar que sus doctrinas se exponían libremente en las cátedras españolas. De otra parte, especialmente en lo se refiere a enseñanzas de orden público, se hacen los ignorantes (parece mejor creerlo así) respecto a que la escuela jurídico-teológica española, venía propugnando desde el siglo XVI teorías gubernamentales afianzadas en la más justa noción de la soberanía popular. Olvidan los críticos que mientras Francia e Inglaterra, fieles a la teoría del derecho divino de los Reyes, condenaban a la hoguera los textos del gran Belarmino, por enseñar que “el poder público está todo en la masa social, en substratum, por cuanto este poder es de Derecho Divino, y no habiendo el Derecho Divino dado este poder a ningún particular, diólo a la masa”; y mientras la alegre Albión acogía satisfecha las teorías pseudo-teológicas de Roberto Filmer, propugnador “del absurdo ideal de la no resistencia a cualquier poder nacional”, en España, muy por lo contrario, las doctrinas de Vitoria, Soto, Bañes y Suárez, eran expuestas a ciencia y paciencia de los Príncipes, aunque ellas alentaran las aspiraciones populares, y se sentenciaba a penitencia pública por el Tribunal de la Inquisición a cierto clérigo que ante Felipe II predicó y sostuvo: que el Rey tenia poder absoluto sobre la persona y bienes de sus súbditos. Si bien es cierto que en nuestra Universidad no se enseñaron las teorías de Juan Jacobo Rousseau, combatido por las autoridades, como Marx por las de ahora, en cambio en ella penetró la influencia del inglés Locke, cuyo perfect freedom sirvió de raíz al contrato, tan social como a-social del Ginebrino, y ciertas otras teorías de allende los Pirineos, que eran enseñadas en los claustros de la Península.
Allí estaba la semilla, regada de fuerte lógica, que daría a su tiempo el fruto requerido. De los claustros universitarios salieron los idealistas que redactaron las fórmulas de nuestro derecho republicano, y de las escuelas de primeras letras, aquel sector popular que supo discurrir sobre la Independencia. Al leer papeles de aquel tiempo, sorprende cómo los alarifes caraqueños sabían escribir de su propia mano las relaciones de los gastos de las obras a ellos encomendadas, y cómo los sargentos podían estampar sus nombres en los recibos otorgados a los dueños de hatos que contribuían a la “ración del boa”, según frase del grandilocuente Eloy G. González.
No encontrarán escuelas quienes busquen en la Colonia institutos iguales a los presentes, pero tan escuelas serán para el fin que persigue la enseñanza, las que bajo la dirección de modernos normalistas funcionan hoy en Caracas, como el humilde plantel que en nuestros abrasadores Llanos tiene por techo el abanico de una palma, a cuyo tronco se baten, movidos por los vientos, mapas y encerados.
Y aun mejores que estas ambulantes escuelas rústicas, fueron las que en los pueblos de Misión y de Doctrina regentaron, para enseñar a los indígenas, los abnegados religiosos, y edificios y rentas propias tuvieron innumerables planteles primarios, creados por iniciativa de los señores coloniales.
¿Que no hubiera imprentas en nuestras pobres Provincias? Tampoco las hubo en Atenas, ni en Alejandría, ni en Roma, ni en alta Edad Media, de prolífera matriz cultural. Bien que sea idóneos vehículos de expansión, parece que hicieran poca falta, pues más que expandir, el criollo necesita acumular, y acumuló por otros medios. Tampoco fué Caracas la última ciudad de América que tuviera imprenta en la Colonia, pues a Río de Janeiro llegó en 1808, y a Santiago de Chile en 1810. Para roturar la tierra nada mejor que los tractores mecánicos, pero puede servir, y aún sirve al mismo fin, el primitivo arado virgiliano. Menguado criterio el del economista que, lejos de valorar la producción de la tierra por la monta de los frutos recogidos, infiera sus cálculos de la posibilidad de los medios empleados para la recolección de las cosechas. En la crítica de nuestra cultura los argumentos no deben buscarse unilateralmente en sólo formas objetivas o realísticas, y cuadran más a nuestro fin las conclusiones de carácter, subjetivo. Que hubiera sido en extremo favorable la existencia de imprentas no quiere decir que, por no haberlas, los criollos fueran unos ignorantes, y más conducentes a la verdad resulta la medición y examen de su capacidad cultural por las huellas que se abultan en la Historia, que negar su existencia por la falta de “medios materiales” que la fomentasen, aunque entre éstos figuran, en grado eminente, ricas librerías, ora de los claustros, ora de numerosos particulares. Sin termómetro que “experimentalmente” los mida, el enfermo será susceptible de padecer altos estados febriles, y el médico capaz de comprobarlos!
Otro lamentable error cometen los críticos al no hacer la debida comparación entre el estado de la enseñanza en los demás países y el que alcanzo entre nosotros, para discernir, de acuerdo con nuestros recursos, el grado de su desarrollo. Olvidan también ciertos Jeremías de la estadística, el carácter de la instrucción en general: en la monta de sus cálculos no incluyen los centros educacionistas de los frailes, y enemigos irreconciliables de los conventos, no reparan en que éstos ofrecieron en las ciudades favorecidas por su existencia, muchas veces por obligación contraída con el Cabildo, el contingente de sus escuelas gratuitas de primeras letras, no para mantuanos, sino para el común del pueblo.
Cuando don Andrés Bello tomó matrícula como cursante en la Real y Pontificia Universidad, ya había estudiado en el Convento de Padres Mercedarios tanto latín como para ser el mejor alumno. Sin embargo, Bello, a pesar de su aprendizaje conventual y de los estudios de Artes, Jurisprudencia y un de Medicina, hechos en la Universidad, ha sido presentado como un auto disciplinador de su ignorancia. ¿Bello, producto de la instrucción colonial? He aquí una pregunta para la cual no hallan respuesta más adecuada los críticos demoledores que la zarandeada autodidaxia, especie de argumentum baculinum con que defienden sus negaciones de la cultura colonial. Pero aunque se empeñen en probar que fué en Londres donde adquirió el caudal de conocimientos que hace gigante su nombre en la cultura americana, habrán de convenir que a Londres fué como compañero de Bolívar y de López Méndez, no para que estudiase, sino por lo que ya había estudiado. ¡No faltaba más! Asesor del gobierno independiente en sus primeros pasos diplomáticos, mal podía serlo un simple aficionado a Virgilio y a Horacio, y que en Londres anchara sus conocimientos, no desdice de su anterior cultura, y muy por lo contrario, indica una preparación suficiente que le permitió captar cuanto estuvo al alcance de su vasto ingenio. Y aumenta el concepto de que es acreedora la versación por Bello alcanzada en el ambiente colonial, la simple consideración de que èl no fué un fogoso conjurado, y que bastantes nexos tenía con el Gobierno español a cuyo servicio estuvo como Oficial Mayor de la Capitanía General. Se le escogió, no para premiar méritos de rebelde, sino para lucrar la República que se esbozaba, con sus aciertos y pericia. Quien se detenga a contemplar la figura del Bello venezolano, expresión admirable de la cultura de su época, llegará a la conclusión de que sus brazos en cruz serían buen puente para borrar el hiato o abismo que los historiadores románticos pretenden introducir entre la Colonia y la República. Y la cruz de los brazos serviría a la vez para definir el carácter cristiano y católico de aquella calumniada cultura.
Una historia de nuestra enseñanza que omita tales datos y que haga valer como genuino únicamente lo que lleve sello de protesta y marcada inclinación contra todo lo que envuelva carácter religioso, estamos seguros de que habrá de chocar a toda persona inteligente, aunque odie y queme iglesias y conventos. ¡Hasta el mismo don Manuel Azaña hubiera declarado la falsedad de tales historias! Por lo contrario, a cada paso que demos en el estudio de nuestra Instrucción Pública, habremos de tropezar con la influencia religiosa de la Colonia. La República ha erigido Universidades y ha abierto cátedras de Instrucción Superior en distintas ciudades del país. Unas y otras han desaparecido, y sólo permanecen, después de tantos años, las Universidades de Caracas y Mérida. ¿Se han detenido alguna vez los críticos ante el significado que alcanza para la interpretación de nuestro fenómenos cultural, el hecho de que sólo hayan podido perdurar las Universidades que tomaron fundamento en la tradición didáctica de los Seminarios coloniales, constituido en mayorazgo espiritual que aquéllas han sabido perpetuar?
Si flaca pareciere la prueba directa que la crítica presenta a favor de la enseñanza colonial, ninguna tan robusta como la que la honrada lógica infiere al considerar el estado cultural de Venezuela en los albores del siglo XIX. Haciendo a un lado el expediente de la generación espontánea, sólo admitida por los agricultores para explicar la mala yerba, y el transformismo del caso mitológico de Eco, feliz para tornar en hombres robustos y formales a minúsculas hormigas, y apartados aún más del recurso mágico de la filosofía revolucionaria venida de Francia, por cuanto no es de suponer que Picornell y Campomanes tuviesen el poder de infundir, como nuevos Paráclitos, el don de ciencia a los torpes colonos, habremos de convenir en que aquellos hombres eran producto de una lenta forja en el seno del antiguo régimen de enseñanza. ¿De dónde salieron los varones monolíticos que se llamaron Bello, Vargas, Miguel José Sanz, Cristóbal Mendoza, José Ignacio Briceño, José Luis Ramos, José Ángel Álamo, Antonio Nicolás Briceño, Juan Germán Roscio, el Padre Ávila, Felipe Fermín Paúl, Vicente Tejera, Andrés Narvarte, Domingo Briceño y Briceño, Francisco Javier Yánez, Ramón Ignacio Méndez, Luis Ignacio Mendoza y tantos y tantos que forman nuestro ilustre procerato cívico?
La mejor generación de la República venía de atrás, de las “tinieblas” coloniales, y si ella se presentó en el plano del tiempo portando en la robusta diestra antorcha refulgente, necesario es proclamar que no fué noche aquel calumniado período, y que los actores que sobre empinado coturno representaron en el teatro de la Historia la escena perdurable de nuestra Independencia política, ni eran movidos por hilos de farsa, ni repetían lánguidos dictados de apuntador, sino discurso de viril contextura aprendido en las severas aulas coloniales. Y aunque lo quieran los historialistas románticos, al pie de sus efigies sería impropia la sátira de Horacio:
…os mueven cual sus figuras
mueven los titiriteros.

DECIMO TAPIZ
Aquí se pinta cómo las personas que ejercieron la autoridad colonial no fueron señores de horca y cuchillo.
HA sido una verdadera lástima que nuestras historias populares se hayan detenido más de lo necesario en ciertas descripciones del pasado. Las crueldades de Juan de Carvajal, pormenorizadas en todos los manuales destinados al aprendizaje escolar de la Historia Patria, son buena parte para que los niños miren a tal Gobernador como prototipo de las autoridades coloniales, y a muchos resulta fácil aceptar que todos los Gobernadores tenían a sus órdenes esclavos encargados de cortar cabezas, cuando no se hallaban en perpetua correría como Alfinger y Spira. Esta sombría visión de decapitaciones y el continuo correr la tierra en busca de peligrosas aventuras, ponen como un sangriento ribete de crueldad y de incertidumbre en el panorama histórico y cierra la mente para la comprensión de la obra cultural realizada por las autoridades coloniales. A los escolares se enseñan como piezas espantosas en nuestros Museos, grilletes y barras de data colonial, sin percatarse de que, para curarles de espantos, debiera el cicerone explicar cómo esas modestas piezas de tormento llegaron a crecer durante el curso de la República hasta tomar proporciones leviatánicas. En cambio, cuando se ahonda un poco en la investigación de nuestro pasado, aparecen aquellos magistrados vestidos de distintos arreos y subordinados a normas legales que no les permitían los excesos a que se dieron ciertos conquistadores. Que algunos, muy pocos en verdad, figuren en nuestros anales como verdaderos energúmenos, cosa es que no debería espantar a los críticos, sobre todo si se considera que su número es demasiado reducido al lado de quienes se comportaron como verdaderos constructores de República. Si hubo una Carvajal y un Cañas y Merino, que se condujeron como verdaderos demonios (¡y bien que hizo el primero en acabar con los Welser!), en cambio sus fechorías quedan anuladas por la acción civilizadora de Juan de Pimentel, Diego Osorio, Piña Ludueña, Sancho Alquiza, García Girón, Meneses y Padilla, Fernández de Fuenmayor, Porres y Toledo, Pedro de Brizuela, Sancho Fernández de Angulo, José Ramírez de Arellano, Carlos de Sucre, el Conde de la Jerena, Fernández de Guzmán, el Marqués de San Felipe y Santiago, Espinoza de los Monteros, Juan Luis Camarena, Manuel Centurión, Felipe Ricardo, Solano y otros tantos que rigieron las distintas Provincias que en 1777 entraron a formar la Gran Capitanía General de Venezuela.
Que muchas veces los Gobernadores hicieran mal uso de la regia autoridad a ellos confiada, es cosa que, por lo humano y corriente, ni a los mismos españoles de entonces sorprendió, y a nosotros menos; para evitarlo, las Leyes de Indias erigieron la amenaza inflexible de los Juicios de Residencia, especie de tamiz a cuyo través eran cernidas las acciones del Gobernador y de las personas que habían ejercido autoridad durante su término político.
Apenas llegado a la cabeza de la Gobernación el Juez encargado de residenciar las viejas autoridades, era anunciado por voz del pregonero el comienzo del proceso. Desde los albores de la conquista, la Reales Audiencias de Santa Fe y Santo Domingo, en cuyos Distritos judiciales caían las Provincias que hoy integran nuestra Patria, enviaron a su debido tiempo estos terribles emisarios, que a menudo fueron los gobernadores nuevamente nombrados. El Juez se trasladaba al interior de la Provincia, o comisionaba la residencia de sus funcionarios a delegados especiales, y al Tribunal acudían todas las personas interesadas, para exponer sin apremios y con entera libertad, los hechos de que se querellaban contra los viejos mandatarios.
Copiosísimos procesos, vestido con toda la casuística foral española, llenan los anaqueles de nuestro Archivo General, mientras otros se hallan en los propios Archivos de Sevilla; y ellos son prueba irrecusable de que en aquel período, por mucho tildado de esclavitud, no sólo hubo una constante propensión a hacer justicia, sino justicia efectiva; y si fueran leídos por quienes dicen que las Leyes de Indias pasaron el Atlántico sólo para hacer violadas, estamos seguros de que oiríamos verdaderas retractaciones. ¡Cuidado que sí!
No fueron aquellas Residencias simulacros de juicios para absolver las regias autoridades, como podrían entender algunos escépticos anti-españolistas y bien experimentados políticos de ahora. Todo lo contrario, aun muertos los individuos (y esto ya era demasiado), el proceso se instauraba contra su sombra misma, y la pena recaía sobre los legítimos herederos: la viuda del Gobernador Gedler y Calatayud hubo de pagar a las Cajas Reales veintiocho mil pesos a que fué condenado su difunto esposo; y nadie podía ser elegido para cargo alguno, si no había sufrido la expurgación residencial respecto a oficios anteriormente desempeñados.
El tiempo que duraba el proceso era como un verdadero periodo de penitencia pública, o como un juicio final abreviado. Con las buenas, las malas obras iban apareciendo de boca de los testigos sobre el tapete del Juez, y agotados los de cargo, la parte interesada aprovechaba el plenario para defenderse con declaraciones de nuevos testigos, de lo que en veces sólo era calumnia por rencillas personales. Todas las injusticias de las viejas autoridades iban cayendo sobre sus personas a manera de lluvia de plomo, y aquellos jueces, que debían tener muy bien puesta la cabeza para no perderla en la baraúnda de tanto litigio, terminaban por dictar con soberana libertad su fallo tremebundo sobre grandes y pequeños. ¡Y qué fallos!
A más del temor de la irremisible Residencia, los Gobernadores tuvieron la continua amenaza de las apelaciones interpuestas ante la Audiencia respectiva y ante el Consejo de Indias, cuerpo éste del cual dijo el francés Depons: “No hay en Europa ejemplo de un tribunal cuyas decisiones hayan sido durante tres siglos tan sabias y luminosas como las que ha dictado y dicta todavía el Consejo de Indias. En su largo ejercicio ni siquiera la calumnia se ha atrevido a imputarle el más mínimo acto sospechoso de prevención, de ignorancia o de favor”.
Y sobre estas circunstancias disciplinarias, que contribuían a mantener en cierta línea de equilibrio legal de conducta de los gobernantes, la selección que se hacía en el nombramiento de ellos fué motivo poderoso para que su presencia al frente de los destinos de estos pueblos no fuera tan de menos como se piensa. Los estudios de Terrero y de Sucre sobre los Gobernadores de la Provincia de Venezuela, y lo de Ramos Martínez y Duarte Level acerca de las autoridades de Cumaná Guayana, respectivamente, ofrecen el desfile de eminentes repúblicos, que pusieron especial empeño en mejorar las condiciones de dichas Provincias, ora en el orden material, ora en lo económico y político; y nadie, después de leerlos, sería osado a negar que los nombres de Diego Osorio, Berroterán, Centurión, Solano y tantos otros, merecen recordarse entre los de los más ilustres servidores de la Patria. Aunque no fueran ni “ilustres” ni americanos.
Como hasta el presente nuestras historias populares no han intentado ofrecer al público la verdad de nuestro pasado, el recuento de la época colonial y de sus autoridades ha estado reducido a un ligero esbozo, en que sólo aparecen con colores llamativos hechos en sí insignificantes como factores de evolución histórica. El Rey Miguel y su oscura compañera Guiomar, son personajes sumamente familiares a los estudiantes de Historia Patria, y sin embargo, el famoso negro no representa nada en nuestra vida social, aunque los vecinos de Barquisimeto se hubieran empeñado en presentar su reducción como un hecho de transcendencia, y a pesar de que algún poeta nacional haya dicho que
trazó la línea del derecho a un mundo.
No diremos nosotros que el mejor modo de comprender nuestra Historia sea leyéndola al revés, aunque tal procedimiento lo recomienden buenos críticos, pero sí creemos bastante conducente a obtener la verdad de ciertos hechos, leer lo que no está escrito aún, o aquellos que los historiadores han dejado exprofeso de escribir. La razón de la preferencia por esta historia en blanco, que podríamos llamar en potencia, consiste que sus hechos son extremadamente veraces, por no haber sufrido ninguna manera de adulteración.
Por lo que respecta a algunos personajes que aparecen abultados en nuestros manuales de Historia, puede decirse que por lo regular son inferiores a aquellos que dicha historias no nombran, o apenas nombran a la ligera (Pablo Collado y el Marqués del Valle de Santiago, por ejemplo). Es necesario recurrir a los archivos y a las monografías desprovistas de popularidad, para encontrar los verdaderos elementos de nuestra Historia y poder con ellos reconstruir las figuras que, a consecuencia de la imperfección de los papeles que han venido representando, sufren de atrofia o amorfía de la personalidad. Quizá resulte una verdadera labor de cirugía plástica, muchas veces de un refinado arte dermotómico, la reconstrucción de ciertos personajes, pero necesaria de todo punto para poder darles una justa posición en la perspectiva histórica. ¡Aquí sí nos la ganan los cirujanos!
Si a cualesquiera de nuestros estudiantes de Historia se le pidiese un dato sintético de la personalidad de don Vicente Emparan, no titubearía en presentarlo tambaleante en el momento de ser derrocado por el dedo “canónico” de Madariaga; y mientras la figura del Capitán General se iría achicando cada vez más, el índice del Canónigo resultaría de proporciones gigantes en la pintura animada que se hiciera de aquel acto memorable. Claro que al novel lector resulta de una delicadísima inconsistencia este Gobernador renunciante, y en cambio de una temeridad sin medida la actitud del atrabiliario sacerdote, por cuanto él no piensa, ya que los métodos de estudiar Historia no le obligan a que piense en ello, que si Madariaga se atrevió a mover el dedo y don Vicente Emparan selló con la frase nostálgica y candorosa de su renuncia el término gubernamental, fué porque ambos tenían la convicción de que al Gobernador no obedecían los veteranos, comprometidos con los conjurados que alentaban el movimiento de autonomía; y que fué debido a no contar con ellos por lo que Emparan recurrió, como a argumento desesperante y mínimum eligendum, a consultar la voluntad del pueblo. Ahondando en la psiquis de este Gobernador, llegamos a la fácil conclusión de que, lejos de ser un ante pusilánime, supo con gran presencia de ánimo revestir su derrota de un aparato hasta democrático, que hubo de agradar a sus mismos enemigos, dispuestos enseguida a embarcarlo sano y salvo hacia mejores playas. ¡Quién sabe dónde habría quedado la cabeza de don Vicente si no hubiera tenido el aplomo requerido para salir de aquel peligroso laberinto!...
Lo que pasa con Emparan, sucede en sentido contrario con la mayoría de quienes representaron la autoridad regia en nuestra Patria. El pueblo no ha sabido ver en los Gobernadores personas medidas por el común de los cristianos, sino siniestras criaturas propias a gobernar esclavos a punta de látigo y hoscos carceleros dispuestos a remachar grilletes a los pobres colonos. Y el concepto tiene abundancia de razones donde estribar: si aquel período fué solamente como la presencia en las tablas de un coro quejumbroso de esclavos, nada más natural de suponer que las autoridades fueran, no ya cómplices, sino corifeos de la espantosa hecatombe que mantenía las quejas. ¡No podrían ser otra cosa!..
Y aquí aparece comprobada la necesidad de estudiar la historia en blanco, empezando por echar al olvido gran parte de la historia oficial. Bien que sea harto difícil prescindir de un siglo de leyenda histórica, sin embargo es necesario limpiar el terreno a fin de prepararlo para la nueva siembra. Sobre todo hay urgencia de quemar la cizaña brotada por “generación espontánea” ¡Y no vendría mal quemar otras cosas!
Muchos creerán que nosotros estamos dispuestos a procurar la canonización de los cientos y tantos personajes a cuyo cargo estuvo el gobierno de las Provincias venezolanas hasta 1810, porque a este extremo llegan quienes sólo tienen dos términos para calificar a los hombres. Como hemos dicho que no eran monstruos, supondrán, por inversión, que los tengamos catalogados en las páginas de algún santoral, y no son tales opinantes capaces de comprender que así como aplaudimos sus progresistas iniciativas y sus medidas civilizadoras en el orden político, festejamos toto cortes, al igual de quien se tenga por el más ardiente patriota, la ausencia que hicieron de estos países, donde ya los criollos veían con verdadero fastidio autoridades tenidas justamente por intrusas.
La disparidad de los juicios formulados sobre las autoridades españolas tiene su origen en los diferentes modos de contemplar nuestro medievalismo criollo. Quienes vemos en la Colonia un proceso constructivo y no una era de destrucción, advertimos con claridad que las autoridades si estaban al frente de numerosos obreros que edificaban algo. Por lo contrario, los que, considerando reñida la comprensión colonial con los sentimientos republicanos, se empeñan en ver la Colonia como una época destructiva, sólo las contemplan armadas de cimitarras. Pero a éstos no ocurre pensar que serían demasiados tres siglos para destruir viento, y que, en cambio fueron suficientes para la labra de los estribos republicanos.
Y lo más curioso del caso es el propio origen del concepto destructor de la Colonia: no son los historiadores de hoy quienes lo han consagrado, apenas ellos repiten una frase inspirada por el odio de la lucha de Independencia. La misma clase social que se había alzado altanera durante la época colonial y de la cual formaban parte hombres que tuvieron a orgullo exhibir las ejecutorias de los abuelos españoles, fué la primera en decir que luchaba por los derechos que había cercenado la conquista. Nuestro egregio Triunviro, el ilustre don Cristóbal Mendoza, había levantado en Trujillo quince años antes de la Independencia, una extensa probanza encaminada a justificar el “entroncamiento de mi familia (son palabras suyas) con las primeras y principales que de Europa pasaron al descubrimiento, conquista y población de ente nuevo mundo”, y a poner de bulto si “me conocen a mí han conocido a mis ascendientes por personas de calidad y nobleza, gozando en todos los tiempos de los fueros y preeminencias de caballeros hidalgos ejecutoriados y como tales han ocupado y ocupa los primeros puestos de esta ciudad”. En las mismas condiciones de Mendoza estaban casi todos los próceres que se dieron, inclusive el Libertador, Urdaneta y Sucre, para citar los mayores, a vociferar contra la Colonia y contra su régimen destructor, sin advertir que ellos eran la Colonia misma, que se alzaba hacia una nueva forma política, capaz de ser soportada por los elementos formados en su seno. Ninguna prueba parece tan incierta como la que pretenden levantar los hijos acerca de la esterilidad de sus progenitores. Sin embargo, sobre tal incertidumbre y sobre tan falsa presunción de esterilidad, se ha construido durante un siglo la Historia de la Patria, y en sus altares inconsistentes ha creído depositar el patriotismo sus más nobles sacrificios.

UNDECIMO TAPÌZ

Aquí se pinta como la cultura se expandió sobre campos y sabanas.
Pocos son quienes piensan, cuando contemplan y admiran la fecundidad de nuestros campos, que en ellos perdura una huella viva y elocuente de la cultura colonial. No hablamos aquí de cultura artística o literaria, ni de formas político-sociales: nos referimos apenas a nuestro otrora opulenta agricultura y a nuestra abundante cría, la cultura agri de los latinos, que debiera ser fuente de perenne riqueza nacional y soporte de nuestra independencia económica.
Al revisar los anales de la conquista, los historiadores se detienen a ver sólo la diestra de los capitanes que pacificaron la tierra, acaso recordando el verso de Tirteo que dice ser la diestra mano la que ofende, y no advierten que mientras con ella blandían la bélica tizona, iban aventando con la otra mano, conforme a lo mandado por las regias capitulaciones, ricas semillas traídas de otros climas: “Os obligáis a llevar a dichas provincias veinte caballos y diez yeguas, veinte cabras, cincuenta ovejas y veinte puercas; llevareis además trigo, cebada y plantareis viñas y olivares”, ordenaba el Rey a Jerónimo de Aguayo en la carta de capitulación del gobierno de Arauca. Aunque fracasada la tentativa pacifica de colonización de los Padres Franciscos y Dominicos en las costas de Cumaná, subsistieron como recuerdo de su propósito civilizador. “higueras, parras, granados y otras diversas simientes (que) han respondido en producir muy mayor fruto que en España: higos y melones en todo el tiempo del año”. Desaparecida la ranchería que Alfinger mantuvo en la ribera del Lago de Maracaibo, quedaron, sin embargo, en la tierra deshabitada “grandes árboles de granados y parras de España que los españoles que allí residieron habían plantado y cultivado”.
Para adaptarse al nuevo marco físico, la sociedad cuyos cimientos echaba la conquista, necesitaba, como acción intermediaria, modificar la geografía botánica. El hombre se comunica con la tierra por los frutos que ésta ofrece de sustento, y la tierra, por medio de ellos, determina la propia orientación cultural de las sociedades. “La cultura misma es siempre vegetal”, dice Spengler, y como consecuencia de esta imborrable vislumbre originaria, se ha pretendido establecer un lazo directo entre sus formas superiores y el consumo de trigo; y reduciendo el sentido de la política a sólo el imperio de las fuerzas económicas, se sostiene que la potencialidad de los grandes pueblos, reside no en el número de sus recursos bélicos, sino en poder conservar repletos los graneros. Tan primaria es ésta noción vinculativa entre la naturaleza vegetal y el ser humano, que ciertos indígenas del occidente de África tienen por crimen igual al parricidio de la destrucción de un cocotero. Y genio de las proporciones de Beethoven no tuvo enfado en decir: “Amo más a un árbol que a un hombre”. ¡Si así pensaran quienes a la hora actual se empeñan en destruir nuestros bosques, aunque sea para sustituirlos por pintoresca urbanizaciones! Porque éstos tampoco destruyen los arboles mirando a mejorar a los hombres. Miran sólo al interés de sus particulares fortunas, así se amputen los pulmones de las ciudades.
Las tribus americanas se mantenían en un grado muy inferior con respecto a los nuevos señores, y no eran el maíz y la yuca el pan adecuado para el sustentamiento de la nueva sociedad, acostumbrada en la vieja patria a mejor clase de alimentos, así escasearan ellos en aquel siglo de hambre y de aventuras. El colono ensayó entonces cultivos nuevos y alteró con ellos la flora tropical. A la cabeza de los indios, desceñidas las armas guerreras y portando en la ruda mano la pacifica azada, el Capitán aparece como la encarnación del semidiós rústico que, armado del mástil de un arado, ayudó a los griegos de Maratón a devastar las falanges medas. Si ella fue expresión de lo que pudo aquel pueblo, amante del cultivo del campo hasta crear una verdadera sinonimia entre agricultor y patriota, acá es manera de heraldo que anuncia con voz cuyo eco perdura sin respuesta en la barbarie de la selva aun virgen, la necesidad de cultivar la tierra como basamento de independencia cívica y como garantía de libertad nacional. Bien sabía el fiero soldado, por propia experiencia en Flandes y en Italia,
que no hubiera un capitán,
sino hubiera un labrador.
Al concluir la dura empresa de aquietar a los indios, el conquistador, en estas latitudes de pobreza aurífera, hubo de trocarse en sencillo labrador y en pobre aldeano, con el indio roturó la tierra no para extraer los tesoros que contiene, sino para arrojar en su seno la semilla que ennoblece su fuerza productora. Juan de Guevara, pocos años corridos de la fundación de Caracas, invocaba ante el cabildo sus méritos guerreros como titulo bastante para que se le “hiciese merced de cuatro calces de tierra para sembrar trigo”. Esta raza altiva, que afinca en la reciedumbre de sus hechos el prestigio de su hoja de servicios, no vacila en doblarse, cual masa esclava, para educar al aborigen en las nuevas empresas agrícolas. Discípulos de Virgilio en el arte de sustituir por la azada la bélica rodela, ellos concretan bajo el ardiente sol tropical, el mismo símbolo esculpido en cierta piedra preciosa, del tiempo acaso de Catón o Cincinato, que enriqueció, como presagio papel, el tesoro de Urbano VIII: dos leves abejas tirando de un arado.
Y con el fiero conquistador que labra, transformándola, la tierra, el Misionero alterna en su labor evangelizante entre el campo y la capilla rústica. Su persuasión no se reduce a enseñar a los barbaros los caminos de la fe, e intenta convencerles de las necesidades del trabajo común que, sobre crear recursos materiales, fomenta la vida civil.
No fueron las serranías andinas las únicas que abrieron su fecunda entraña para recibir la semilla promisoria de pan apropiado a las necesidades de los nuevos señores de la tierra: Quíbor, El Tocuyo, Turmero y La Victoria vieron dorados sus valles y mesetas por la opima espiga, hasta bien entrada la República. Del valle de Caracas decía don Juan de Pimentel en 1583: “el trigo y cebada se coge ágora poco porque se comienza a sembrar: uvas sólo para comer”, y luego la ciudad traficaba en harina y biscocho con Margarita y Cartagena. ¡Harina y biscocho a Cartagena apenas promediado en el siglo XVI; hoy, cuando brilla nuestra pecaminosa riqueza minera, importamos, para pagar en oro, hasta las papas y frijoles que el mero indio cultivaba!
Como dato que indica la premura y diligencia que los colonos pusieron en el fomento de la agricultura y de la cría, podemos decir que en 1570 se exportaba por los puertos de Trujillo y Mérida grandes cantidades de harina. “Han salido ya navíos cargados de harina y biscocho y jamones y ajos y cordobanes y badanas y otras cosas”, decían los Alcaldes Argüelles y Párraga en su descripción de la Laguna de Maracaibo. Los mismos Alcaldes escriben de la Nueva Zamora: “se dan berenjenas y coles razonables y rábanos y pepinos y melones”. Y de los primeros años de la población de Margarita, refiere Castellanos:
Trujéronse de España variedades
De plantas con higueras y granados.
Demás de muchos frutos naturales
Que ella de suyo tiene principales.
Hay muchos higos, uvas y melones,
Dignísimos de ver mesa de reyes
Junto a los cultivos nuevos, de los cuales llegaron a ser principales el trigo y la caña, y más tarde el añil y el café, los criollos prosiguieron en el beneficio de los frutos aborígenes. El cacao y el tabaco, cuya aparición había trastornado a la buena sociedad de Europa, llegaron a figurar en gran escala, al igual del añil y del algodón entre los productos que exportaba la Colonia. Todavía queda el recuerdo en Madrid del buen cacao de Venezuela, y entre viejas tonadas que repiten apacibles claustros monjiles, se escucha el añorante estribillo:
¡Choooocoolate de Caracas!
¡Choooocoolate de mi vida!
Aun hay quienes nombren en ciudades europeas, con la misma nostalgia con que los poetas evocan los vinos del Falerno y Espoleto, el exquisito tabaco que exportaba la ciudad de Barinas durante todo el periodo colonial y después de la República, en aquellos buenos tiempos de la ciudad llanera, en que no se presumía el desbarajuste federal. Antes de1810, según datos de Codazzi, salían de nuestros puertos cada un año: ciento treinta mil fanegas de cacao, cuarenta mil pacas del algodón, un millón de libras de añil y ochenta mil quintales de café, arbusto éste cultivado desde 1730 en Guayana, desde antes de 1776 en la Cordillera y a partir 1783 en el valle de Caracas.
Al par de plantas, que en arraigando transformaron nuestra flora indígena, y de las cuales es bueno recordar entre otras que se callan, el ajo, el millo, la berza, el ajonjolí, el anís, el arroz, la coliflor, la cebolla, el granado, el durazno, la higuera, la espinaca, el garbanzo, la lechuga, el melón, el malangá, el nabo, el perejil, el plátano, el pepino, la parra, la fresa, el naranjo, el limonero, la berenjena, el membrillo, la albahaca, el ñongué, el quingombó, el rábano (muchas de éstas traídas por los esclavos de África), los españoles introdujeron, para atender las necesidades de la nueva sociedad, distintas maneras del ganado, que venían a sustituir en la economía alimenticia los animales salvajes, cuya caza fue industria de los indios. De Coro escribía Castellanos:
De ganados hay hoy los campos Llenos
Su carne por extremo provechosa,
Sabores ultimadamente buenos;
De cabras muchedumbres copiosas;
Paren a dos y tres, si más no menos;
Hay de caballos casta generosa,
Y la cercana sierra les da granos,
Si les falta por ser largo el verano.
Tanto había progresado la cría por aquellos tiempos en que en noticias referentes a El Tocuyo y Nueva Segovia datadas por 1553, se habla de haber en sus términos cosa de mil caballos y yeguas, sobre tres mil vacas de buena casta, ovejas hasta doce mil y harta muchedumbre de puercos y cabras.
En el mencionado informe del Gobernador Pimentel, se lee que por 1583 existían en la Provincia de Caracas: yeguas, vacas, puercos, burros, mulas, ovejas, cabras y perros. La musa del poeta-soldado encuentra también en la Isla de Margarita tema fecundo para sus octavas inacabables, y de ella dice:
Aunque los bosques tienen aspereza
Y espinas y escabrones a sus trechos,
Produce por allá naturaleza
Otras muchas maneras de provechos:
Caballos hay de suma ligereza,
No grandes, más trabados y bien hechos,
Y en todos los trabajos duran tanto
Que podría decir cosas de espanto.
Pronto nuestras pampas y sabanas se vieron cubiertas de grandes rebaños, y ya en el propio siglo XVI Francisco Ruiz y Diego Ruiz Vallejo hacían valer con meritorios servicios, la conducción de caballos, vacas y ovejas al Nuevo Reino de Granada, “para que oviese contratación de una gobernación a otra”. De Vallejo dice Castellanos:
Para poder sacar algún dinero
De cosas que la tierra producía;
E ya tenían en aquellos años
De ganados allí buenos rebaños.
Refiérese el poeta a El Tocuyo, por los años de 1548, después del fracaso de la primera expedición a la provincia de los cuycas y luego sigue:
Determinaron pues de hacer saca
A tierra de longuísima distancia,
Viendo que cabra, oveja, yegua, vaca,
Seria de grandísima ganancia,
Si por los llanos, acia Guayamaca,
Cortando por aquellas circunstancias
Se pudiese hallar algún entrada
A este nuevo reino de Granada.
En 1592 concedía permiso el Cabildo de Caracas para sacar mil cabezas de ganado vacuno para la región de los cumanagotos y en 1613 se vendían en el interior, bueyes a ocho pesos la yunta, mulas a quince, yeguas a dos, ganado menor a cuatro reales cabeza y lana a ocho reales la arroba.
El propio indio que había sentido pánico ante el avance de los fieros caballos de la conquista, inició luego el abigeato en los grandes hatos de los llanos. Imitando al vaquero zamorano, se sintió otro sobre el lomo desnudo de las bestias y supo entonces, sin que Anquises lo enseñara que “esos mismos caballos se acostumbraban a arrastrar un carro y a llevar uncido al yugo acorde frenos”.
Una capa de cultura orgánica cubría el suelo de la patria y lo capacitaba para que en el desarrollara la nueva vida civil. A la casa salvaje del aborigen sin “hábitat” fijo sucede la cría de animales domésticos que ofrecen fácil alimento y contribuyen a fomentar la riqueza de la tierra. El mestizo y el negro esclavo trasportados a los Llanos, adquieren, con el indio puro, hábitos de criadores e inician el nomadismo pastoril, que constituye el fondo de la vida de nuestras pampas, donde terminan por aparecer, de la mezcla de las distintas razas, tipos que, luchando con las influencias telúricas tienen su progenie más en Córdoba y Castilla que en el viejo solar tropical. Y mientras el llanero cante en actitud de soberbia hombría.
Sobre la yerba, la palma;
sobre la palma, los cielos;
sobre mi caballo, yo;
y sobre yo, mi sombrero,
en el fondo de su voz vibrara el metal altivo de los abuelos peninsulares, sostenido sobre las notas de instrumentos musicales que recuerdan la común prosapia hispana: el cuatro llanero, derivación de la guitarra española, “individualista, integral, sintética”; y el arpa rustica que, con su sabor agreste, conserva la misma tonalidad diatónica del arpa del seiscientos.
Cuando se sigue a través de los anales de los siglos XVI y XVII la evolución de la agricultura y de la cría aparece en extremos exagerado el titulo de creadores de nuestra industria agrícola que don Arístides Rojas reserva para los vascos que vinieron en las embarcaciones de la compañía Guipuzcoana. Bien que ellos dieron impulso, para acrecentar sus proventos, a los cultivos de la tierra su acción organizadora a pesar de los discutidos beneficios que pudo presentar a la economía de la Colonia, no debe tomarse como la génesis de nuestra vida agrícola e industrial. Sobre falso, dicho aserto menoscaba la justicia histórica. De lo contrario mirando a su provecho, propendieron los vascos a intensificar los frutos exportables únicamente, y dejaron decaer, para importar harina, el cultivo del trigo. Grandes plantaciones y espesísimos rebaños se hallaban fundados desde época muy anterior a la compañía, y pueblos como San Sebastián de los Reyes habían adquirido de lueñe tiempo una vigorosa vitalidad industrial. Basta leer el informe de don Pedro Olavarriaga sobre el estado de la agricultura anterior de los vizcaínos.
Con la cría, en su sentido especulativo, y con el beneficio de la nueva agricultura, puede decirse que desde los pristinos días de la conquista, dio el español nueva fase a la productibilidad de nuestro suelo, y preparo con ellos las “formas” de nuestro mundo económico, que sirvieron de supedáneos a la propia organización de las clases coloniales, y que originaron las protestas mas tardes elevadas por los criollos contra sistemas que extorsionaban las explotaciones agro-comerciales.
La estepa herbácea y los templados valles y mesetas, mostraron, cuando aun las huestes conquistadores recorrían la tierra para apacentar a los indígenas, cultivos de estos desconocidos y animales que luego mejoraron sus propias condiciones de vida. El barro mismo adquirió nuevo destino en las manos del indio, cuando este troco por otros menesteres, cónsonos con el sentido de la nueva vida, la cerámica funeraria e idolátrica de su vieja afición. “Los indios hacen hormas de barro para azúcar, grandes y pequeñas donde se echa el melado y sirven en distintos usos”, dice la pesquisa secreta hecha a los indios de la encomienda de Mamo por el Gobernador Porres y Toledo. Las indias de las encomiendas de Trujillo labraban diariamente el algodón, y que ora se utilizaba, a la par de lana, en la confección de tejidos y de “alfombra de gran primor”, ora se enviaba a El Tocuyo para alimentar los telares que allí existían desde tiempos de Pérez de Tolosa.
Y cuando la República elimino de nuestra heráldica los viejos símbolos parlantes del antiguo dominio castellano, puso en los cuarteles del escudo patrio, junto con la espada castiza, y sin advertir la perdurabilidad del simbolismo hispano, dos otros emblemas que hablan directamente de la obra opulenta con que los colonos supieron formar nuestra riqueza territorial, fatalmente “devorada, como dice Luis Correa, por el incendio revolucionario”: un ágil caballo, defina prosapia andaluza, y un haz de áureas espigas, que recuerdan los primitivos trigales extremeños.

DUODECIMO TAPIZ
Aquí se pinta como los Padres de la Patria alegaron sus derechos con Argumentos propios.

EL surgimiento de las formas de la cultura colonial permiten contemplar, aun al observador de poca perspicacia, cómo la sociedad nueva se irguió hasta bañarse en la luz de la historia. Apartando todas las otras manifestaciones de plenitud que ofrece el estudio de nuestros anales, podemos convertir la observación a sólo el desarrollo de la intelectualidad criolla y al avance de la idea autárquica, que pugnó por su expansión en los cabildos, para explicar la génesis de la idea independiente.
La conciencia vigilante del criollo, lejos de haber permanecido en paz y quietud, como propugnan los sostenedores de que nuestra independencia fue un proceso manumitido, sintió, por lo contrario, en cada nueva ocasión con mayor ímpetu, el palpitar de su gravidez cívica. Al germen levantisco que insufló en los ayuntamientos la arrogancia del conquistador, se había unido la semilla de cultura con que obispos, frailes y curas hicieron fecunda el humus espiritual de la colonia representando no sólo por las clases superiores, sino también por ciertos sectores comunes hasta quienes había llegado la influencia de las letras.
El pueblo colonial, en plena dominación española, logró ejercer, aun de manera violenta, sus derechos sociales. Antes de que Juan Francisco de León encabezara en 1749 la conocida sublevación de Panaquire, habían realizado los criollos, de común acuerdo, ciertos actos encaminados a poner en guardia aquellos derechos. Entre dichos actos vale recordar la protesta de los gremios caraqueños contra la Real Cédula de 28 de agosto del 1733, que creaba nuevos arbitrios para atender a diferentes obras públicas, y a la cual alude Vallenilla Lanz en sus estudios sobre la Ciudad Colonial. No sólo resalta del examen de aquel proceso el grado de libertad de que el pueblo gozaba para mancomunarse en defensa de sus derechos inmanentes, sino la versación del mandatario don Pedro García de Segovia, a quien fue confiada la procura de los gremios ante el ayuntamiento encargado de cumplir el regio mandato. Junto al concepto imperativo del pueblo que clama contra disposiciones que lo someten a cargas injustificadas, aparece el alegato jurídico, revelador de la familiaridad del criollo con las teorías democráticas defendidas por la escuela española de teólogos y jurisperitos. No son palabras de un esclavo a no ser que se comprobase que la prole de Epíteto inmigrara en estas tierras, aquellas con que García de Segovia sostiene que: “para que las nuevas disposiciones, tributos y contribuciones sean justas y se tomen por tales, se requieren muchas condiciones: es necesario la pública utilidad y necesidad a juicio del vecindario, y que no haya de dónde socorrerlas; que las contribuciones y exacciones no deben ser demasiadas ni excesivas, sino proporcionadas a todos los que constituyen el cuerpo político de la república”. En el fondo, el alegato del procurador parece un escolio a la definición tomista de la ley.
El sentimiento autonómico, exasperado por las exacciones de los oficiales de la Guipuzcoana, no se limitó a las protestas armadas de León y de su hijo Nicolás. Distintas tentativas, en las cuales entraban más que todo las quejas contra el sistema tributario y contra el monopolio del comercio, se llevaron a cabo durante el siglo XVIII. Era el mundo de las formas económicas que, irguiéndose hacia nuevas relaciones culturales, pugnaban por una otra fisonomía que estuviese acorde con el ensanche de sus profundas actividades interiores. Más no se entienda, y dicho sea de paso, que España fuera la única potencia que reservara a su bandera el comercio de las colonias pues tan rígido como el español fué el sistema adoptado por Francia para sus dependencias de ultramar.
Una de aquellas tentativas la ha venido a revelar un expediente reservado que instruyo el obispo de Caracas en 1763, con ocasión de haber sido delatado al capellán de la Divina Pastora, un plan de rebelión que amparaba el Gobernador de Curazao y un rico comerciante judío de aquella Isla. Dicho plan se encaminaba a sublevar las provincias, con oferta de mejorar las condiciones del comercio, y a efecto de su realización se había enviado buena cantidad de armas y pólvora a la ciudad de Barcelona. Remitidos al Gobernador Solano la causa y los papeles interceptados, no hemos hallado noticias del final de aquella aventura.
El 25 de julio de 1781, sin ninguna resistencia, fue tomada la parroquia de Ejido de la ciudad de Mérida, por más de siete mil hombres armados de escopetas, armas blancas, flechas y hondas, y el 28 del mismo mes tres mil de ellos penetraron sin oposición a la ciudad de Mérida, y de allí dirigieron cartas a los cabildos de la ciudad de Barinas y Trujillo en que se invitaba a dichas poblaciones a sumarse al movimiento conocido en la Historia conocido con el nombre de Revolución de los Comuneros del Socorro, a la cual eran afectas la ciudad de la Grita y la Villa de San Cristóbal. La onda de la protesta había nacido en el Virreinato de Santa Fe, de cuyo distrito había formado parte de la Provincia de Mérida de Maracaibo, y se dirigía según las capitulaciones de los Comuneros “a que los americanos se han de emplear en las plazas de primera plana en ambas líneas. Que se quiten para siempre los Jueces de Residencia; que se modifiquen las medidas innatas; que se modifique el correo, papel sellado y Bulas; que se quiten las sisas, almojarifazgo, armada, etc.; que los bienes o rentas eclesiásticas no entren en cajas reales como está mandando; que los escribanos lleven menos derechos que los acostumbrados; que los oficios de república no se den a los españoles europeos sino en los casos de urgente necesidad; que el aguardiente se pregone y remate en el común; que la alcabala corra como antes en dos por ciento, meno en los víveres”. A pesar del programa de libertad, la rebelión hubo de detenerse en su marcha incruenta frente a la resistencia que le opusieron los capitulares de Trujillo, reunidos en la Mesa de Esnujaque y no dispuestos a proteger la invasión de su Distrito.
A estas manifestaciones que podríamos llamar orgánicas, y las cuales surgían con cierta espontaneidad de algunos sectores populares, se agregaron tanto el ejemplo altivo de las colonias inglesas con sus famosas declaraciones de derechos, como la propaganda revolucionaria, que tomaba aliento con el arribo de los emigrados afrancesados; pero éstos, a pesar del sugestivo idealismo que propagaban, no lograron contagiar la conciencia criolla de una manera categórica, como lo comprueban el fracaso de Picornell, Campomanes, Gual y España, la tentativa de los negros de Coro y las ilusorias sublevaciones de los pardos de Maracaibo.
Un otro factor de instigación revolucionaria lo representó don Francisco de Miranda, andariego sobre los mares en pos de la independencia de la patria. Pero el entusiasmo y la constancia del infatigable Precursor, culminaron con el fracaso de sus dos expediciones armadas, sin eco en la conciencia colectiva, por la fuerte oposición que le presentó el mantuanismo sabedor, según sutil observación de Gil Fortoul, de «que Miranda expedicionera con oro Ingles; que el resultado inmediato de la expedición sería la dominación de Inglaterra; y que con ella perderían los criollos su predominio oligárquico.
Si bien los afrancesados, en quienes bastante repercusión tenía el fuego de las prédicas mirandinas coincidían en su propósito autonómico con los mantuanos que representaban la conciencia político-económica de la colonia, fue buena parte a distanciarlos para la unificación de la obra cívica, la circunstancia, anotada por Gil Fortoul de que los llamados “nobles” procuraban antes que todo fortalecer y conservar la hegemonía que, como clase superior venían de antiguo representando. Frente a las ideas políticas que servían de bandera a la propaganda francesa se agitaba un ideario también político, pero de tendencia conservadora que se había formado a través de la vida cívico-cultural de la colonia; y para que aquellas ideas prosperasen era necesario que el tradicionalismo rompiese su vieja forma por medio de argumentos legales. El criollo persiguió antes que todo un cambio alotrópico en la sociedad colonial, y cuando supo la disolución de la Junta que mantenía en la Península los derechos de Fernando VII, recurrió al expediente del ayuntamiento de 1808, y llamó al Capitán General Emparan para constituir conjuntamente una Junta de Gobierno que asumiese la soberanía en nombre de Fernando.
Un sentimiento de lealtad al soberano disimuló el propósito autonómico de los criollos, y al amparo de esta “virtud política” se expandió el ímpetu subversivo, genuino en su ascendencia hispana y altanera como aquellos célebres Alcaldes que supieron exclamar:
Lo primero no es el Rey,
Señor mío, es la justicia.
Aquí se revela de manera ostensible al juicio inquisitivo una de las modalidades peculiares de la colonia: la coexistencia en el fondo de la vida social de hechos contradictorios y de fuerzas desacopladas que conducen indirectamente al mismo fin. En el desarrollo de sus instituciones no presidía una tendencia homogénea, sino la voluntad de fuerzas que chocando y uniéndose a la vez le daban un profundo matiz medieval junto al sistema de clases que pugnan por mayor prepotencia, se oye el ruido creciente de los esfuerzos igualitarios: al lado de los exclusivismos individualistas, se abultan los procesos de integración colectiva. La grandeza arquitectural de aquella época no reside en el orden y acomodo de las partes, sino en la desproporción de los elementos constructivos. Los sistemas parecen oponerse y los extractos sociales semejan que no resistiesen los muros del edificio. Pero al observar el conjunto la obra se admira como todos aquellos elementos desproporcionados seden parte del grandor de su estructura peculiar, para fundirse en un todo uniforme y armónico, que evoca el contraste que en los templos góticos forman las vidrieras iluminadas, donde entre lirios se esfuma una figura de ángel, y las horrendas quimeras que enfloran los soberbios capiteles en que se apoyan las nervaduras de los arcos.
El movimiento cívico de 19 de abril de 1810 no puede ser considerado como fruto de una propaganda anti-española; muy por el contrario debe afirmarse, como acertadamente dice el doctor Pedro Itriago Chacín, que “fue una gloria de España en Venezuela, sin que la de esta en nada se menoscabase, en el sentido de que fue un resurgimiento, una actuación de aquel espíritu hispano cuyas altiveces han asombrado la Historia”.
Sin embargo, muchos propugnan que en los sucesos del 19 de abril triunfaba un ideal revolucionario a los franceses; y cuando leyendo las actas de los pueblos que se aunaron al movimiento de Caracas han encontrado en ellas admirablemente definida la noción de soberanía popular, más se afianzan en la posible filiación gálica de los redactores de aquéllas.
No negaremos nosotros que cundieran en América la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, ni que fuera leído de algunos criollos el trajinado Contrato de Rousseau. Pero olvidan ciertos críticos que anteriormente a la expansión de aquel ideal revolucionario, la conciencia criolla había adquirido firmes lineamientos para la vida civil y que fueron las clases que mayor pujanza habían alcanzado bajo el antiguo régimen y los individuos que habían disciplinado su intelecto en las universidades y en los estudios conventuales, quienes dirigieron aquella incruenta evolución
Es cierto que en Francia algunos revolucionarios habían atacado la noción pseudo-teológica del derecho divino de los reyes; pero también es cierto. Que nadie se le opuso tanto como la escuela española, enseñada sin fines rebeldes en América. En su entraña palpitaban vigorosos, junto a la noción restricta del derecho regio que caracterizó a la legislación visigótica, tan claramente expresada en el romance de Bernardo del Carpio:
que en mermar las libertades
no tienen los reyes mando,
Aquellos principios sustentados en el Concilio de Trento por el insigne Laínez, de los primeros compañeros del gran Iñigo de Loyola: “La fuente de todo poder reside en la comunidad, quien lo comunica a las autoridades, sin que por esto se entienda que se despoje de él”. Y así enseñaban los maestros que al pueblo toca la soberanía por procedencia divina, y que es el pueblo quien la delega en el Rey o Emperador. “Reconozca también el príncipe la naturaleza de su potestad, y que no es tan suprema que no haya quedado alguna en el pueblo, el cual o la reservó al principio, o se la concedió después de la misma luz natural para defensa y conservación propia contra un príncipe notoriamente injusto y tirano”, enseña Saavedra Fajardo en “Las Empresas” que dedicó a la Majestad de Felipe IV. Dichos principios pueden decirse que informaron la propia pre-historia de las instituciones políticas de España, y fijos en la mentalidad arisca de sus hombres se hicieron sentencia en los versos calderonianos:
En lo que no es justa Ley
No ha de obedecer al Rey.
Aquellas doctrinas no vinieron a Venezuela entre los libros subrepticios de la Enciclopedia, y muy por lo contrario formaban la raíz de la cultura tradicionista que los criollos habían alcanzado en los estudios coloniales; por lo cual mal hacen quienes al verlas expuestas en la parte motiva de las actas de las ciudades que adhirieron a la revolución caraqueña, las tomen como un contra-eco de las declaraciones americanas o francesas. No advierten ellos que, como dice Duarte Level, “la influencia de la Revolución Francesa en Venezuela fue sumamente secundaria”. y que los argumentos invocados por los fundadores de la República eran fruto de madura preparación en el ambiente colonial. “Los hijos de América, escribe el argentino Ricardo Levene, han abrazado la independencia y la democracia impulsadas por los instintos de la raza e inspirándose en ideas hispánicas”.
Nada cuadra tanto en la vieja contextura del derecho regio, como las razones expuestas en el congreso constituyente por el doctor Francisco Javier Yanes, teólogo de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, en la sesión del 25 de junio. Basta leerlas para comprender cómo los ilustres fundadores de la República tomaban fuerza para su alegato separatista en la robusta armazón jurídica de España: “la prisión (de Fernando VII) por sí y por las consecuencias que de ellas se derivaron, decía el egregio patricio, produjeron la libertad e independencia de los Pueblos. Lo primero, porque las leyes del Reino sólo autorizan un Gobierno provisorio para los casos de minoridad o demencia del soberano, cuya excepción afirma una regla en contrario y convence que la disposición de la ley no debe interpretarse ni extenderse al caso de caer en cautiverio el Soberano ni otro semejante, y que en tal conflicto, la soberanía debía volver por un derecho de regresión al mismo Pueblo, de donde salió. Y lo segundo, porque la opinión de haber dejado acéfalo al Cuerpo político, se siguió de ella una invasión de los enemigos, la cual puso a los Pueblos en la necesidad de formar un Gobierno para repeler a los enemigos y establecer su felicidad, que son los objetos de las asociaciones políticas”. Y cuando el señor Peñalver, en la sesión del 3 de julio, sostenía ante el Cuerpo Soberano: “que los pueblos tienen un derecho para variar su Gobierno, cuando es tiránico, opresivo y contrario a los fines de su Institución, y que los Reyes no tienen otra autoridad que la conveniencia de los pueblos”, lejos de sostener doctrinas venidas de Francia, no hacía sino declarar una tesis del tratado aquinatense De Regimine Principum, piedra angular de las escuelas, que en vieja glosa castellana enseña:
Para afianzar la legitimidad del movimiento autonómico que desconoció el gobierno de la Regencia y depuso a las autoridades que representaban un orden tachado de afrancesamiento, si bien los conspiradores contaban con la adhesión de la tropa veterana, necesitaron valerse de la fuerza legal que les ofrecía el Cabildo, como portavoz de los derechos populares y guardián de los intereses públicos; por cuanto fue en su seno donde se había adelantado durante tres siglos la noción diferencial de la nacionalidad, acostumbrada ya a luchar contra los mismos representantes del Rey.
El 19 de abril y el 5 de Julio lejos de polarizar un sentimiento revolucionario imitativo, representan la culminación de un proceso intelectual que arranca su historicidad del fondo mismo de la vida colonial, y cuyos supedáneos eran, al par que la arrogancia de los Cabildos, la noción cultural nutridas en las aulas universitarias y conventuales, y el apogeo de las clases, concisa expresión de “la cultura en marcha”. Los historialistas que, por lo contrario, sustentan sus ilusivos conceptos de la Colonia sobre la literatura demoledora de la guerra y que apenas ven en aquel largo periodo una serie de actividades de mero orden servil, premisando sus conclusiones sobre hechos inexistentes, no hallan en consecuencia más razón para explicar aquel momento que la de una intensa propaganda de exóticas ideas de libertad.
Pero cuando se piensa que en aquellos años ya la conciencia criolla anhelante de prepotencia, había alcanzado su máxima altitud, y que la intelectualidad nativa contaba con legitima representación, resulta temerario desconocer el carácter orgánico-cultural, de hechos que medraron posibilidad. Histórica de fuerzas que la misma Colonia había sido capaz de producir.
Lejos de representar un hiato, o un salto sobre un abismo, la obra de los patricios de 1810 exprime, en tonos vigorosos, la continuidad intelectual de nuestra Historia en el panorama cósmico, y no la prístina aparición de un pueblo. Constituye además, y acaso sea ésta su fase menos estudiada, el momento supremo de la evolución de las clases coloniales. Los mantuanos hartos de su significación como clase superior a quien correspondía invigilar frente al absolutismo cesáreo, por el propio derecho de la nación, (que se hallaba “en forma” bajo el sistema social de que eran legítimo exponente), pugnaron por una nueva aptitud que los convirtiese en el Estado mismo; y al barroquismo semi-feudal en que se movía el orden político-económico de la colonia, sucedió con la Constitución republicana de 1811, un Estado burgués, cuyas riendas debían permanecer por razón de lógica, en manos de aquella antigua clase renunciante en parte de sus viejos privilegios y que, pocas horas antes de la declaración de independencia absoluta, no sabía a ciencia cierta qué partido tomar respecto de la suerte y condición de los pardos, quienes “confundieron la independencia con la libertad, la insubordinación y el libertinaje, pudiese(n) convertirse en daño nuestro los efectos de esta declaración”, según se expresaba el doctor Felipe Fermín Paúl. Aunque animados sus espíritus de nobles ideales igualitarios, alcanzaban a medir los patricios de 1811 las funestas consecuencias a que podrían conducir el nuevo régimen, llamado a luchar contra la propia organización social imperante, para lograr el establecimiento de una democracia armónica, a la cual quizá habría llegado la nueva República si no hubiera realizado la fatal subversión ocasionada por la Guerra a Muerte con su cortejo de desgracia.
Hubiera, si, podido llegarse, sin el desorden por la guerra provocado, al recto ideal democrático que informaba la mente del patriciado del año 11; por cuanto la verdadera democracia radica en el clásico concepto “proporción”, que Aristóteles reclamaba para el gobierno policrático, y no en la ascensión violenta a planos de disección política, de los representantes de las bajas capas sociales. Y como si fueran poco los efectos de la trasmutación ocasionada por la lucha de Independencia, la guerra federal pronunció más tarde, hasta su máximo extremo, y sin mayor fruto en la conquista social, el desacomodo de nuestras capas políticas; y creyendo perfeccionarla, dio carácter nominal a la forma democrática en la Constitución del 64 y preparó, en cambio, la autocracia del 70.
La paradoja de la democracia reside en la coexistencia de una “igualdad” de derecho que faculte a todos y a cada uno de los componentes de la comunidad para “desigualarse” de hecho y sin menoscabo del derecho de nadie, en el seno de las actividades ciudadanas; y no en el concepto plebeyo, corriente entre nosotros, de que ella sea la resultante de la fraternidad, endeble y momentánea, de garitos y campamentos o el violento descabezamiento de los hombres representativo de los valores históricos, con vigencia actual. Es decir, valores en función de realidad cultural. Iguales los ciudadanos para iniciar el vuelo de la órbita social y desigual según las aptitudes desarrolladas en las diarias disciplinas. Lo contrario sería trasmutar la propia noción igualitaria en una egoísta estabilidad retrogradante y suplantar el armonioso progreso político por el triunfo de una aplastante vulgaridad. La igualdad democrática no contradice las categorías culturales. Como si la pata de Calibán se irguiese, insolente, sobre la piedra milagrosa donde Ariel reclina, para soñar, la cabeza cargada de suaves pensamientos.
La democracia, en su concepción filosófica y humana, presupone para formar gobierno una rígida selección de los individuos a quien se confíe a la guarda de la cosa pública. Lincoln llegó a la Casa Blanca no en virtud de que las leyes de la Unión franqueasen a los leñadores de origen los puestos públicos sino por haber sabido elevarse en recia lucha con el medio, hasta la cumbre solitaria, reservada a los hombres superiores. Por ser uno entre estos y no por proceder de las bajas capas sociales, pudo aplastar, recto y sin violencias, a sus encarnizados enemigos; y pudo por ello también exhibirse ante su pueblo como un nuevo Washington, sonriente y taciturno, y ante el universo y la posteridad, como un verdadero amigo de los hombres. Porque la selección que desiguale las posibilidades individuales en el seno de una democracia proporcional y armónica, no será nunca óbice a que asciendan los pobres y los humildes, llamados, por el contrario, a ser victimas principales cuando las avenidas demagógicas asuelan las repúblicas.
Más que una revolución empujada por ásperos vientos de tempestad, el proceso que culminó con la declaratoria formal del congreso constituyente, “el primero, el más respetable y el más sabio que cuenta en Venezuela”, según escribía en 1851 el realista Level de Goda, debe considerarse como el resultado lento y consciente de una evolución alentada al suave impulso de brisas otoñales. Sus fundamentos se erguían sobre un supuesto intelectual que era producto de la vieja cultura, al par que sobre las propias líneas legales del antiguo régimen. Tal como lo expresa la mágica letra de nuestra canción de gloria:
La ley respetando
la virtud y honor.
El estudio de los nexos históricos que desde tiempos de Polibio explica los hechos no como obra del azar; sino como producto de una oculta causación concreta, obliga a los críticos de nuestro pasado a mirar a la génesis de la República independiente como el término de una lucha silenciosa que el tiempo había preparado, y no como revancha improvisada al soplo de alígenos doctrinas políticas. “En vano se querido establecer soluciones de continuidad entre la Colonia y la República, dice Vallenilla Lanz. Pues a poco de detenernos en nuestra constitución orgánica, encontramos los sólidos cimientos de aquel vasto edificio secular, sobre los cuales hemos continuado viviendo aún sin darnos cuenta”.
Cuando se examine nuestro pasado sin la pasión pseudo-patriótica que guía a algunos historiadores, utilizantes de la Historia en medro personal, y se observe la continuidad de la corriente cultural cargada de esperanzas, que terminó por reclamar horizontes más anchos para sus infinitas actividades, bien se verá la extremada puerilidad de los asertos con que se ha venido desviando para la comprensión histórica la propia conciencia nacional; y la Independencia como magistralmente dice Luis Correa, no será entonces sino un “incidente inevitable de la pujanza y crecimiento del Municipio que vuelve por sus fueros y sus justicias; y el alma aventurera, tenaz y enardecida de los conquistadores, reencarnan en las huestes capitaneadas por Bolívar”. No una antorcha que surge súbitamente en la noche de los tiempos, la idea autonómica que culmina en los sucesos memorables de los años 10 y 11 recuerda, por lo contrario, el paso violento, de mano en mano, de las teas sagradas con que los griegos festejaban a Prometeo y a Hefaestos.

DECIMO TERCER TAPIZ
Aquí se pinta cómo hasta los muebles J hablan de la cultura colonial
DE algunos años a esta parte se ha despertado cierto sentimentalismo colonial entre las clases cultas del País, y cosa corriente es encontrar hoy opulentas mansiones que lucen con orgullo ricos mobiliarios del Setecientos. A primera vista, dichas casas, con sus faroles antañones y sus vistosos artesonados, amén de odres y botijos centenarios y de graciosas hornacinas, dan la impresión de que mantuviesen, con la pátina del tiempo, las huellas de las graves pisadas de los viejos hidalgos que generaron la feliz estirpe. Pero si indagásemos la historia del costoso moblaje, encontraríamos frecuentemente que los floreros han sido recogidos acá y allá, de manos de humildes viejecitas, que los utilizaron como cosas de poco valor durante muchos años; que los botijos y los odres estuvieron en las cocinas de humildes lavanderas, y los “retablos” en el miserable dormitorio de unas ancianas manumisas, a quienes fueron donados por sus antiguas amas. Esto en cuanto a los muebles de legítima procedencia colonial, pues la mayor parte de ellos han sido labrados, a igual de las casas, por manos de artífices contemporáneos.
Junto con esta devoción por los objetos antiguos, ha aparecido otra, aún más curiosa y de verdadera inutilidad para la vida práctica, cuando con ella no se busca la explicación de nuestro fenómeno sociológico: la de las genealogías que intentan regresar a España. Puede decirse que hay un afán por hallar entronques con la cultura condenada, y que muchos se sienten felices por descender de algún hidalguillo colonial, así aparezca lleno de apremios en los juicios residenciales.
Pero todo esto, a pesar, como hemos dicho, de ser solo una simple manifestación sentimentalista, en la cual incurren hasta los mismos coloniófobos, viene a adquirir indirectamente un verdadero valor en la interpretación de nuestro fenómeno histórico. El odre que estuvo oculto en la casa de la lavandera es pieza que bien merece un capitulo en la historia de nuestro proceso social. Es como la historia misma de un periodo que clama por el descombramiento de sus fórmulas constructivas. A simple vista un odre utilizado en los menesteres domésticos de los señores de la Colonia no debería tomarse en cuenta cuando se trata de investigar la razón vital de nuestro pueblo, pero sucede a veces que los objetos de valor verdaderamente insignificante adquieren el sello diferencial de una cultura y sirven para orientar las pesquisas que se instauren en pos de hechos cuya existencia intentamos conocer a cabalidad. ¿Cómo fue a dar al callado tugurio que esconde su miseria bajo la fronda de los samanes del Catuche, el hermoso recipiente ventrudo, que acaso perteneció a la rica mansión de los Condes la Granja?. A nosotros nos ocurre pensar en el momento que el nuevo señor decretó su eliminación, para sustituirlo por una pieza en armonía con el progreso republicano del mismo modo como había arrumbado, para reemplazarlo por una cómoda-armario del Imperio, el hermoso bargueño donde los abuelos mantuvieron con religiosa devoción las ejecutorias de hidalguía. Pero el odre, como la cultura en general, hubo de mantenerse intacto, aunque menospreciado, en el fondo mismo del pueblo: por ser el más modesto y aprovechable de los enseres coloniales, bajo hasta las capas inferiores de la misma sociedad que lo desechaba, y siendo útil a la humilde maritornes, con ella permaneció hasta que una revaluación de la pasada moda lo llevó, entre frases laudatorias, a la rica mansión de los señores actuales.
Son hechos en realidad inconscientes, pero que suministran una aplastante evidencia al historiador. El capricho que mueve a nuestros contemporáneos para buscar como adornos preferentes para sus opulentos salones, los objetos decorativos de la Colonia, no pasa, claro que no, de construir un mero indicio de savoir vivre, como diría cualquier elegante a la moderna, pero a nosotros nos acontece ver la dicho capricho la manifestación de un retorno espontáneo hacia los símbolos de nuestra verdadera historia. Por lo menos hay un deseo ostensible de buscar algo suntuoso entre las formas que sepultó la tolvanera reaccionaria, y algo que, aunque menospreciado por las generaciones que nos son anteriores, es nuestro, o quizá lo único nuestro como expresión histórica de un sentido artístico y como un testimonio del propio temperamento creador del español. Vigoroso y áspero, éste supo dejar, como huella de leonina garra, su vigor y su aspereza en la ruda talla de los muebles que decoraron las mansiones de los ricos señores que en la Colonia se mantuvieron fieles a la tradición de rigidez y altanería de los hambrientos hidalgos peninsulares. Aunque en realidad lo importante no sea poseer vestigios españoles, sino ser vestigios de España, al modo como interesa a Francia e Inglaterra, según expresión de Chesterton, ser restos de Roma, más que poseer ruinas romanas. De mayor utilidad para nuestra acción individual o colectiva resulta la presencia en nuestros actos del ímpetu personal de los antecesores hispanos, que la reconstrucción “oficial” encomendada al dibujante Roura Oxandaberro, de algo que “fue” una viva expresión artística de nuestro pasado colonial. Y, sin embargo, cómo expresa la solicitud de dichas huellas, el “afanoso retorno” a las fórmulas de la cultura calumniada, síntesis de aquella época, que, según precisa expresión de Enrique Bernardo Núñez, cayó estrangulada por la literatura revolucionaria de comienzos del siglo XIX, para ser sustituida por otra almidonada y convencional.
El moblaje colonial y las pinturas que exornaron salas y dormitorios de aquella época, corrieron la misma suerte de la cultura general. Ante la invasión de las modas sucesivas, fueron postergados y pasaron a llevar callada vida en la conciencia de la multitud indiferente. Y así como el capricho de algunos caballeros actuales busca los vestigios vigorosos que sobrevivieron al desahucio de las viejas costumbres y mentiras los linajistas inquieren, por medio de pesadas investigaciones, sus orígenes hidalgos, la Historia persigue, también, por otros rumbos, la revaluación de las formas pasadas, a fin de explicar integralmente nuestra vitalidad social, peligrante de ser desinvidualizada por una crítica de falsos trazos. Aunque desacopladas sus tendencias, dichos procesos siguen una misma finalidad justiciera: así como Lope Tejera, Alfredo Machado Hernández, Juan Röhl, Enrique Planchart y Carlos Möller pueden describir todo el boato que gastaban “los criollos indolentes y engreídos” en sus ricas y anchas casas señoriales, también es requerido, aún para la propia explicación de los contornos que en América adquirió el barroco, buscar las huellas espirituales de la generación, que se reclinó satisfecha en aquellos sillones de estilo “completamente macho”, cuya adquisición obceca a los contemporáneos.
Y si del humilde simbolismo de odres y botijos, pasamos al estudio de otros muebles más ricos y suntuosos, llegaremos a conclusiones sorprendentes. El 11 de agosto de 1725; según se lee en el acta de instalación de la Real y Pontificia Universidad de Caracas, “Su Sría. Ilma. Ordenó y mandó que el Secretario Colegial de dicho colegio leyese y publicase la Real Cédula de Su Majestad (Dios lo guarde) y Bula Apostólica de Su Santidad, en que se erige dicho Colegio en Universidad con facultad de poder dar grados y de estudios generales y de ganar cursos, según y cómo se practica en la Universidad de Santo Domingo de la Isla Española, para cuya diligencia el Licdo. Don Joseph Martínez, Colegial y Secretario de dicho Colegio subió a la Cátedra y habiéndole dicho Secretario (Lcdo. D. Juan de Rada, que lo era del Ilmo. S. Obispo) entregado dichos despachos, el susodicho en altas e inteligibles voces las leyó de verbo ad verbum…” Una grata coincidencia hizo que el Congreso de las Provincias Unidas de Venezuela se reuniese en 1811 en la Capilla de la Universidad caraqueña y que fuera en la misma cátedra sagrada, aun presidida por la egregia figura del filósofo y santo aquinatense, donde se leyera el Acta de Independencia de la República. En la vieja composición de Juan Lovera, adulterada por Tovar y Tovar, puede verse, como expresivo recuerdo de esta justiciera circunstancia, la dorada tribuna universitaria, tal cual hoy se conserva en nuestro venerable Paraninfo (*). Ella fué Sinaí para el verbo candente de los patricios de 1811, y donde se anunció la instalación de nuestro primer Instituto científico, allí mismo se proclamó, al amparo de la cultura alimentada en sus aulas, el derecho a nuestra independencia política.
La continuidad expansiva de la cultura que, desde el Seminario y la Universidad, procuró abarcar el ámbito colonial, y que fué vigorosa para plasmar la mentalidad de nuestros héroes cívicos, si bien ha sido negada en sus hechos simbólicos, se halla, en cambio, materializada en el barroquismo de la cátedra angélica: entre sus áureas y robustas tallas la figura de Tomás el Divino hubo de presidir los argumentos vibrantes de los Padres de la Patria, más inspirados en las doctrinas jurídico-teológicas de Laínez, Vitoria y Suárez y en la tradición individualista y altanera de los viejos castellanos, que en la propaganda jacobina.
Como la torre alejandrina pudo, al despojarse de la débil argamasa tolomeica, exhibir límpido y perdurable el nombre de Cnidiense así nuestra vieja cultura, una vez destruidos los embelecos de la crítica romántica, muestra a las actuales generaciones las fuertes y penetrantes raigambres que alimentaron al árbol de la Patria en su lenta y porfiada ascensión hacia las regiones de la luz.

EXPLICIT
Bien sabemos que al finalizar la lectura de estas páginas de Historia Patria, muchos podrán insinuar, como la Princesa Pastora de Apeles Mestres: “Mandad quitar estos tapices, que están mintiendo descaradamente…” y que no serían bastante para salvarles las razones que el Rey opuso a la traviesa princesita cuando le dijo que: “Esos tapices son bellos y alegran la vista, que es lo único que se propusieron los artistas que los pintaron”. Muy por lo contrario, quien volviere en su defensa habrá de decir que si bien es de bajo lizo la urdimbre, en ellos no hay intento de mentir, y que se tejieron, no para deleitar la vista ni para servir de adornos en cámaras reales, sino para mostrar en forma burla la verdad de nuestro pasado. Por medio de este rápido esquema morfológico de la cultura colonial, hemos querido contribuir a la nacionalización de un vasto sector histórico que ciertos críticos se empeñan por separar de nuestra Historia Patria. Nuestro intento es alagar cuanto sea debido la perspectiva de la Patria: que ella se vea ancha y profunda en el tiempo; que se palpe el esfuerzo tenaz que la forjó para el futuro; que sea más histórica; en fin, que sea más Patria. Como la labor que guía a las presentes generaciones se encamina a la nacionalización de los diferentes ordenes culturales, bien está que nosotros, como Diógenes ante en febril entusiasmo de los corintios que muraban la ciudad contar Filipo, hagamos rodar nuestro tonel, para no ser los únicos ociosos en medio de tantos que se ocupan en la obra maravillosa de pulir las líneas enhiestas de nuestra egregia nacionalidad.
Para amar a la Patria debemos empezar por amar su Historia, y para amarla en su totalidad, necesario es conocer y amar su Historia total. No son los intereses presentes lo que une a los pueblos para la común acción constructiva: en cambio, es la Historia quien acopla los distintos sinos sociales. Sea ella robusta y penetrante en el pasado, y las bases espirituales de la sociedad soportaran mejor la arquitectura de sus grandes destinos cívicos. Mientras se reduzca en el tiempo el ámbito histórico, sólo tendremos la noción de una Patria mezquina, atrofiada y sin soportes firmes. Sin solera histórica, ella carecerá de fuerza para henchir los espíritus nuevos en la obra de realizar su destino humano. Sin la robustez de nuestros derechos en el tiempo, careceremos de personalidad que nos dé derecho a participar en la obra de la comunidad universal de la cultura. La Patria grande del futuro reclama los recios estribos de una Historia integral, que “no satisfaga únicamente la curiosidad del lector acerca del pasado, sino que modifique también su concepción del presente”.
A la integración de nuestra Historia pretenden contribuir estos burdos “Tapices”, inspirados en un hondo sentimiento de devoción por nuestro pueblo. Y si exaltamos con el fervor de quien revive cosas olvidadas, el sentido de nuestra oculta tradición colonial, creemos con ello servir mejor a los intereses populares, que fomentando, a la usanza demagógica y con medro de vecino aplauso, el apetito de las masas; “porque el pueblo decae y muere, según elocuente expresión del insigne Vásquez Mella, cuando su unidad interna, moral, se rompe, y aparece una generación entera, descreída, que se considera anillo roto en la cadena de los siglos, ignorando que sin la comunidad de tradición no hay Patria; que la Patria no la forma el suelo que pisamos, ni la atmosfera que respiramos, ni el sol que nos alumbra, sino aquel patrimonio espiritual que han fabricado para nosotros las generaciones anteriores durante siglos, y que tenemos el derecho de perfeccionar, de dilatar, de engrandecer; pero no de malbaratar, no de destruir, no de hacer que llegue mermado a las generaciones venideras; que la tradición en un último análisis, se identifica con el progreso, y no hay progreso sin tradición, ni tradición verdadera sin progreso”. Los errores que aparecieren en la exposición de los hechos, corríjalos quien tenga a la mano datos más veraces; y así contribuirá a la labor de cooperación a que están obligados, para realizar una efectiva obra de mejoramiento, los historiadores de la Patria.
AD MAJOREM PATRIAE GLORIAM.
Caracas, agosto-diciembre de 1933.













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